Mereles

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©Jimena Ríos

Mereles la estaba pasando mal. Las privaciones habían empezado a apretarlo hacía casi un año, cuando tuvo que dejar de trabajar. El tubiano se retobó, como muchas veces desde que lo tenía de flete. Pero aquella tarde los setenta años pasaron la cuenta. Falló la mano izquierda, que no llegó a tiempo para asirse de la rienda; falló el reflejo para apretarse a las ancas y lo que no era más que un corcoveo del montón terminó por precipitarlo contra el suelo. Cayó pesado, rotundo, sin atenuantes. Los mismos terrones que había sabido amansar tantas veces para levantar las paredes que lo acogieron, esta vez fueron como piedras. Ni la cadera izquierda ni la parte inferior de la pierna del mismo lado resistieron. Recién pasados los seis meses de postración recuperaron sus funciones, aunque muy disminuidas. Así que después de aquellos sucedidos Mereles fue rengo y no logró subirse más al caballo.

Ya no pudo montear ni ofrecerse como baquiano para los troperos que querían cruzar el Río Negro; y mucho menos carnear ganado orejano. Gracias a la vieja Agustina había capeado el temporal en los peores momentos. No se sabía bien cuál era la relación que tenía con Agustina. Algunos del caserío decían que eran primos; otros, que habían sabido ser marido y mujer. Como mínimo, se notaba un cariño al que ninguno de los dos se preocupaba por ponerle nombre; mucho menos por explicárselo a los demás. Pero a la vieja ya era mucho pedirle que se cuidara ella; como para cuidarlo a él iba a estar. De venir cada tres días pasó a venir cada seis y en el invierno ya no se le vio el pelo. La última vez que llegó la olla de puchero fue la nieta de Agustina la que la trajo.

Así que cuando aquella caravana de gente tan alicaída como hospitalaria pasó por la puerta del rancho, tuvo claro que tenía que unírseles. Mal que mal, era una chance de sobrevivir un tiempo más. Tal vez meses; o algún año, en una de esas. Él no era hombre de seguir a caudillos y no sabía ni quería saber de cuestiones políticas. Pero la cosa no estaba para ponerse con compadradas morales, así que se tomó de la mano del hombre que le ofrecía subirse a su carreta.

Apoyó la pierna buena en el estribo y pretendió que subiría sin más asistencia. Pero no pudo, y le dio vergüenza. Espere, le dijo el hombre, y mientras ponía un tronco para trancar la rueda llamó a la mujer. Ella ató las riendas a la baranda y caminó por la carreta de mala gana, rezongando. Que estás loco, Berriel, le decía. Que ya tenían bastante con los dos gurises, chillaba. Yo lo levanto y vos lo agarrás de arriba, le ordenó con autoridad cálida el hombre. Sin dejar de quejarse, la mujer ayudó al rengo a acomodarse sobre los tablones laterales. Se agradece, dijo Mereles. La mujer lo miró de soslayo con un enojo que el viejo descubrió fingido y volvió a sentarse al lado de los niños, en el banco de la parte de adelante. Tomó las riendas otra vez y quedó esperando a su compañero que, entretenido en algún menester, no terminaba de volver a la carreta.

El vehículo tendría unos cinco pasos de largo y dos y medio de ancho. Estaba cubierto con cuero y no con paja como la mayoría de los que el gaucho Mereles tenía vistos. Lo sostenía un solo eje que unía dos ruedas de la altura de un cristiano. Debajo de la lona había tres bolsas de una especie de galletas y varias herramientas de labranza. Había, también, un barril contra el que Mereles se estaba afirmando para no perder estabilidad cuando vio pasar a Berriel con una antorcha encendida. Iba derechito al rancho.

—¡Eh! ¿Qué v’hacer, compañero? —reaccionó Mereles.
—Hay que quemar todo —lo avispó Berriel—. Mire si vamos a andar dejándole riquezas a las partidas de godos; justito —se sonrió. A Mereles le dio mucha gracia que alguien hablara de su rancho usando la palabra riqueza. Pero cuando las totoras resecas del techo tomaron fuego, un puntazo en el pecho le desbarató la indolencia. Había abandonado querencia muchas veces, pero nunca había tenido ganas de llorar. Berriel apagó la antorcha, se subió a la carreta y azuzó a los bueyes. Mereles quedó mirando fijo las llamas, cada vez más altas, cada vez más lejanas. Iba hecho un puñado de lástima.

