Ira

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©María Emilia Parola

A los 17 años quería incendiar ese pueblo con nombre de santo y alma podrida. Odio, solo sentía odio. Un odio mutuo, correspondido.

Ahora no sé si escribo memorias, texto curativo, literatura o venganza. Es el odio que necesita ser licuado, es la furia no pronunciada a tiempo, el deseo de que todo ese pueblo antiestético y putrefacto, robador o asesino de almas, haya estallado con la misma virulencia que me hacía daño; carcomido, implotado, desaparecido por completo sin registro histórico ni noticia, sin anécdota de su existencia, tan vil, tan intrascendente, tan orgulloso de su manifiesta mediocridad, ese pueblo ignoto a la geografía mundial que solo merece cobrar nuevamente vida para ser juzgado y destruido, atacado por un comando de guerra (todo una lengua entera) dispuesto a poner un monolito recordatorio en un cráter vacío con un epitafio altisonante: Aquí yace lo que nunca existió.

Poco importa dónde yo esté ahora. Si me convertí en otro ser, si soy un hombre rico o un mendigo, un dadivoso, si vivo apartado y con una barba mohosa en una pensión de mala muerte en ese pueblo o en cualquier lugar del mundo, si soy un oficinista modelo o solo hablo con las ratas que me rodean o con mi Dios Todopoderoso, si me casé, si tuve hijos, si estoy pagando un delito horrible en una cárcel de alta seguridad, si alguien me quiere, si me volví místico, si al terminar de escribir este texto me volé la cabeza de un tiro. No importa el resultado individual de esa empresa destructora llamada Pueblo. Importa el registro y la fundamentación consciente, infranqueable y acabada del dolor infligido por un ejército de idiotas en una atmósfera idiotizada, de espaldas al mundo, regodeada en su miseria, orgullosa de su nimiedad.

Dónde comienza la venganza, qué imagen la inaugura. Quizás en lo que nunca se tuvo o más precisamente en la vergüenza. En aquel bléiser azul. Un saco que resumía lo que yo no era y lo que pretendía ser. Se iba al baile con ese uniforme: vaquero, mocasines negros, camisa a cuadros y bléiser. El uniforme de los muchachos que pertenecían a la casta deseada, de los que hablaban inglés y se habían ido de viaje de 15 años a Bariloche, los que tenían una moto  Zanella Pocket.

 

Yo intuía que en aquellas casas y familias había un mundo vedado para mí, otras vidas a ser vividas, que el dinero traía algo lejos del día a día y la vida a crédito de mis padres.

 

En el liceo nos entreverábamos todos, compartíamos aula y profesores, ante el repaso alfabético de la lista parecíamos iguales pero yo sabía que sus sacos habían sido comprados en la tienda o en Montevideo y el mío, a fuerza de cepillo y sol, había sido resucitado de la historia. Yo iba al baile con el saco del abuelo, un saco que me doblaba la edad, con un corte antiguo, sin tajo, sin ese azul actual, un saco que solo simulaba una pertenencia y que sin embargo delataba que yo no era ellos, que era un hijo de obreros pobres, un muchacho que intentaba disfrazar su clase o que deseaba, más que nada en el mundo, salirse de ella, olvidarla, nunca haber nacido en esa familia y tener esos padres que me mandaban a trabajar porque nosotros, mijito, tenemos que ganarnos el pan y además el sacrificio y pobre pero limpio y tragar el polvo del padre explotado y la madre que limpia el wáter de la casa del compañero de liceo. Quizás ahí, en ese saco azul, esté el germen de mi disentimiento con todas las teorías del orgullo. Qué orgullo el padre explotado, la madre limpia mierda ajena.

