Harapos de plomo negro

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©Ana Ró

El hijo de puta tenía una verga enorme. Apenas podía pensar con ese trozo de hombre dentro de mi boca. Me preguntó si me la podía poner. Asentí, mirándolo desde abajo con toda su humanidad acariciándome la garganta. Me acomodó apoyándome las manos en el tronco de un árbol. El chongazo encontró la forma y en un empujón ya me la había metido casi toda, ahí mismo, sumergidos en el espesor de la noche del Parque Batlle. Había luciérnagas. Pocas. Algunas sombras sinuosas se perfilaban en la oscuridad, apenas iluminadas por los focos de algún auto de la avenida o por las luces de los insectos. Se tocaban.

El tipo me tiró al suelo de una embestida. Caí boca abajo y entró todo lo que quedaba por entrar. Quise gritar, o gemir, pero no emití sonido, no pude, estaba ahogado de morbo. El chongazo me preguntó algo, no sé qué sería. Me encontraba enloquecido de placer, de dolor y de libertad. Volví a balbucear que sí. El tipo le hace un gesto a una de las sombras. La sombra se acerca y me mete la pija en la boca. Unos minutos después (o unas horas, da lo mismo), la sombra me llena la boca de semen. El chongazo también acaba y mientras se vaciaba en mí, eyaculé en el barro sin necesidad de tocarme.

―Che pibe, vos sos sanito, ¿nocierto? Mirá que a la única que se la pongo sin forro es a mi señora ―me preguntó mientras se limpiaba la sangre, la mierda y el semen de su miembro de burro.
―Sí, señor ―contesté mirando para abajo. Creo que me sentía un poco avergonzado.

El chongazo tomó el mentón y me levantó la cabeza para que lo mire, se acercó, me besó castamente en los labios, y se perdió entre las luciérnagas. Era jueves. Amanecía. Una pordiosera cantaba un tango acurrucada entre sus petates. Me prendí un cigarro y atravesé el parque que aún a esa hora hervía de amantes escondidos, de chongos baratos que no habían juntado guita suficiente para pagar la pensión, y de travestis que se acercaban a las ventanillas de los autos que todavía andaban en la vuelta. Sentí que alguien me seguía, pero cuando miraba para atrás no había nadie.

Vivía cerca, en Tres Cruces. Compartía un minúsculo apartamento de dos habitaciones con Claudina, una amiga que se había venido del pueblo el mismo año que yo. Vivíamos y trabajábamos juntos. Habíamos llegado a Montevideo hacía dos años, ella unos meses antes, buscando un futuro y yo, escapándome del pueblo. No había lugar en una ciudad tan chica para la gente como yo.

Llegué con muy poca plata. Clau me recibió y me consiguió trabajo de cajero en el supermercado en el que ella trabajaba. Con el tiempo se transformó en mi familia y yo en la de ella. Cuando le dije a mi madre que era gay, y que estaba contento de serlo, me pidió que no me comunicara «por un tiempo», hasta que mi padre se hiciera a la idea, no volví a llamarlos, ni ellos a mí.

Mi amiga no tenía a nadie, había crecido con una abuela que la cuidó hasta que se vino a la capital. Cuando sintió que su nieta había crecido y podía enfrentar a la vida por si misma, dejó que los años le llegaran por fin, y se murió sin ruido una tarde de domingo. Claudina estaba tan sola como yo.

―Che, boludo, ¿vos te estás cuidando? ―me preguntó esa mañana de jueves cuando le conté lo que había hecho la noche anterior. Sonreí con picardía.
―No seas tarado, no te lo pregunto por envidia, es que sos muy desprolijo. ―Sonrió también―. No es que no te envidie un poco.

Esa mañana ambos teníamos libre y salimos a caminar. Se escuchaba el canto de la pordiosera a lo lejos.
―Es La loca de los jueves ―dijo, y la buscó con la mirada. La vieja estaba en un banco de piedra de los que rodean al Parque Batlle―. La loca es adivina, el laurel que te da es de buena suerte. Dame unas monedas que yo no traje.

