Kurtz

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©Ana Ró

Ese otoño mi madre decidió que no daba para más, que nos volvíamos a la ciudad. No retengo el momento exacto en que dejamos para siempre aquella casa del balneario. Esos días deambulan en los bajos más brumosos de mi memoria. Sin embargo, a veces puedo escuchar el contrapunto crispado de sus voces. Un grito de ella. La imponente caída de un radiograbador desde lo alto de una repisa. Recuerdo un patrullero, dos policías en la puerta de nuestra casa, una noche, poco después de mi cumpleaños número diez. Enseguida de eso nos fuimos, pero mi padre se quedó en el balneario. Armó una carpa estructural en el bosque, detrás de la estación de ferrocarril, y allí pasó el invierno. Pudo haber ido con mis abuelos, buscar algún sitio resguardado en donde comenzar a redimir los años de yerros. En cambio eligió aquella purga invernal. Eligió los pinos, el viento de un inhóspito cabo del Atlántico Sur.

En esa época todavía funcionaba el servicio ferroviario de carga. Los empleados de la estación eventualmente le facilitaban conexión eléctrica y permitían que utilizara el baño. Yo iba a visitarlo algunos fines de semana. Mi madre me subía al ómnibus en la ciudad y él iba a esperarme. Desde la ruta, hasta el campamento, debíamos recorrer unos cientos de metros a través de un atajo en el bosque. Mi padre estaba flaco y, por más que amenizaba el trayecto con historias de piratas y tesoros sepultados, yo enmudecía. En la bóveda triste de los árboles el silencio se arremolinaba. Una bestia transparente avanzaba de rama en rama, escrutando nuestra marcha con los ojos del viento.

Fue la primera vez que sentí crecer el invierno en mi estómago.

Por lo general nos abrigábamos bien e íbamos a pescar sargo en las canaletas. A la noche llegaban amigos casuales de mi padre. Pescadores y bohemios de la zona. Hacían caipiriña y se quedaban hasta tarde debajo de las lonas. Jugaban ajedrez y fumaban. Yo me dormía con el olor del tabaco y el crujido de los pinos al hamacarse encima de la carpa.

Un día mi padre fue a esperarme con una mano vendada.
—¿Qué te pasó? —le pregunté.
—Un accidente sin importancia —contestó.
Mientras nos acercábamos al campamento fue quitándose el vendaje. Sobre el dorso de la mano tenía la piel levantada, como si algo hubiese intentado escarbar en la carne. Cuando llegamos al campamento dijo:
—Fijate, ahí atrás, se llama Kurtz. —Hizo una seña indicándome el camino. Rodeé la carpa, entonces lo vi. Estaba echado sobre la pinocha. La cuerda unía una pata del pingüino al árbol más cercano. Enseguida se incorporó y comenzó a mover las alas y graznar con violencia.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté. Mi padre se había parado junto a mí. Terminaba de envolverse la mano lastimada.
—No sé —contestó. Intenté disimular. Yo tenía diez años y, aunque no lo sabía, aquellos días me iban a acompañar como sombras escurridizas durante mucho tiempo.
Lanzó una mirada inefable sobre el pingüino, y volvió a decir que no sabía, que realmente no tenía idea de lo que iba a hacer.
Kurtz permanecía atado, aunque mi padre me tranquilizaba diciendo que, algunos días, durante la semana, lo soltaba en las canaletas.
—Va, se refresca un poco, y siempre vuelve conmigo —decía. Me daba miedo el pingüino. Nunca quise tocarlo, por más que mi padre insistía con el hecho de que lo hiciera.

