El interior fronterizo

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La extensa y escasamente comprendida zona que por comodidad puede mal definirse como el interior fronterizo (oído por Marina Benitez en boca de unos muchachos universitarios de cierta clase media colonizada y de una brutal enajenación respecto al hombre de tierra adentro) parece siempre a punto de caer del mapa nacional, en el borde perdido de una uruguayidad diseñada desde los centros aunque no menos inestable. En sus aspectos geográficos, históricos, económicos y culturales ese interior fronterizo no siempre muestra puntos en común con la zona que puede entenderse como la cuenca platense, aunque la política disponga líneas imaginarias que no logran separar lo que la vida junta en un espacio identitario compartido. Desde el peculiar registro idiomático ―con las derivas del castellano en el entramado gramatical del portuñol, con las derivas del portuñol en el entramado gramatical del castellano― a partir de un tipo de periodismo lúdico-cimarrón y cuya cosmovisión lo acerca al anarquismo libertario; situado en esa región que, mejor que las convenciones políticas, la literatura nombra con su trabajo simbólico, Michel Croz construye su escritura en la frontera riverense, entendida no como parte del país sino como borde cargado de extranjería, mejor emparentada con otras culturas, con otras formas de ver y de sentir. Ese límite es el objeto preciado de sus crónicas, esas crónicas en que la frontera es fundada al ser nombrada con un persistente aquí, que esconde bajo su sencillez una complejidad desbordante en palabras rodeadas de silencios y negacionismos de propios y extraños. Con todo, Croz no hace concesiones al regionalismo, más allá de que su noticiar tome muy en concreto lo que ocurre y se debate en su Riveramento: sabe que la fuga del regionalismo equivale a eludir esquemas autoritarios que dilatan la especificidad de la zona, a desviarse del sistema literario nacional erigido desde Montevideo, y que es también escapar del paternalismo central dirigido hacia el interior, desdibujando la noción misma de interior. Como diría la crítica e investigadora argentina Graciela Speranza en relación a la literatura que se produce en las provincias argentinas, en cuanto a la literatura del interior, francamente creo que no existe. El país está tan achicado y tan invertebrado que no conozco literatura del interior […]. Pero lo que es peor, creo que se ha muerto el país del interior. Entonces, ¿cómo ser un escritor del interior sin interior? ¿Cómo escribir desde la frontera para el universo? Ficcionalizar esas preguntas implica un gesto ético de afirmación de identidad pública y privada, y una concepción del arte como modo complejo, no evidente, de vehiculizar denuncias políticas contra la opresión y la humillación. Ante la crisis que define la uruguayidad, ese quiebre entre un pasado mejor y un presente con marcadas tendencias a ser algo árido de futuro, las crónicas de Michel Croz aceptan la imposibilidad de identidades enteras y opta por esa alteridad que sustenta la narración, desde sus temas y sus voces, como una serie de estrategias de construcción textual que están ligadas estrechamente a la posición no hegemónica del mundo representado.

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Martín Palacio Gamboa nació en Montevideo, en 1977. Escritor, cantautor y docente. Algunas de sus últimas publicaciones son El bardo de Tacuarí. Antología crítica de Carlos Molina (2016, editorial Recortes, Montevideo), Ectoplasmosis (2016, Editorial Bestial Barracuda Babilónica, Rocha) y el poemario Celebriedad del fauno (204, Ediciones Yauguru, Montevideo).
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