Un día y medio les llevó alcanzar la ribera sur del Río Negro. La caravana hizo un alto a tiro de piedra de la orilla. En sus años más diestros, a Mereles le tomaba no más de dos horas llegar al mismo lugar; al trote, nomás. Claro que si había que arrear ganado la cosa se enlentecía. Nunca había recorrido, eso sí, el trayecto a paso de hombre, como viajaba esta gente.

Esas primeras horas de marcha ya le alcanzaron para ir haciendo buenas migas con los hijos de Berriel, que resultaron dos dechados de picardía. A cuál más sabandija. Ahí le andaban preguntando esto y aquello cuando vio que, a un par de cuadras, los hombres parlamentaban al lado la carreta que abría la marcha. Como pudo, el viejo se incorporó para otear el panorama. Llegó a divisar la otra orilla del río. El momento de contemplación vino a romperlo un cacareo de la mujer de Berriel.

—Es de no creer —decía como para ella misma—, cómo no van a encontrar el vado. Indios que no saben por dónde cruzar un río… ¡Será posible!— se quejaba.
Mereles volvió a sentarse en la carreta. Mientras acomodaba la pierna inútil con la mano diestra, llamó al más grande de los gurises.
—Manuel, digalé a su padre que si remontan para el este, más o menos a una legua, en una de esas da paso.
El chiquilín arrancó como chumbado, sintiéndose importante con la misión que se le encomendaba.

La partida que fue a comprobar el dato, volvió con buenas noticias. El cruce empezó al amanecer. Dos días después, los casi cinco mil criollos ya marchaban al norte del Río Negro.

 

La caravana estaba en movimiento no menos de diez horas por día. Cuando se detenía, la gente empleaba el tiempo en reparar las carretas, reponer agua y procurar algún alimento que permitiera reservar las galletas de campaña y el charque para ocasiones de apuro. La jornada encontraba el punto final en los fogones. Era el momento de prosear. También era el momento en que sobrevolaban los temores, las dudas y algunos enconos. Nada, sin embargo, era más fuerte que la fe de esa muchedumbre en el jinete de la vanguardia. A Mereles le costaba entender esa devoción por un hombre. Un gaucho como tantos, pensaba. A ver si un pingo mal amansado no iba a volearlo contra el suelo como a él o a cualquiera de los que estaban en la conversación. Para el viejo, esas adulaciones no eran más que puras agachadas maulas. Cobardía, debilidad para hacerse cargo del destino propio. De ese parecer no decía ni una palabra, eso sí. Se sentaba en la ronda y escuchaba.

La cara lo vendió; los gestos, los resoplidos. Y al paisanaje le disgustó la actitud de ese viejo sobrador. Como a las cenizas encendidas que liberan las llamas más altas, el viento de la noche fue llevando las maledicencias de fogón en fogón. Así, en pocas horas, Mereles fue teniendo un pasado de colaboracionista con el gobierno de Montevideo, de espía de los godos, de saqueador de haciendas y hasta de asesino de mujeres y niños.

Las tenidas nocturnas arrancaban mansas y se iban avivando con «independencias», «repúblicas» y «federalismos». A alguna de esas palabras Mereles la comprendía, a las otras las sospechaba. El mayor fervor se alcanzaba en el momento de los payadores. El contrapunto solía enfrentar la voz de los paisanos con la de un remedo de la oligarquía porteña o de los realistas españoles o de cualquiera de los que se oponían a la causa de los orientales.

Dicen y dicen de más
Monárquicos leguleyos
Que nos apretan el cuello
Porque ordena Dios, nomás
Que han de acatar los demás
Eso que han de mandar ellos

Usté diga lo que quiera
Pero no se soliviante
Y va a ver después o antes
Que no gobierna cualquiera
Ni unos gauchos de tapera
Ni unos indios ignorantes

Inorancia la de algunos
Que versean con jatancia
Perdone la redundancia
Y oiga que lo desayuno
Aquí naide es más que naide
Ninguno es más que ninguno

A cada copla la seguía la ovación o el abucheo, según el caso.  Así hasta que el cansancio superaba al ánimo festivo.

 

La marcha llegó al Arroyo Negro el 14 de noviembre. A cincuenta metros de la orilla crecía un bosque de coronillas pródigo en leña y sombra. El agua del curso se podía tomar y a unas cien varas un pastizal explayado era alimento más que propicio para los bueyes y los caballos. Como Mereles le había dicho hacía dos días a Berriel (quien a su vez hizo llegar al dato a la comandancia) el lugar era muy conveniente para la estancia de más de una noche como la gente pedía.