Claudina creía en todo, en dios, en el diablo, en al amor, en la buena voluntad, en La loca de los jueves. Se recogió el pelo en una cola. Mi amiga se describía a sí misma como una «mina fea». Yo veía la nariz aguileña, los dientes un poco torcidos, los ojos minúsculos e intensos, pero no veía la fealdad a la que se refería siempre que hablaba de ella misma. Podría ser tranquilamente la doble de Rossi de Palma, repetía siempre que se miraba al espejo. Para mí, era hermosa, de haber sido heterosexual, me habría casado con ella en un minuto.Nos acercamos y la pordiosera cantaba un tango de Ferrer y Piazzolla: Balada para mi muerte.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada…. Cantaba La loca.
―Hola, yo soy Claudina, él es Tomás.
Guardaré mansamente las cosas de vivir
―¿Nos compartís una hojita de laurel? ―Le entregó las monedas que yo le había dado. La loca le dio a cambio una ramita con cinco o seis hojas.
Mi pequeña poesía de amores y de balas….
―¿Nos podés decir algo? ―La loca seguía cantando.
Mi tabaco, mi tango, mi puñado de splin….
―¿Voy a tener hijos? ―La loca arrancó una hoja de laurel del ramo que llevaba y le entregó una a Claudina sin dejar de cantar―. Un hijito ―dijo Claudina mostrándome la hoja de laurel.
Me pondré por los hombros, de abrigo toda el alba
―¿Y Tomás? ¿Él va a tener hijos? ―La loca arranca otra hoja del ramo y me la entrega a mí.
Mi penúltimo whisky, quedará sin beber.
―Viste, un hijo cada uno. ―Estuve a punto de decirle que los putos no tenemos hijos, pero la vi tan contenta que me contuve. Antes de irnos, me pareció que La loca de los jueves, saludaba con la cabeza a alguien que iba caminando tras de mí, volteé para ver quién era, pero no había nadie.

Un par de meses después, me llamaron de Facultad para avisarme que se me había vencido el carné de salud y que debía renovarlo. Fui a una clínica que quedaba en la avenida 8 de Octubre. Yo no estaba preocupado en lo más mínimo, pero el ¿te cuidaste? de Clau me sonaba en la cabeza como un insistente eco lejano. Pagué unos pesos más (bastantes), y me sometí, además de a la batería de exámenes que me exigían, a un test de HIV.

Me llamó la atención que me hicieran pasar otra vez al doctor para entregarme el carné, siempre era un trámite rápido. Lo esperé.

Es reactivo, me dijo el médico sin mirarme Después empezó a hablar de los medicamentos, de la mutualista, del Instituto de Higiene del Clínicas, pero yo no escuchaba. Y tené en cuenta que de ahora en adelante podés contagiar a otros. Vomité arrodillado en la papelera. El siguió hablando. Y que no olvidara que el tratamiento debía empezar enseguida. Intenté levantarme, pero me fallaron las piernas y caí de rodillas. El hombre parecía ignorarme, hablaba con los ojos perdidos en el vacío, como para no olvidarse de nada. No sé lo que decía. Me levanté y me senté. Buscaba su mirada con la mía. Cuando el hombre por fin dio todo el sermón, que seguramente había dado al pie de la letra cada vez que tenía que dar un resultado así, por fin me vio. Lo único que se me ocurrió decir fue: Tengo veintidós años.

Crucé la avenida 8 de Octubre sin mirar, por si el chofer del ciento cinco se apiadaba de mí y me pasaba por arriba. Llegué al apartamento y me bañé inútilmente, porque no se me iba la sensación de repugnancia. Estaba sucio, podrido. Nadie quiere a un hombre sucio. Nadie quiere a un puto sucio. Entre la bruma del vapor me pareció ver una figura hecha de trapos negros, supe que era la que me había seguido desde el Parque Batlle aquel jueves, la que La loca había saludado. La figura se acercó y se me ancló al cuello. Era pesada como plomo, y oscura como un tormento viejo. Me miró unos momentos a los ojos y desapareció. Me desmayé. Desperté en algún momento, azul de frío porque el agua del calefón se había terminado y la ducha regaba agua helada.

No hablé con nadie del tema. Apenas podía caminar debido al el peso del espectro. Sentí que no podía subir las escaleras de la Facultad de Arquitectura para ir a clase. Se me fueron los días con la mirada diluída en el tránsito de Bulevar Artigas, que serpenteaba bajo la ventana. Perdí el año. Y si no fuera por la insistencia de Claudina, también habría perdido el trabajo.

Una mañana, cuando me dirigía sin ganas hacia el supermercado, escuché a través del tráfico el canto de La loca de los jueves. Seguía entonando la misma canción que la última vez. Comencé a correr hacia su voz, entre los autos, los bocinazos y los insultos.

