El geriátrico

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©Jimena Ríos

Era una vieja casa implantada a mitad de cuadra, resguardada por una descascarada puerta de dos hojas, y a cada lado una ventana hundida detrás de celosías cerradas, y delante de ellas sendas rejas pintadas de un desconcertante color amarillo patito. Como imagen era una precisa metonimia de la decrepitud que contenían sus paredes. Tocaron timbre, y pocos segundos después apareció ante la puerta una carnosa negra retinta, de mediana edad, que al reconocer a Ana desplegó una enorme sonrisa blanca y la saludó con acento caribeño, algo así como ola yica, cómo estás, bonita como siempre tú, antes de franquearles la entrada. El aspecto interior de la casa se condecía con el exterior: gris, mohoso, con olor a viejo impregnado en los cuadros notoriamente kitsch que pretendían adornarlo. Después de transitar un pasillo desembocaron en una gran sala de estar y comedor, donde se reunían los viejos. Un televisor arcaico, sintonizado en Sábado Gigante (homenajeando involuntariamente a Les Luthiers, ya que como se dijo era domingo), obtenía la atención de la mayoría de los huéspedes, si se puede llamar atención a la inmovilidad átona de ojos perdidos en algún horizonte imaginario, que parecían mirar la pantalla sin verla realmente, tal vez atraídos simplemente por el resplandor y no por el contenido de la emisión, pura física elemental.  Algunos, los menos, giraron las cabezas para mirar a las visitas, sin variar la ausencia que parecía habitarlos, apenas por un segundo, antes de volver al ejercicio de la inmovilidad completa. Un viejo con olor a orina abrió una amplia risa sin dientes al mirarlos, sin dejar de sostener contra la oreja una vieja Spica que emitía los alaridos de un relator de fútbol, probablemente Javier Máximo Muñoz, el Gardel del relato.

―Hola tía, mirá lo que te traje ―dijo Anita, y Tomás, que se había distraído mirando al viejo de la radio, sintió una oleada de pánico socavándole los cimientos de su templanza.

A su frente estaba una silla de ruedas encastrada en un ángulo formado por una pared y una mesa. Sobre ella se desmadejaba el esmirriado cuerpo apergaminado de una mujer. Tomás reconoció el rictus de desaprobación en el mismo instante en que lo vio, pese a que la cara que lo sostenía era más vieja que la de su recuerdo. El gesto era la bandera con que la mujer enfrentaba a cualquier avanzada que el mundo le pusiera por delante. Era el que ella se había encargado de destilar gota a gota sobre su infancia, uniformemente distribuido sobre cualquier pequeño o gran fracaso o éxito que él lograra.

―Hola mamá ―dijo, y entonces supo, o creyó saber, para qué había ido hasta ahí, por qué el retorno: para decir esas dos palabras.

La mujer lo miró, levantando un gesto como un muro de terca desconfianza, renuente a cualquier concesión posible que la acercara al hombre de rasgos familiares que la saludaba inclinando el cuerpo en señal que podía ser de respeto o de prudencia. No contestó, se quedó con la boca fruncida, como alimentando un insulto antes de soltarlo, o esperando el momento indicado para hacerlo.