Al viejo, esos datos sobre parajes y caminos parecían caérsele de distraído. Le salían como sin intención en las conversaciones con los pocos descreídos de su mala fama que se le acercaban. Eso sí, se aseguraba de que Berriel estuviera escuchándolo. El dueño de la carreta, por su parte, ya le había descubierto la maña y por eso andaba atento. De lo que Berriel no podía terminar de darse cuenta, era de si se trataba de un embeleco de Mereles para ir remontando la ojeriza que le caía encima, o de si solo era elegancia en el modo de ser versado. Fuera una cosa o la otra, tuvo su efecto. La leyenda negra que cubría a Mereles fue blanqueando a fuerza de dar noticias sobre  vados, pasajes o aguadas. Tanto, que llegó el momento en que el hombre al frente de la marcha lo vino a conocer.

—¿Mereles? —le preguntó mientras se sentaba en un toco del fogón de los Berriel.
—Mesmo —contestó el viejo como de mala gana.
—Dicen que usté le anda atinando a la geografía de la Banda Oriental.
—¿Dicen?
—Sí.
—Será.

El diálogo duró poco y en ningún momento el viejo depuso su aspereza. Pero por alguna razón parecía que al caudillo le caía bien esa actitud. Varias veces durante la conversación el hombre invitó a Mereles a formar parte de la partida de vanguardia y varias veces el viejo rechazó el convite. Recién empezó a ablandarse cuando se habló de la posibilidad de hacer una silla de montar especial, acondicionada a sus limitaciones.

 

Del lado izquierdo, el apero de Mereles tenía dos estribos. El primero, mucho más cercano al suelo de lo normal. El paso para calzarlo era corto como para un niño. Claro que eso exigía un envión extraordinario de la pierna derecha, pero esa era la buena del viejo. Una vez sobre el lomo del animal, con el pie ya afirmado en el estribo de arriba, el de abajo se levantaba con una chaura y quedaba plegado contra el anca del caballo.  La técnica exponía a Mereles en posiciones poco dignas, por decir lo menos. Pero a las sonrisas condescendientes que aparecieron las fue apagando la habilidad sobresaliente que mostraba una vez montado.

Paysandú, Arroyo San Francisco,  Arroyo Quebracho, Chapicuy y Río Dayman fueron los campamentos siguientes. Si bien Mereles no entendía del todo las ideas que sus compañeros de cabalgata mentaban, entreveía en ellas, sí, unos aires libertarios que se le acomodaban. Ese espíritu y la llaneza con la que se lo trataba le fueron venciendo la incredulidad. Al mal genio no hubo con qué apaciguarlo.

 

Las familias empezaron a cruzar el Río Uruguay a principios de diciembre. El viejo quedó para el final con el contingente de los jefes. No lo iba a reconocer si se lo preguntaban, pero en esos días, como en disidencia con él mismo, había empezado a respetar a aquel hombre que sabía mandar y también sabía escuchar. Que además no le hacía asco a carnear ganado marcado o apropiarse de algún caballo de haciendas cercanas. No ha de ser tan malo si hace cosas malas, calculó Mereles.

En los días que llevaban compartidos, más de una vez el hombre había salido al descampado con un grupo de los gauchos más diestros con el lazo y dos indios de los que se decía que no fallaban con las boleadoras. Volvían con alguna res a la que no se perdía tiempo en carnear y repartir entre las familias.

El viejo se relamía por participar de las cuadrillas; esa ansiedad no le pasó desapercibida al caudillo.

—Vamos, Merereles —invitó y ordenó en la misma frase el jefe la mañana en que partía la última de esas incursiones furtivas antes de abandonar la Banda Oriental. Más rápido que ligero el viejo montó el azulejo que le habían asignado, esta vez con la agilidad de un mozo. No fue a menos en ninguno de los dos primeros lances que valieron otros tantos terneros. Ya olvidado de achaques y limitaciones, en la tercera misión trotó para cortarle la carrera a un tordillo retobado que a los hombres le había gustado para expropiarle al dueño de aquel campo exagerado. El pingo galopaba en huida de la persecución de los indios y no se amedrentó cuando Mereles intentó cortarle la carrera. Sin bajar la velocidad embistió al caballo del viejo como si no tuviera nada por delante. Mereles reaccionó a tiempo para intentar un salto modesto que lo desmontara mientras el animal resignaba el equilibrio de sus cuatro patas. Al movimiento lo malogró el mismo recurso que lo había devuelto a la condición de jinete. En el estribo de abajo fue que se enganchó el pie izquierdo que, entumecido, no pudo zafar a tiempo. El azulejo se incorporó y, desbocado, arrastró al viejo por un tramo corto que para él fueron leguas. El tordillo no paró hasta que uno de los indios consiguió ladeársele y frenarlo.