 

Entonces creí en algo o más bien trataba de reconvertir la vergüenza. Me soñaba un abogado que defendía a los trabajadores aunque más exactamente quería defender a mi padre, resarcirlo de la ignominia. Él era el hombre al que iban dirigidas todas las leyes y conquistas, el futuro por hacer. Mi padre era la carne, el hueso y el destino de todas las bibliotecas marxistas. Yo lo instaba, a él, un obrero analfabeto y que solo quería ganarse el alimento, a reclamar, a rebelarse, a exigir, yo quería liberar con él al universo entero hasta que descubrí mucho más tarde que en realidad yo era un obrerito aristocrático y sin dinero, u otra versión especular del lumpenproletariado y que no hay ningún orgullo honesto en saberse y vivir explotado y que los que hablan con más convicción de la liberación del obrero son los que nunca lo fueron, los intelectuales con culpa o los afiliados. El obrero no habla de su condición enajenada, trabaja y vuelve a trabajar, paga sus cuentas y compra en cuotas, pasea y descansa cuando puede y espera algún día ganarse la lotería. Para la mayoría de los obreros del mundo no es la lucha social lo que los hará otros, los que los sacará de pobres. Para la mayoría la libertad será conquistada por el azar o por el destino.

En aquel saco azul estaba el germen, también, de mi futura traición: adquirir todo el lenguaje del mundo para acusar a mi clase de mi infelicidad primigenia. Una clase ignorante de todo lo que amo, de todo lo que deseo, una clase sin lenguaje propio, que no conoce ni conocerá jamás la sofisticada orfebrería de los hombres, el sibaritismo del espíritu, las miles de palabras que existen para que el hombre encuentre otra existencia y se nombre otro.

Qué puño en alto, qué día de los trabajadores, qué conciencia de clase si la necesidad se pega al cuerpo y molesta, perturba, quita el sueño, entristece la mirada, obliga a vivir en la frustración y en lo mediocre, no permite pensarse más allá de un overol y las manos sucias, de cuentas impagas, de frituras y vinos que producen úlceras. Esa pertenencia horrible y el destino de ese nosotros que no se quiere, que se detesta, que se repudia. ¿Por qué en la gran e inmisericorde repartija humana me tocó vestir ese saco viejo?  Digámoslo claro, nuevamente, me duele horriblemente  haber nacido en la clase obrera, preferiría haber nacido en otro sitio y de tener hijos no me gustaría que fueran de esa clase. Siempre hay un estadio peor, un dolor más agudo, ser un marginal, un lumpen. Hay infelices marginales y los hay ricos. Pero hablo de otra cosa. No hablo de ideologías, de conciencias, de injusticias o de futuro. Hablo de que en mi corta estadía en la tierra no quiero el sacrificio, vender mi tiempo, pensar en mierda.

 

Pero antes de repudiar a mi clase quise defenderla o más bien creí en la imagen del hombre digno y el sudor de su frente, en el futuro, la utopía y el reparto. Hacía poco que la dictadura había terminado y los presos políticos se habían convertido en héroes. Conversar con un tupamaro comportaba un privilegio. No sé por qué fui tantas veces a la vinería de uno de ellos. Pero era algo que se gestaba en la ciudad, de un lado estaban los conservadores blancos, adinerados y acomodados, y del otro esos hombres con auras místicas que instalaban en algunos cerebros adolescentes los grandes tópicos de la humanidad. Eran horas y noches escuchando el gran relato tupamaro, simple y directo, con un vino que lo endulzaba y producía un odio amargo hacia los otros que se prendía al alma. El tupamaro miraba con desprecio al conservador del pueblo y el conservador del pueblo seguía trayendo hijos al mundo que ahora le gritaban comunista a todo muchacho que no perteneciera a su entorno. Yo doblaba listas en una sede política de izquierda y con eso creía que estaba haciendo algo. Pero en verdad los hijos de los conservadores y los muchachos de izquierda solo estábamos repitiendo la historia de nuestros prestidigitadores y armando nuestro propio escenario de guerra que se traslucía en una lucha nimia por el territorio, en la ofensa, en el insulto, en la pura estupidez. Realmente nada grandioso se nos jugaba allí más que las heridas de generaciones anteriores y la propia ignorancia. Pero no se trataba de ideas sino más bien de un odio que se tallaba en nuestras almas. Yo odiaba a esos adolescentes estúpidos, odiaba a mi clase, me odiaba a mí. No podía ubicarme en ningún sitio pero intuía que había uno que me estaba predestinado y que aún no había conocido. La primera vez que entré al teatro antiguo de la ciudad tuve un estremecimiento físico, estético. Yo ya había conversado con Dios cuando en mi niñez me subía a mi árbol pero ahora sentía que me atravesaban voces antiguas, el silencio de la sala me enfrentaba a una forma de lo sagrado nunca antes vivida, el cortinado de terciopelo del telón bordó caía sobre el escenario con la misma fuerza y elegancia que caía sobre mi existencia todo el peso del arte. En ese espacio había un secreto que ni los conservadores ni los tupamaros me mostraban, una voz que me hablaba al oído y que venía desde antes de que todo ese pueblo existiera.

