Palabras misiles

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©Ana Ró

Hay palabras importantes que hablan de fracasos que no se pueden evitar, palabras que uno quisiera no pronunciar jamás, que llegan solas a nuestra boca, y nosotros no podemos sino mover los labios y decirlas, abrir las escotillas y dejarlas salir, expulsarlas fuera. Palabras misiles.

―Quiero separarme, Javier.

Su expresión lo muestra entre sorprendido y herido, y aunque yo sé que algo está mal, que no debería sorprenderse, que hace tiempo debió advertir los signos del deterioro y tomar cuenta de la caída libre en que se convirtió nuestra relación, casi enseguida me arrepiento de haber dicho lo que dije.

Veo la evolución sutil de las líneas de su rostro, pienso si no estoy presenciando una actuación gestual, una mise en scène callada, tal vez involuntaria.

Me pregunto qué piensa Javier, quizás hubiera querido que le enviara un aviso con tres días de anticipo, o que planteara nuestra separación por telegrama colacionado, como si las discusiones del principio del fin de nuestra relación o la indiferencia agazapada en los pliegues de los últimos tiempos no hubieran sido un preaviso suficiente.

Y él continúa mirándome con su expresión estupefacta, sí, tal vez demasiado estupefacta, lastimada, demasiado dolida, y yo, como víctima de un acto reflejo desencadenado por fuerzas invisibles, siento llegar la culpa que cubre mis pensamientos y mi voluntad con su manto gelatinoso de medusa.

Miro a Javier y estoy segura de que percibe mi súbita confusión, él ve mis vacilaciones como si fueran objetos sólidos. Y con todas mis dudas en carne viva lo veo recomponerse del impacto del misil, lo veo rearmarse, sé que reorganiza sus defensas seguro de que apuntará y dará en el blanco.

Me hará trizas si no logro salir de la perplejidad.

La culpa apareció temprano en mi vida y de la mano de la Abuela, una mujer demasiado vieja para cuidar a una niña. Si no dejás de hacer ruido la Abuela no podrá dormir la siesta, su corazón dejará de funcionar y morirá antes que sea de noche, y todo será por tu culpa, me decía, levantaba el dedo flaco parada en el marco de la puerta, y con esas palabras paralizaba mi mano, la que sostenía el palito del xilofón. Así clavó su imagen en la eternidad de mis pesadillas.

La culpa apareció temprano en mi vida, pienso, y en este momento no debo permitir que me inmovilice.

Busco otro misil para disparar antes de que me destruya.

Digo, declaro, formulo. Ataco:

―Javier, no quiero seguir viviendo contigo.

Veo su cara, veo la decepción que sospecho exagerada, el desconcierto que ya no me creo, y sé cómo seguirá la escena: hablará de los niños, querrá saber qué les diremos, exigirá saber cómo les explicaré mis decisiones. Pero yo tampoco soy tan ingenua y tengo todo pensado: diré que entre la familia monoparental y el matrimonio hay una gama casi infinita de posibilidades, que los hijos de padres divorciados tienen las mismas posibilidades de inclinarse por el delito a las drogas o la violencia que los que provienen de una unión mantenida a través de los años, citaré fuentes confiables, autoridades, estadísticas.

Aunque estoy preparada para el ataque, mis convicciones trastabillan cuando él frunce así el entrecejo y menciona, con voz firme y sin fisuras, la enorme aflicción que causaré a los niños.

―Buscaremos un apoyo profesional, Javier.

Expongo argumentos ensayados, probados a lo largo de la historia, razones y cifras que garantizan la racionalidad de la propuesta con una larga bibliografía que he consultado a escondidas.

La expresión de Javier se vuelve más y más dura, de acero, me mira, apoya sus manos en la mesa de la cocina, pulveriza entre sus dedos fuertes lo que fue un pedazo de pan, lo reduce a polvo, aprieta las mandíbulas, y yo entiendo, cabalmente entiendo qué es el peligro, el significado de esa palabra que tantas veces he usado con frivolidad, sin la menor conciencia de su verdadero contenido.

El peligro, pienso, es algo que hasta el ahora no parecía capaz de hacerte daño, y que súbitamente adquiere la potencialidad de reducirte a despojos.

Se acabó la amabilidad, descalificará mis argumentos con una risa seca, se volverá insultante, estupideces seudo científicas, llamará a mis argumentos, y levantará un poco la voz con su firmeza de profesional del alegato dirá que no hay explicaciones ni terapias que ahorren el sufrimiento de los niños, que los proteja contra esa esa tristeza a la que yo los estaré condenando. A la que yo los estaré condenando, repetirá. Utilizará palabras contundentes, palabras que transforman una separación en una ordalía.

Pero por sobre todos sus argumentos, por sobre todas las palabras inflexibles que utilizará para destruirme, su mirada dura dirá que ya no conoce a esta mujer que intenta deshacer su familia. Y me lo dice:

―Esta no sos vos, la que yo conocí.

Y volveré a sentir el peligro.

Quisiera dejar la conversación en este punto, no avanzar en esa dirección, pero quedo sentada y quieta como quedaba con el palito del xilofón en casa de la Abuela, otra vez señalada con el dedo nudoso, culpable y librada a mi suerte, expulsada del paraíso por querer matar a la Abuela o por querer separarme de Javier.

Siento avanzar el miedo, esa sensación elemental que nos impulsa a huir, a ponernos a salvo en un agujero. Y la culpa me susurra que soy la causante de la catástrofe, y que solo yo puedo detenerla.

Trato de reaccionar, de buscar en mi repertorio de argumentos aprendidos y memorizados, busco desesperada las palabras, los misiles que contrarrestarán su artillería y, sobre todo, mis propias debilidades. Con un hilo de voz le digo:

―Javier, no te quiero más.

Lo digo sin mirarlo, saco a relucir mi escudo antes de que él arme su próximo ataque.

Sé que ahora su entrecejo se habrá distendido, las comisuras de sus labios habrán caído de manera perceptible y su mirada enfocará algo a lo lejos, perdida en un sitio distante, transfigurada.

Sin mirarlo veo su tristeza, un brillo que empieza a formarse en sus ojos, después escucharé su respiración entrecortada, y sentiré el desconsuelo que le causan mis palabras, las que acabo de pronunciar. Palabras que arruinan vidas. Cuando ya haya agotado mi artillería, su pena me hará saber que estoy condenada para siempre.

Desde otra galaxia escucho el sonido de las llaves, de la puerta, el perro ladra, y la voz me llega desde algún lugar de la casa.

―Hola, querida. ¿Dónde estás?

Abro los ojos, miro por última vez la foto de Javier, y susurro las últimas palabras antes de callar para siempre:

―Ya no te quiero, ya no te quiero.

Después la guardo en su lugar del cajón, abajo de los repasadores, y le respondo.

―Acá, Javier, ya termino la cena.

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Mercedes Rosende nació en Montevideo, en 1958. Es escritora y Licenciada en Derecho. Escribió Demasiados blues (La Gotera, 2005, Premio Municipal de Narrativa), Historias de mujeres feas (inédito, 2008), La muerte tendrá tus ojos (Premio Nacional de Literatura/ MEC; Sudamericana, 2008) y Mujer equivocada (Sudamericana, 2011; Código Negro, 2014). Su cuento Ceremonia fue Primer Premio en el Concurso de Cuentos del Festival Buenos Aires Negra.
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