Tomás decidió usar el recurso táctico del repliegue, ignorando la indiferencia de la anciana y ofreciéndole un bizcochuelo cocinado por Anita. La vieja manoteó un pedazo sin pronunciar palabra, devorándolo en pocos segundos, manchándose la boca de migas que cayeron al piso. ¿Está rico, no?, preguntó Tomás, esperando algún tipo de respuesta diferente, una que involucrara a la voz y las palabras, aunque fuera una puteada, pero no, la vieja se mantuvo firme atada al mástil del silencio. Ana había elegido la discreción de un segundo plano, sobrecogida ante el reencuentro entre madre e hijo, y lamentando que su primo no pudiera sacar una mínima tajada de ternura de todo eso. Cortando con tanta dulzura apareció un viejo a pedirles bizcochuelo. Portaba una flacura similar a la de casi todos los otros viejos, como atuendo un pijama a rayas blancas y azules y un mugriento payaso de felpa colgante bajo un brazo. La madre de Tomás lo fulminó con una mirada de odio, pero no impidió que capturara una porción de bizcochuelo que se empotró frenéticamente en la boca. Acostó al payaso en la mesa. Tomás miró al muñeco. Era horrible, tenía cara de pederasta, además de mugriento estaba desgastado, la tela casi transparente inspiraba rechazo y lástima. Le preguntó a la madre si la trataban bien ahí. Ella lo miró sin abandonar el gesto envarado, algún mecanismo de su cerebro se activó, alguna ficha cayó en alguna parte, y empezó a decir que no, que la trataban horrible, que comía mal, que dormía mal, que la culpa era de ellos por abandonarla en ese campo de concentración, que los empleados del geriátrico les hacían cosas horribles a los viejos. Dejó de hablar al ver que el viejo del muñeco se inclinaba sobre el bizcochuelo. Con un ágil movimiento se le adelantó, pescando una porción. La empleada caribeña, percatándose de la situación, se llevó al viejo del brazo diciéndole deha a la hente tranquila, cariño, ven pol aquí, pero no logró impedir que el viejo capturara una presa, que se llevó a la boca inmediatamente, como si temiera que fueran a quitársela. Tomás se alegró de escuchar la voz de su madre, sin darle importancia a lo que contenía. Le dijo que se alegraba de verla, le entregó un sombrero que le había comprado, pero ella no dio muestras de verlo, y a partir de ese momento solo se limitó a repetir cosas horribles, cosas horribles, todo el tiempo, a pesar de los esfuerzos de Tomás y de Ana, que sacaron a colación los más diversos temas sin obtener otra respuesta que el mismo silencio hosco salpimentado con la consabida frase. Después de un rato de esa interacción frustrante Tomás decidió tirar la toalla e irse. Y se fueron nomás, dándole un beso no retribuido a la visitada, cruzándose al salir con otros familiares que llegaban, para beneplácito de algún viejo que por un rato sentiría que alguien se acordaba de él, que no era un elemento del mobiliario del mundo olvidado en un desván. Todavía debieron sortear el último obstáculo del dueño del residencial, que se les atravesó en el camino con la presteza de un Ronald De Boer, a pesar de que no era ningún pibe, y que tenía un solo ojo, quedando el restante tapado por un parche negro al mejor estilo pirata. El hombre saludó a Ana con un beso y se presentó ante Tomás con un apretón de manos y una sonrisa melosa.

―Mario Chirimino, encantado. ¿Así que el hijo de Doña Inés? Pero qué alegría para ella, ¿no? Es divina su mamá, un encanto de persona. Tiene su carácter por supuesto, pero hay que saberla llevar. No le haga caso si le dice que le hacemos cosas horribles a los huéspedes, cosas de viejos, ¿vio? Acá tratamos bien a los abuelitos, ¿verdad, Rosa?
―Sí señó. Como reies ―dijo la negra al pasar llevando una escoba y una pala.

Desandaron el camino. Ana le preguntó cuántos días pensaba quedarse. Tomás no había pensado en eso, y después de la impresión causada por la visita a su madre, con la necesidad de procesar ese encuentro, darle alguna forma inteligible, pasar raya y sacar conclusiones, no le apetecía ponerse a pensar en el futuro. Laudó momentáneamente la cuestión con la vaga sentencia de algunos días más. La prima le preguntó si tenía hambre, Tomás contestó que un poco y, recordando su reciente condición de hombre rico, dijo que fueran a algún lugar, que él invitaba. Almorzaron en una parrillada, Tomás solo ensalada y verduras a la parrilla, debiéndole explicar a Ana sus teorías sobre la comida y la alimentación, inventando mentiras nuevas sobre su vida en Montevideo, tratando de que la pelota de la conversación cayera en la cancha de ella. Ana le habló de su matrimonio, del pasaporte a la infelicidad que sacó cuando firmó la unión con un hombre inútil, frustrado, borracho, violento y otros adjetivos que a Tomás se le escaparon dado lo abundante de la enumeración. Le habló de sus intentos de negar lo evidente, del bálsamo del nacimiento de Jorgito, del definitivo y doloroso enrolamiento en la lucidez que la llevó a divorciarse. Dijo después que había intentado construir otras relaciones, pero que sucesivos fracasos la habían convencido de que la mayoría de los hombres eran unos imbéciles.

―Me olvidaría de los hombres si no me gustaran tanto ―dijo, entrecerrando los ojos, sonriendo y sorbiendo un trago de vino mientras lo miraba. Tomas bajó la vista y tragó saliva estruendosamente.

Ana dijo que el café lo invitaba ella, y que lo tomarían en su casa, así podían conversar más tranquilos. Tomás se sintió como un cordero invitado por un lobo a tomar un café, y la sensación de peligro inminente le gustó.

Entraron a la casa, y sin más trámite ella se le abalanzó y lo besó.

