La invención del instinto materno

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©María Emilia Parola

De un amor incesante

Dominique Auvray: ¿Qué pensás del amor maternal?
Marguerite Duras: Que es la única calamidad que hay sobre la tierra, porque es el amor que dura siempre, aunque el hijo sea un asesino, un sátiro…

Marguerite, tal cual es

Hay algo profundamente perturbador en la respuesta que Duras da en el documental Marguerite, tal cual es (2003). Algo que podría fragmentar cualquier idealización del amor materno. Que no se acalla aunque recurramos a la tranquilizadora respuesta de la anormalidad o de las particularidades de la autora de El amante. Sus palabras parecen plantear que hay algo incesante en esta forma del amor. Algo que puede virar de lo sublime a lo atormentador. Algo que no conoce apaciguamiento aunque su objeto sea un genocida. Parafraseando a Freud, un verdadero malestar en la maternidad.

Los estudios feministas lo denunciaron ya desde los 60´, aunque en general se derivó sobre el tema de la maternidad impuesta; como una obligación social por fuera de la voluntad particular. El psicoanálisis, cuando supo escuchar más allá de la culpabilización, puso de relieve que este malestar puede tener la misma intensidad en aquellas maternidades asumidas, planificadas e intensamente deseadas.

¿Será esta condición incesante de lo materno una dimensión constitutiva? Algo que no se remite al terreno de lo patológico o lo accidental. Algo que tampoco se postula como natural pero que al menos marca su huella en la historia de occidente desde sus orígenes y que no ha dejado de tener consecuencias discursivas hasta la actualidad. En lo que sigue, intentaremos seguir esa traza insistente y ver cuáles han sido algunas de las respuestas que han suscitado.

 

Un malestar originario

El mito es lo que da una forma discursiva a lo que no puede ser transmitido en la dimensión de la verdad, porque la definición de la verdad solo puede apoyarse sobre ella misma y la palabra en tanto que progresa la constituye. La palabra no puede captarse a sí misma ni captar el movimiento de acceso como una verdad objetiva. Solo puede expresarla de modo mítico.

El mito individual del neurótico, Jacques Lacan

Remontémonos a un cuerpo de narraciones míticas como el del mundo griego, en gran parte origen de la cultura occidental. En el Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal (2005), el tema del filicidio materno presenta una insistencia llamativa. Con mayor o menor desfiguración son casi 20 los mitos que expresan la forma más extrema de este malestar (Lema, 2014). Aquella que se aleja más radicalmente del ideal social del amor materno.

El más conocido es el de Medea, la maga y extranjera, enloquecida de dolor por la traición de Jasón, pero son muchos otros los que, desde el origen de la cultura occidental, parecen plantear que las fisuras del rol social solo pueden alcanzarse por el lado de la ficción mítica. Si nos detenemos en los elementos del relato que insisten, o mitemas (Levi-Strauss, 1997), llama la atención que en general el asesinato del hijo (o del niño ubicado en ese lugar) se desencadena en un estado de paroxismo afectivo determinado esencialmente por dos causas: la transgresión de un padre o el castigo de un dios o diosa. Pareciera producirse cierto desborde a partir del desanudamiento subjetivo tras la transgresión de un pacto. Las motivaciones esenciales, ya desde el origen de nuestra cultura, parecen llevar la marca de lo incesante de un amor que por momentos se vuelve intolerable.

Los mitos de Procne y su hermana Filomela, el de Herpálice, o el de Tiro, sobrina de Sísifo, presentan esta estructura común. Es interesante rescatar que en ninguno de ellos la madre queda culpabilizada por su acción, por lo tanto no parecen tener una función aleccionadora o moral. En general ese estado de paroxismo conmueve a los dioses que las rescatan de la venganza paterna a través de la metamorfosis.

Otras figuras míticas y literarias pueden ponerse en esta serie. Figuras femeninas que en acto realizan un rechazo de la maternidad o cierta dimensión agobiante que puede acompañarla. Figuras como las de Lilith, la primera mujer de Adán, algunas tradiciones semitas o la de Lady Macbeth parecen la contrapartida de la protectora Deméter o la madre por antonomasia, la virgen María.

Sobre esta vertiente incesante de lo materno la modernidad no se cansó de producir discursos y prácticas específicas de subjetivación. La operación esencial recayó sobre el amor, el cual, a partir de un movimiento particularmente cruel, se volvió un imperativo biológico.

 

La invención del instinto materno

1780: El lugarteniente de policía Lenoir constata no sin amargura que sobre los veintiún mil niños que nacen por año en París, apenas mil son criados por sus madres. Otros mil, privilegiados, son amamantados por nodrizas en la casa paterna. Todos los demás pasan del seno materno al domicilio más o menos lejano de una nodriza a sueldo.
Son muchos los niños que morirán sin conocer nunca la mirada de su madre. Quienes regresen unos años más tarde a la casa familiar descubrirán a una extraña: la que los dio a luz. Nada prueba que esos reencuentros hayan sido vividos gozosamente, ni que la madre les haya dedicado una atención doble para saciar una necesidad de ternura que hoy nos parece natural.