…Hoy que dios me deja de soñar
A mi olvido iré por Santa Fé.
Sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza hasta los pies….

La encontré en la misma esquina al borde del parque. Pateé sus petates, rompí sus bolsas de nylon que estaban llenas de papeles de colores, descuarticé sus ramas de laurel. Ella seguía cantando.

…Abrazame fuerte que por dentro,
oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé…

Me mentiste, hija de puta! le grité mientras deshacía todo lo que la pordiosera tenía. La gente me observaba desde las paradas de ómnibus, pero nadie intervenía.
En un momento me encontré frente a ella, a sus ojos enormes, imposibles, desnudadores. Se me apagó la furia y me invadió una tristeza tan profunda como esos ojos, ella se acercó y me acarició con infinita ternura.

…Alma mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés….

Me solté de su caricia con violencia y la empujé. Corrí al supermercado y Claudina estaba mirando el reloj, había ascendido a jefa de cajas. Iba a hablarme, pero al verme, la intención de reprocharme la llegada tarde se le desinfló como un estornudo que nunca estalla.
¿Qué pasa, Tomás? Me tomó la cara con las manos. Los clientes cuchicheaban, pero ella los ignoró―. Hablá conmigo.

La abracé y le dije al oído en un susurro, con el aire colándose a bocanadas entre las palabras: Tengo HIV.

Me llevó al salón de empleados y llamó a la emergencia para justificar mi falta y no tener que despedirme, me ordenó inventar algo para que me dieran un par de días libres, una diarrea, una gripe. No se me ocurría nada, así que les inventé que mi padre había muerto hacía dos días y que no podía superarlo.

Claudina llegó al apartamento a la tarde. Estaba seria. Me abrazó, me obligó a bañarme y me mandó hacer los mandados para cocinar algo rico para los dos. Así es ella, intuitiva y diligente, no sabía qué hacer o qué decir, pero sabía que teníamos que seguir funcionando. Y funcionamos. Sacó del bolsillo del chaquetón un papel doblado y me ordenó que vaya a una reunión en esa dirección.

Ahí se juntan a charlar las personas como vos. Sentí ese como vos como una cuchillada, pero no podía culparla, ella también estaba aprendiendo.

Era en El Cordón. En un centro comunal o algo así. Me quedé un momento en la puerta, fumando. Estaba flaco. Quería ser arquitecto. Quería querer y que alguien me quisiera y me cuidara. Pero ¿quién iba a querer a un enfermo, a un moribundo? Lo que me pasaba era por mi culpa, por promiscuo, por puto, por inmundo. Ningún ser humano iba a garchar conmigo nunca más, nadie garcha con un infectado. Tenía veintidós años y ya me sentía un cadáver, y me lo merecía, pensaba, por inmoral, por descuidado. Me lo merecía porque era un contrahecho y eso es lo que nos pasa a los contrahechos, porque no había lugar para mí en el mundo. Sentí el peso del espectro de tela de plomo negro apretándome el cuello. Nadie iba a tomar mate conmigo, ni a abrazarme, ¡¿a quién se le iba a ocurrir hacerme el amor?! Ni siquiera me iban a besar, los besos estaban negados para mí y para mis labios, mis labios jóvenes y hermosos estaban diseñados para ser besados y no iban a cumplir el cometido de su creación. Mis labios estaban muertos. Tiré el cigarrillo y cuando entré una travesti de pelo corto azul me miró sonriendo.

Hola. ¿Querés pas…
Disculpemé, ¿usted me puede ayudar?
Sí, querido, claro, pasá que aún no llegaron lo otr…
Preciso ayuda, tengo veintidós años y ya tengo los labios muertos. La travesti abrió sus brazos y me prestó sus tetas duras de silicona. Ahí, cobijado, lloré a los gritos.
Llorá, querido, llorá tranquilo que llorando llegamos todos.

No sabía que podía aguantar tanto amor. Esa gente, que sufría como yo, me amó mucho, y yo los amé. Conocerlos me hizo sentir menos solo. Gracias a ellos empecé a tomar los medicamentos. Y los resistí, aunque a veces tenía la impresión de que me cagaba parado, quedaba exhausto o tenía calor y frío al mismo tiempo. Gracias a ellos por unos meses más, o unos años, no sé decirlo, se diluyó en los días mi idea de morirme. En el grupo había travestis, heterosexuales, profesionales, prostitutas, amas de casa, adolescentes y viejos. El espectro de trapos de plomo negro también estaba ahí, yo lo sentía, feroz, anclado a mí como un remordimiento, pero por momentos no pesaba tanto.