Una madrugada me despertó el ruido. Intenté localizar los ronquidos en el dormitorio contiguo. Enseguida supe que estaba solo. Me abrigué y salí. Aunque un cielo inmóvil y cristalino blanqueaba por encima de los pinos, el viento agitaba con insistencia las lonas, provocando un fragor de temporal en torno al campamento. Me cubrí con una frazada y quedé sentado en la silla playera. Estiré los brazos sobre la mesa de costanero y distinguí la botella de caña, el cenicero atestado de tabacos, las piezas del ajedrez caídas, desparramadas en el tablero como restos de una explosión. Estuve varios minutos sin moverme, hundiendo el miedo en la negrura del bosque, delineando cada mancha, cada amenaza, hasta que mi vista logró adaptarse a la oscuridad. Luego me puse de pie y comencé a caminar en los alrededores del campamento. Deambulé durante un rato, oyendo crepitar bajo mis pies al miedo agazapado. Agité los brazos como un ave y giré en la tiniebla densa hasta perder el equilibrio. Entonces lo vi. Estaba hincado junto al pingüino. Con una mano se cubría la cara y la otra, doblada hacia abajo, parecía una ofrenda. De forma regular Kurtz volvía a lanzar un picotazo sobre la mano de mi padre. Yo no podía ver qué gesto hacía él. No podía oír ni una risa, ni un quejido, solo aquel silbido salado del viento envolviéndonos. Volví a la carpa y dormí.

Poco tiempo después él fue a la ciudad para firmar unos papeles. No pregunté por Kurtz, aunque entonces mi padre todavía llevaba la mano vendada. Yo estaba angustiado, así que nos fuimos a caminar por la costanera del arroyo. Él me contó que aquel hilo marrón de agua desembocaba en la laguna, y la laguna en el océano, y que toda el agua del mundo estaba de alguna forma conectada. Esa idea me tranquilizaba.

La última vez que volví al campamento, el pingüino ya no estaba. Era comienzos de la primavera y, según contó, una tarde que lo soltó en las canaletas Kurtz se sumergió y mi padre ya no volvió a verlo. Se había quitado la venda. Tenía una cáscara seca que cada tanto se frotaba.
—¿Por qué se fue? —le pregunté.
—Porque ya no quería estar acá, y además el océano es muy grande —dijo.
Pocos días después mi padre se mudó a unas piezas y, luego del verano, también él se marchó para siempre de aquel balneario.

Debieron pasar más de veinte años de nuestra intermitente relación antes de que comenzáramos a transitar, con torpeza, los pocos territorios de la memoria en común que compartíamos. Una nochecita inmóvil de verano, muy lejos del océano, en un bar de un pueblo fronterizo en donde mi padre pasó el resto de su vida administrando un supermercado, le pregunté si se acordaba de Kurtz. En ese tiempo mi segundo matrimonio ya emulaba los ritos enfermos y lastimosos del anterior. Aún sin darle un nombre a esa fuerza que sistemáticamente lo derrumbaba todo, había llegado con los bolsos prontos hasta aquel pueblo de polvo y contrabandistas. Desbandados por mi mente aleteaban destinos de playas brasileñas. Cálidas guaridas con formas amables y luminosas del olvido. Habíamos tomado algo con mi padre, pero igual me ponía nervioso hablar. Él, en cambio, estaba en paz. Tal vez sin demasiadas respuestas, pero en paz.
—Me acuerdo de Kurtz, cómo no —dijo él, y se quedó observándome con una ternura estéril, como buscando en la mirada de un ciego el origen de su tristeza. Luego sonrió y sin dejar de estudiarme le gritó al bolichero que fuera reponiendo cervezas en el freezer, que las íbamos a necesitar.
Entonces le pregunté si todavía tenía la cicatriz. Hizo un gesto, como de no entender demasiado.
—La cicatriz del pingüino, en la mano —le dije. Negó con la cabeza. Yo comenzaba a sospechar, por primera vez, que una parte de mí continuaba fundida con aquel oscuro bosque de viento salado.
—Está bien —dijo mi padre—, está bien, hijo, por algún lado hay que empezar.
Entonces apoyó su mano abierta encima de la mesa y la deslizó hasta mí, como enseñándome la autenticidad de un documento. Acerqué mi cara para ver mejor y él hizo lo mismo. Recuerdo que esa noche, ese otro tiempo, comenzó así, de esa forma; los dos inclinados encima de su mano, buscando alguna marca sobre la piel.

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Francisco Astiazarán nació en Rocha, en 1980. Se desempeña como educador y reside en Montevideo desde 2004.
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