Pequeño mal

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©María Emilia Parola

Eran dieciséis escalones los que unían el patio con el altillo. Los conté el día que el cachorro que nos habían regalado, en su atracción por el abismo, se dejó caer.

Me tocó en suerte recogerlo y, solo por la intuición virgen que puede tener una niña, empecé a frotarle desesperadamente el cuerpo, para sacarlo de la rigidez en que el susto y el golpe lo habían sumido. Supe, mucho tiempo después, que lo mismo hacen las perras a sus hijos en el momento del parto, para exigirles respirar.

Él sobrevivió, pero a partir de ese día comenzó a sufrir convulsiones que lo dejaban estaqueado y con los ojos fuera de las órbitas. No era fácil convivir con un perro epiléptico, sobre todo cuando se trepaba a la claraboya y le aullaba a la luna toda la noche y nos impedía dormir. Los días de tormenta podían llegar a ser un alivio, pero en ellos él arrastraba la cadena que lo ataba a través de la azotea una y otra vez. Yo podía describir su recorrido y hasta podía sentirme mecida por el sonido metálico, pero sabía que la casa se alteraba. Mamá lloraba. Papá insultaba.

Finalmente lo medicaron.

Después del suceso, yo subía a verlo cada vez más a menudo. Para ello debía trepar seis escalones más, por una escalera de madera, empinada, apoyada contra la pared y abrir la escotilla de hierro. (Es extraño cómo algunas palabras quedan guardadas. Hoy debí buscarla en el diccionario porque no entendía su significado. Escotilla: abertura en la cubierta de una nave que comunica con el interior.) Qué revelación. Viví durante años en un barco y no lo sabía, salvo por la náusea que sentía al acostarme.

Me quedaba horas con él sentado a mi lado, mirando el cielo o la cúpula de la iglesia a lo lejos. Yo pedía no sé qué milagros. Él, lamiéndome las manos, me rogaba que no me fuera, porque temía a la oscuridad y al descontrol. Sus ojos me ayudaban a comprender que la compasión era un regalo. Cuando obligada debía bajar, le tocaba suavemente la cabeza para despedirme. Hervía.

En aquel almuerzo la capitana había reunido a su tripulación. Algo era inusual, porque la mesa era un desorden y la comida era comprada. Está decidido, el perro se va, se limitó a decir y empezó a comer.

Recién en la cena encontré las fuerzas necesarias para volver a hablarle. Tengo algo para regalarte, le dije, y saqué el cuadradito de madera donde había clavado la mariposa más colorida que pude encontrar en el parque. ¡Qué Bonito!, ¿es para mí?, me dijo. ¿Pero qué es? ¿Un cuadro? No, le contesté, es la muerte.

Esa noche supe lo que era el insomnio. No necesité abrir el diccionario. Por suerte había luna: llena, blanca, enorme.

Publicado en No hay más tiempo para los ángeles, Estela editora

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Laura Fedele nació en Montevideo, en 1956. Actriz y escritora, participó en una antología de mujeres y otra de relatos eróticos para Irrupciones grupo editor. En 2016 publicó No hay más tiempo para los ángeles (Estela editora).
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