Retomé la facultad y el trabajo, intenté perdonarme el descuido de haber dejado mi cuerpo expuesto a las garras de la muerte. Intenté limpiarme del alma la rabia contra mí mismo,la ignorancia, los prejuicios. Y pensé que lo había logrado, pero al menor descuido el espectro me arrastraba al suelo y yo apenas podía levantarme de la cama.

Una tarde, dos o tres años después del diagnóstico, Claudina, que con el tiempo se había convertido en la persona más importante de mi vida, me confesó que estaba embarazada. El padre era un hippie sin nombre que había conocido en Cabo Polonio. Me lo dijo mientras tomábamos mate y mirábamos un programa de televisión.

Sí querés, vos podés ser el papá me dijo sin mirarme. Estaba notoriamente nerviosa.
Dejame pensar.

Esa semana viajé a Buenos Aires con una gente del grupo. A la noche fui a una boca de San Telmo y me gasté casi todo lo que tenía guardado en heroína. Es mucho, si te metés todo junto te pasás pa´l otro lado, me dijo alguien.

La loca de los jueves cantaba en la esquina de la plaza Dorrego.
…Llegará tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto en punto,
cuando sean las seis…

Llegué al hotel en corrientes, cociné el polvo como me habían enseñado, y me inyecté la mitad de lo que había juntado con la jeringa, con la esperanza que el pegue me diera los huevos que me faltaban para inyectarme lo que faltaba y así matarme de una vez por todas.

Un momento después la habitación se esfumaba. MI cuerpo se esfumaba, la tristeza, el miedo. Cuando iba a inyectar lo que faltaba, el espectro de tela de plomo negro se materializó frente a mí, con dificultad se apartó algunos jirones de tela de la cara, y lo vi a los ojos. Era yo. El espectro se acercó y me tocó el pecho, suplicante.

Me acerqué a mí, y despacio, con cuidado para no asustarme, empecé a sacar uno a uno los harapos de tela de plomo negro: Puto, Contrahecho, Moribundo, Infectado, Cuplable. Caían pesadamente al vacío, como enormes gotas de petróleo que se hunden en la niebla. Me encontré conmigo, me vi lindo, libre, sano, padre, hijo, amigo, amado. Saqué la jeringa de mi vena, y me dejé ser, mientras el espectro desaparecía en un estallido de mariposas azules.

A los pocos meses fui padre. Con los años me recibí de arquitecto. Me enamoré y me desenamoré muchas veces. Crecí. Hace unos meses me vi en el espejo sucio del gimnasio y me gusté. Me gustaron mis ojos verdes, mi pelo rubio un poco canoso.

En febrero fui a ver una obra de teatro La loca de los jueves, se trataba de una mujer que vivía en todos los momentos del mundo porque había hecho un trato con el tiempo. Me hice amigo de quién la escribió, y a él le pedí que contara esta historia. Llegó con el manuscrito inconcluso y me lo regaló, no la puedo terminar, me dijo. Por supuesto que no la puede terminar, pensé, no se puede terminar a la fuerza lo que no ha terminado.

Le mostraba el manuscrito al grupo de gente que me salvó la vida un día, cuando entró un pibe. Temblaba. Lo recibí yo.

Tengo veinte años… Y quedó mudo, con los ojos a punto de estallar.
Tranquilo, pibe. Yo tengo cincuenta y dos, y estoy más vivo que nunca. Y le ofrecí mi pecho como un día una travesti me había ofrecido sus tetas hermosas. Los ojos del pibe estallaron en un lamento grave y poderoso. Vi entre las sombras, perfectamente perfilado, a su espectro de harapos de plomo negro, abracé al recién llegado bien fuerte y le dije con voz clara, como me lo habían dicho a mí: Llorá, llorá tranquilo, que llorando llegamos todos.

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Sebastián Miguez Conde nació en Montevideo, en 1979. Su cuento El gallinero fue editado en formato de libro ilustrado para niños (Buenos Aires, 2014). El relato Un corazón latiendo en un puño, también de su autoría, fue publicado en Cuentos del Poder: Antología del cuento hispanoamericano (México, 2015). En 2015 obtuvo una mención en el concurso literario Juan Carlos Onetti por la colección de cuentos que da origen a La raíz de la furia, publicado por Criatura Editora en diciembre del 2016.
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