―¡Qué bueno estás, primito, estaba deseando esto desde que te vi! ―siseó entre besos y mordidas, sincronizados con ágiles movimientos manuales que dejaron a Tomás en bolas en pocos segundos. Ella le manoteó la pija, que rápidamente dio muestras de estar despertando de su letargo. Cuando ya la tenía del todo dura gracias al tratamiento que le estaba dando la prima, Tomás recordó que no tenía forros. Se lo dijo, esperando lo peor, pero ella tenía todo previsto y no tardó en enfundársela, tras lo cual se desnudó de cintura para abajo, apoyó las manos contra la pared y le exigió enfáticamente que  la cogiera. Tomás no desacató la orden, pero ella le exigió que le diera más fuerte, y no pasó mucho tiempo antes de que fueran sudor y espasmo unánime en la tarde. Después Ana lo llevó a la cama para seguir lo que habían empezado. Tomás no estaba preparado para lo que se le venía encima, literalmente. Ana era muy distinta a Mónica, no se detenía a ser brisa cuando podía ser huracán. Lo cogió sin tregua ni miramientos, encadenándolo a la cama por horas. Mientras Tomás más le daba, ella más pedía. Llegado a un punto del frenesí, él sintió que ya no podía, pero ella pedía y pedía. Tomás vio sobre la mesa de luz, junto a la lámpara, un control remoto. Una ráfaga de inspiración le sopló en la cabeza. Manoteó el control remoto y penetró con él a Ana, que contrajo el cuerpo un instante al sentir la dureza extraña, pero cuando Tomás empezó el movimiento de mete y saca, se abandonó al embate renovado del placer. En eso estaban cuando el televisor se prendió. Una monja desgranaba la receta de un postre, haciendo énfasis en precalentar bien el horno antes de iniciar la cocción. Tomás redobló el movimiento de su mano, que chorreaba sudor como todo su cuerpo. El televisor cambió de canal, una soprano hizo retumbar el cuarto con su voz, mezclándola con los gemidos de Ana, urdiendo entre las dos un aria original y obscena. La mano se le acalambró, cambió el control para la izquierda y reinició el vaivén, sintiendo el crescendo de los estremecimientos del cuerpo vuelto de espaldas sobre la sábana ya empapada. Otro toque involuntario y la imagen cambió nuevamente, primer plano de la cara de Tiger Woods, concentrada en la bola que tenía a sus pies y que medía con su palo. Cambio a plano general un segundo antes del golpe exacto, la pelota viajando infalible, besando a su paso el césped perfecto, irrumpiendo en el hoyo en el momento en que Ana tensa el cuerpo, se sacude, cambia el gemido por grito y aprieta las piernas en un estremecimiento largo, angustioso, que parece que va a ser eterno.

Paisaje después de la batalla. Mano acaricia pelo. Mano descansa sobre carne satisfecha. Respiración que vuelve lentamente a su cauce criterioso. Parece que nada pasó, que no pasa nada. Pero están las miradas, la velocidad de las caricias, la frecuencia de las diástoles y las sístoles. Se dejan germinar en el silencio, incrédulos aún, con miedo a lo definitivo. Mi marido era precoz, dijo ella, como para romper el hielo, justificando el salvajismo, tratando de explicar la avidez, por si las moscas, un hijo de puta y encima precoz, completito el panorama. Ana interrumpió la charla post coito anunciando que Jorgito llegaría en un rato, por lo que se levantaron y se ducharon juntos, operación que aprovecharon para renovar la exploración tete a tete, por si había quedado algo pendiente. Jorgito los encontró bañados y vestidos, mirando dibujitos en la tv (después de limpiar y desinfectar el control remoto). Tomás le dedicó la mejor sonrisa que pudo encontrar, y como respuesta recibió una patada en los huevos que lo dejó doblado en posición fetal, repitiendo el niño el movimiento exacto que había hecho su madre muchos años atrás, como si lo llevara latente en algún cromosoma y se le hubiera soltado de golpe ante el estímulo adecuado. Ana gritó, Jorgito corrió, Tomás gritó más aún, todo fue un caos. Cuando recobró el control sobre su cuerpo, Tomás quiso tomar venganza sobre el crío, tal vez pateándole el orto, quizás levantándolo de la oreja, o dándole un buen coscorrón, pero Ana se interpuso, furiosa, increpándole su inmadurez, su falta de tacto y de empatía hacia la criatura. Tomás intentó objetar que él había sido el primer agredido en el entuerto, pero eso solo enfureció más a Ana, que terminó abrazada al lloroso vástago, echando a Tomás a los gritos, achacándole inmadurez e insensibilidad.

Entonces le tocó repetirse la pregunta que le había hecho Ana antes: cuánto tiempo estaría ahí antes de moverse, de irse a quién sabe dónde. Pensó que con gusto se tomaría un avión a una playa del Caribe y que reventara todo, pero temía a los aviones y odiaba la playa, así que esa no era una solución.