¿Existe el amor maternal?, Elisabeth Badinter

Pequeño precepto metodológico. Cuando ud. sienta la tentación del esencialismo, cuando sienta surgir en su interior el recurso bien pensante de la esencia humana póngase a leer historia o cualquier trabajo de culturas comparadas. Cuando piense que el amor de una madre es algo natural, un instinto propio de la especie o que está marcado que las hembras sean protectoras por selección natural lea ¿Existe el amor maternal? (1981) de Elisabeth Badinter. Podríamos decir que la generación que llevó adelante la revolución francesa en gran parte se crió en hospicios, sin ese sostén que nosotros vemos como natural.

El epígrafe que enmarca este apartado se apoya en los datos demográficos de los censos del siglo XVIII y XIX en Francia. Como ha sabido señalar Foucault (2003), la demografía fue una de las principales herramientas de planificación social de la modernidad. Una sangría poblacional no era tolerable para un estado que se preparaba para transformaciones de base. Era necesario asegurar la presencia de alguien que garantizara el cuidado en los primeros años de vida.

El movimiento discursivo fue la biologización del afecto. Desde Rousseau hasta Brochard los autores del iluminismo abogaron por un retorno a lo natural que, por extensión, se proponía como bueno. La animalidad, de la cual lo femenino parecería participar más íntimamente, impone a las madres la inevitabilidad del amor, el cual tomará las características del instinto.

La intimidad del hogar y la práctica del amamantamiento intensivo fueron las prácticas privilegiadas por dichas discursividades.

…Brochard será su más insigne propagandista. Se exaltará los beneficios de que sea la leche de la propia madre la que alimente al bebé, que sus nutrientes son específicos. Pero también es beneficioso para ella. De negarse, pasamos al terreno de lo patológico, terribles males se anunciarán para aquellas que se muestren renuentes a las nuevas prácticas. No faltarán los discursos energéticos de fluidos que, formados por la naturaleza para seguir ciertos carriles y habiéndoseles denegado lo propio, irrumpen en otros órganos y tejidos expandiendo la muerte… Las resonancias con el discurso de Tissot sobre el onanismo no son mera coincidencia. (Lema Pp. 66).

En absoluto se pretende decir que el amor materno no existe o que la práctica de dar el pecho sea innecesaria. Señalamos que pensarlo en el registro de la naturalidad tiene su historia y sus consecuencias.

Tratábamos de cruel a este movimiento porque la dimensión del instinto es radicalmente diferente de la de la subjetividad o del deseo. El instinto es imperioso, es constante, no conoce ritmos o apaciguamientos. Pensar el amor materno como un instinto condena a las madres a una culpa inevitable. Porque, al depender del deseo y de las condiciones concretas (estados anímicos, cansancio, dificultades económicas, etc.), es inevitable ver aparecer en algún momento sentimientos que no coinciden con esta exigencia. La angustia, el rechazo o los enojos son parte de toda maternidad. Pendiendo sobre ella la dimensión del instinto, la culpa y la patologización están prontas a atacar.

Por último, la primera víctima de este movimiento será el amor materno en sí. Asfixiado por el peso de una intensidad que no se permite variar o decaer, el amor termina intoxicándose de culpa. Sería hora de dejarlo un poco en paz.

 

Bibliografía y filmografía.

Auvray, D. (2003) Marguerite, telle qu’en elle-même. Marguerite, tal cual es.
Badinter, E. (1981). ¿Existe el amor maternal? Historia del amor maternal. Siglos XVII al XX. Barcelona: Paidós / Pomaire.
Grimal, P. (2005) Diccionario de mitología Griega y Romana. Paidos. Bs. As.
Foucault, M (2003) Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Lacan, J. (2002) El mito individual del neurótico. En Intervenciones y textos I. Buenos Aires: Manantial.
Lema, S. (2014) La maternidad como exceso. Clínica contemporánea del estrago materno. Un estudio psicoanalítico. Tesis para acceder al grado de Magister en Psicología Clínica, por la UdelaR. Disponible en: https://www.colibri.udelar.edu.uy/bitstream/123456789/4379/1/Lema%2C%20Sebastian.pdf
Levi-Strauss, C. (1997). Antropología estructural. Barcelona: Altaya

El presente artículo es una presentación resumida de la tesis de maestría La maternidad como exceso: clínica contemporánea del estrago materno. Un estudio psicoanalítico (trabajo inédito).

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Sebastián Lema nació en Montevideo, en 1978. Es licenciado en Psicología y magister en Psicología Clínica por la UDELAR. Practica el psicoanálisis en esta ciudad.
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