Todo en mí se confundía, el odio, la experiencia estética, la política, el cuerpo que empezaba a temblarme. En ese año lo conocí. Yo doblaba listas partidarias o comía un choripán envuelto en una música o un jingle de campaña cuando una noche se me acercó. Él apenas tenía un año más que yo pero sus pelos en el pecho, su voz ronca y la seguridad de su deseo lo hacían ver como un hombre, el primer hombre. Yo ya había tenido acercamientos con otros pero esto era distinto, inauguraba la adultez y la locura, la culpa consciente, el enfrentarse a la hombría, la propia y la ajena. No sé por qué pero a veces uno tiene la sensación de que algunas circunstancias o períodos contienen todos los asuntos importantes de nuestra vida futura. Para mí fue ese año, que además era el prólogo de una vida deseada y, pensaba yo, totalmente nueva. El próximo me iría a la capital, a Montevideo, donde estaba la verdadera vida, el futuro, sobre todas las cosas el mío.

En Montevideo había edificios, grandes avenidas, miles de personas, facultades, anonimato, semáforos, misterio, Montevideo era la gran promesa de libertad. Yo no tenía ni idea cómo iba a llegar porque mis padres eran pobres y mis sueños no se correspondían con mi destino manifiesto pero tenía un deseo que alteraba toda mi realidad material. Me veía caminando por calles que no conocía, conversando con gente que no conocía, teniendo una vida inventada. Ese deseo me volvía altanero y melancólico a la vez. Vociferaba que me iba a ir de ese pueblo abúlico y seco pero en algún lugar de mí sabía que quizás todo fuera puro sueño, pura palabra, pura mentira, y que quizás tuviera que quedarme para siempre masticando mis sueños y escupiendo la bilis de mi frustración tras un mostrador de una tienda o una oficina. Yo no era un artista pero pensaba como uno de ellos. Y pendulaba todo el tiempo entre mi ser más absolutamente social y un pequeño lobo estepario que se iba conformando en mí.

Fue en la Navidad de ese año que él atacó de nuevo. Hacía unos meses que se me acercaba en el club político y me hacía temblar pero nunca como aquella noche. En Navidad cumplía a rajatabla el rito pero no por mí ni por mi familia sino porque sabía que a las familias de mis amigos les resultaría extraño que yo, teniendo una, pasara con ellos antes de la medianoche. Así que esperaba a las 12.01 minutos y salía expedido a la casa de una amiga en donde se brindaba con champaña, algo tan exótico para nosotros. Y después todos los jóvenes —conservadores, militantes, lobos esteparios, ricos, pobres o lo que sea— nos íbamos a la plaza principal y sus alrededores a beber y brindar y beber más. A la distancia me veo ahora como tantas veces después me vi en mi vida: entre unos y otros pero con nadie. En el fondo, solo. En la plaza íbamos y veníamos, nos cruzábamos. De pronto nos encontramos y él directamente me preguntó si no había visto a tal, un muchacho que ya andaba de boca en boca de todo el pueblo porque era puto. Cómo está para cogerse a un puto, me dijo y yo no respondí, hice silencio, hice una mueca. Y me tembló el cuerpo.

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Apegé (acrónimo de Álvaro Pérez García) nació en San José, en 1974. Periodista, narrador y editor. Fue periodista y editor del semanario Brecha y ensayista y parte del Consejo editor de la Revista de ensayos Prohibido Pensar. Actualmente es columnista en La Diaria y dicta el taller de escritura Máquinas de escribirnos. Ha publicado los libros Injuria (Criatura ed., 2011) y Provinciano (El 8vo. Loco ed., 2016)
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