El silencio del río

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©María Emilia Parola

no quiero cansarte pero
fuiste niño alguna vez
con las piernas débiles saltando y las rodillas
rotas o más bien
rasgadas y tenías
el perfume de la niñez que perdiste
las manos pequeñas y suaves y la voz
aguda
hubo un desprendimiento y estas
son las fotos donde habita todo eso
miralas. ¿te ves?

Nicolás Alberte
Escritos a la luz de las cosas que no se ven

 

Pude olvidar el rostro del ahogado. Me llevó tiempo, noches de fiebre, de temblores, el grito que traía a mi madre de los pelos, trepando la escalera para que volviera a dormirme solo si su mano estaba entre las mías. Pero pude olvidar su rostro. El cuerpo retorcido, el blanco de la carne y cierta claridad en cada cosa que solo he vuelto a ver en las madrugadas, evocando sueños frescos, me vienen acompañando desde entonces.

En el camino de ida solo recuerdo pájaros. Debajo de los pájaros, el paso del abuelo sobre el balasto, con esas alpargatas que escondían unos pies que no pude ver nunca. Siempre evitó aterrarme con la ausencia de tres o cuatro dedos. Íbamos al costado de la calle, en penumbras, seguidos por su perro. Un perro flaco, parco, que solo bajaba la cabeza frente al abuelo, golpeándome las piernas con su cola. El abuelo quería llegar a la playa un rato antes de que saliera el sol. Insistía con esa idea desde la noche anterior. No recuerdo qué dijo exactamente. Fui construyendo cada cosa a medida que pasó el tiempo.

Él se sentó en la arena con esfuerzo. El perro estuvo oliendo peces muertos un rato y persiguió las gaviotas amontonadas que levantaban vuelo dando alaridos. Sonreí adormilado mirando al abuelo y me dejé caer. Algo me dijo después de la sonrisa, y señaló hacia el este. El cielo iba ganando claridad.

Después corrí a la costa, metí los pies en el agua y anduve atrás del perro. Me olvidé del ritual, aunque sabía que apenas asomara la medialuna plateada el abuelo pondría el grito en el cielo. Corrí hacia las gaviotas como había hecho el perro un rato antes. Se arremolinaron allá arriba y abrí la boca tanto como pude. Cuando bajé los ojos, ahí estaba. No puedo describirlo. Lo he intentado. Sé que vino el abuelo, que me nombró cien veces y que no conseguí mover un dedo. Me tapé los ojos con las manos, grité como las gaviotas y los enormes brazos del abuelo me envolvieron. También él gritó como las gaviotas, le temblaron los brazos enormes, volvió a decirle al perro que se alejara y yo sentí que algo caliente y denso me bajaba por las piernas.

En el camino de vuelta no hablamos. Sé que el abuelo quiso ubicar a mi padre en Montevideo, pero no pudo. Pasamos un buen rato en el boliche con la excusa de la llamada, hasta que habló en secreto mirando el vaso.

No quise almorzar. Insistí con que quería ver a mi madre. Me aseguró que llegaría un rato antes de que anocheciera. Volvimos al rancho que alquilaba en la calle Yacaré, y a la sombra del níspero estuve persiguiendo con un palito a las hormigas que daban vueltas sobre las níspolas. Entonces vi que el sol estaba alto. Se me erizó la espalda de una punta a la otra.

El abuelo dibujó el rostro del ahogado. No sé por qué lo hizo. Aunque algo entreveo ahora, con los años. Intentó esconderlo debajo de unos libros, en la mesa de luz. Pero lo encontré esa misma tarde, dando vueltas por su cuarto. Grité. Él dejó de hablar con un vecino para arrastrar las alpargatas hasta el dormitorio y agarrarse la cabeza con las manos. Se quedó mirando la bola de papel sobre la cama.

Hace unos años vaciamos ese rancho con mi padre. Encontramos el dibujo arrugado entre otros seis. Siete cuerpos en la costa, dibujados a lápiz, con la fecha al pie de cada uno. El abuelo no fue un gran dibujante, pero se empeñó en delinear las facciones, en que cada dibujo fuera lo más parecido a una fotografía.

Volví a esa tarde a través de un sueño recurrente en el cual el abuelo y yo miramos el río esperando que salga el sol. La corriente arrastra desde el horizonte un centenar de hombres y mujeres desnudos que lleva y trae el vaivén de las olas, uniéndolos, separándolos. Sobrevuelo esa imagen detenido en la forma que toman sus cabelleras, sus brazos, en las muecas, en esos ojos tan parecidos a los de los pescados. Todo es silencio en ese sueño, como si fuera soñado en el fondo del río.

Esperé a mi madre recostado a un eucaliptus enorme que daba sombra al rancho del abuelo. No quise volver a hablar con él esa tarde. No entendí entonces la necesidad de afirmar en un dibujo ese rostro terrible que habíamos descubierto en la mañana. Miré el camino impaciente y descubrí la silueta de mi madre en la lejanía. Aunque el abuelo me gritó que tuviera cuidado, empecé a correr hacia ella. No miré a los costados en la bocacalle. El llanto no me dejaba oír nada. Mi madre extendió los brazos y apuró el paso. Tampoco pude en tantos años olvidar aquel rostro, ese gesto. Tropecé cuando casi estábamos uno junto al otro. Redoblé el llanto mirándome la sangre en la rodilla. Mi madre se arqueó hasta cubrirme con su cuerpo. Después me ayudó a llegar hasta la casa. Fui saltando en una pierna, abrazado a su cintura. El abuelo nos miró sin decir nada. Podría haberme dicho chambón, o vejiga, pero no abrió la boca. Formamos un triángulo los tres. Nos miramos. El perro se acercó a lamerme la rodilla lastimada.

Publicado en El silencio de los pájaros, Alter Ediciones.

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Horacio Cavallo nació en Montevideo, en 1977. Es narrador y poeta. En narrativa, sus publicaciones más recientes son Invención tardía (Estuario, 2015), El silencio de los pájaros (Alter ed., 2013), Cenizas (La propia cartonera, 2011) y Piano solo (Trópico sur, 2011). De su poesía se destacan La Mañana olvidada (Melón ed., 2014) y Descendencia (Ed. del Estómago Agujereado, 2012). En 2014 recibió el Premio Morosoli de Bronce en Narrativa.
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