El viejo se levantó y se limpió la camisa. Ni en ese momento ni mientras era vapuleado por el azulejo se le oyó una queja. Se calzó el sombrero para esconder la mirada y se fue caminando rumbo al campamento con el caballo tomado de las riendas. Ahora rengueaban los dos.

Pasó la noche en un solo dolor que empezó a aflojar cuando clareaba. Recién entonces se adormiló en un sueño violento que repetía y repetía la revolcada. Y en el sueño, o en la realidad, alguien le echaba en cara que ya estaba desahuciado para las tareas rurales. Ya está, Mereles, no hay más nada, lo rigoreaba un gaucho viejo de rostro borroso. Entonces, fastidiado, decidía demostrar que todavía podía montar como el mejor, pero el estribo, metálico, patente, no lo sostenía. La bota atravesaba el bronce como si fuera puro aire, como si no fuera. Y ahí caía otra vez de hocico contra el pedregal. No te queda nada, viejo; ni agallas para caer peleando, te quedan, lo seguía picaneando aquel paisano mal entrazado y, en la realidad o en el sueño —qué importaba—, Mereles mordía una rabia que ya no le cabía en el cuerpo. Tampoco aparecía claro si la visión del grupo alistándose para cruzar el río era una traición de la cabeza o la pura vigilia. La voz del caudillo sí fue realidad contundente.

—Mereles —se le apersonó.
—Mande —dijo el viejo, mientras se frotaba los ojos.
—Se va a tener que quedar.
—Ni loco —se encocoró y el gesto le pasó de la somnolencia al enojo en un santiamén. Supo que no iba a torcer la orden del hombre, y también supo que no la iba a acatar.
—Así como está no hay forma de cruzarlo, ya pasaron el río todas las carretas —explicó .
—No me van a dejar como a un perro —se enfureció Mereles.
—Ahí le quedan víveres pa cuatro días —trató de atemperarlo el caudillo— Y quedesé con el caballo.
—Ni mamao me quedo —pegó el grito el viejo.
—No hay otra, compadre —intentó otra vez amansarlo.
—No v’haber… —respondió Mereles con una bravura desmesurada, como de otra batalla, y desenvainó el facón— ¡A ver quién es el que se tiene por tan hombre como pa dejarme tirao! —desafió y, con la pierna de arrastra, se le fue al humo al caudillo.
—Pare ahí —ordenó uno de los gauchos que miraba. Nadie entendía de dónde le venía al viejo aquella furia y dudaron unos segundos en tomársela en serio. Pero Mereles no dudaba, avanzaba desencajado. Tampoco se entendió por qué cuanto más se acercaba al jefe, más se le aclaraba el semblante. A poco de que el viejo quedara mano a mano con el caudillo, en los hombres ganó la sensación de que la embestida ya no era cosa de un extravío. Algo lo esclareció a Mereles en esos pasos, ya no era el diablo el que le llevaba el alma.
—¡Que pare, le digo! —gritó otra vez el gaucho. El jefe puso la mano sobre la empuñadura de su cuchillo, pero se detuvo antes de sacarlo. La puñalada que detuvo a Mereles la dio el lugarteniente justo antes de que el viejo asestara la suya. Agarrándose el tajo en el vientre, cayó por tercera vez. El caudillo nunca desenvainó, y no había sido por falta de reflejos. La mirada delató que tuvo miedo. No se supo si de morir o de matar.

Dos de los hombres se acuclillaron para atender a Mereles. Uno con un pañuelo trató de evitar que se desangrara. El otro le tomó la cabeza por la nuca e intentó mantenerlo consciente.

—Vamos, viejo —pretendió reanimarlo. Hablaba con la cara casi contra la de Mereles.
—Ta bien… Ta bien así… —musitó el viejo.
Después de unos segundos, el gaucho le acomodó la cabeza en el suelo, se paró y se sacó el sombrero.

 

Casi un año después, amainada la tensión con Montevideo, varias familias emprendieron la vuelta. Algunas carretas pararon a aprovisionarse en el caserío. La vieja Agustina ya no salía del rancho. Ni se levantaba de la cama, casi, y entonces mandó preguntar. Que lo conocían, sí, a Mereles, confirmaron los paisanos. Que se había quedado en la costa del Río Uruguay, allá por el Salto, le mandaron decir. Y no mintieron.

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Gabriel Varela nació en Montevideo, en 1964. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y trabaja como periodista y guionista de radio, televisión y carnaval.
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