Se compró una notebook para paliar un poco la angustia rememorando viejos tiempos. Se encerró en su cuarto y prendió la máquina con manos de delirium tremens. Con temor casi religioso entró a sus perfiles en diversas páginas. Comprobó que Sancho lo había agregado en Facebook y le había escrito un mensaje diciéndole que el asunto que él sabía todavía levantaba olas en la capital, y que estaba iniciando los trámites para irse a Estados Unidos, para finalmente mandarle un abrazo y un cuidate hermano que emocionó a Tomás, que nunca había sido llamado hermano por nadie. Buscó a Mónica, pero aparentemente se había borrado el perfil. También la buscó en la página de chat donde la había conocido. El perfil estaba, aunque desconectado. Las conversaciones de sus primeros días estaban intactas, como cartas conservadas en la sombra de un baúl cerrado. Tomás leyó y lloró, lloró y leyó, solazándose en el dolor constrictor que lo despedazaba. Después de unos minutos pudo sustraerse al goce masoquista y se dedicó a leer noticias sobre La Milicia. El gobierno proclamaba su victoria total sobre la subversión. Todos los miembros de la cúpula habían sido abatidos durante el asalto al cuartel guerrillero. Tomás pensó que eso era muy conveniente, mientras menos bocas pudieran decir la verdad sobre el tongo entre el gobierno y La Milicia, mejor. El timbre del teléfono lo sobresaltó. Era Ana, había olvidado que le había dado el número de su nuevo celular. Te llamo para pedirte disculpas, dijo ella, y también dijo que lo de esa tarde había sido hermoso, que le gustaría que se repitiera, que hacía mucho que no pasaba tan bien con alguien; y también dijo que perdonara a Jorgito, que no había tenido una vida fácil, que era un poco travieso pero en el fondo era un pan de Dios, y que estaba segura de que con el tiempo él y Jorgito iban a ser buenos amigos. Así que firmaron las paces telefónicamente, y las refrendaron esa misma noche, sentados a la mesa para hacerle los honores a las empanadas que se mandó el tío, aunque Jorgito lo miró todo el tiempo con cara que mezclaba el odio y el asco, y Tomás, más hábil en el manejo de la hipocresía, no quitó de su boca una sonrisa de circunstancias, aunque sus pensamientos flameaban imaginando el sometimiento del engendro a las más espantosas torturas, que culminaban en un sacrificio ritual en el que le arrancaba el corazón con las manos y se lo tiraba a unos perros hambrientos que lo devoraban.

Esa noche empezó una rutina de visitas subrepticias a la casa de la prima, que lo hacía entrar en puntas de pies a su cuarto, y, una vez segura de que Jorgito se había dormido, lo reventaba contra la cama, contra la pared, contra la cómoda, contra el placar o donde la inspiración del momento se lo dictara. Tomás le decía al tío que salía a caminar un rato,  pero volvía en la madrugada arrastrándose, como si hubiera corrido una maratón. Inadvertidamente fue trazando un trillo en los días, que se repetían con una terquedad abrumadora. Visita a la madre en la mañana, almuerzo con la prima Anita, tarde de gimnasio (en el que se anotó a los pocos días de su llegada), cena familiar y visita clandestina a la cama siempre flamígera de Ana.  Un día, como quien no quiere la cosa, alquiló un apartamento a pocas cuadras de lo de Anita, que terminó habitando luego de amueblarlo. Otro, vio un aviso clasificado de una empresa que pedía un diseñador web, lo que derivó en que obtuviera el empleo. Ya estaba asentado en su nueva vida, echando semillas para que nacieran raíces, dejando que el pasado se desintegrara como un diario viejo bajo la lluvia de las semanas y los meses.

Fragmento de la novela inédita Los incendiarios

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Álvaro Luna nació en Montevideo en 1974. En 2013 publicó el libro de cuentos “Algarabía” (Ediciones del Rincón). En 2015 su novela “La deriva de los continentes” resultó ganadora del XXI Certamen de Letras Hispánicas Universidad de Sevilla. La misma fue editada en España en 2016 por la editorial Punto de Lectura. En 2016 obtuvo el segundo premio en el Concurso Itaú de Cuento Digital (Argentina, Paraguay, Uruguay) con el cuento “Enemigo del pueblo”. El mismo fue publicado en la antología correspondiente. En febrero de 2017 su cuento “La tentación de la carne” ganó el concurso de cuentos de ciencia ficción “Carbono Alterado” (Montevideo), siendo incluido en el libro "Ruido blanco 5, cuentos de ciencia ficción uruguaya".
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