¿Qué es un loco?

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©Jimena Ríos

            Nadie está obligado a encontrar que esas voces confusas canten mejor que las otras y digan lo más hondo de la verdad. Basta que existan y que tengan en su contra a todo lo que se encarniza en hacerlas callar, para que haya un sentido en escucharlos y en investigar lo que quieren decir (…) Es porque hay tales voces que el tiempo de los hombres no tiene la forma de la evolución sino la de la «historia» justamente.

Michel Foucault, ¿Inútil sublevarse?

Hace unas semanas, unos colegas amigos me convocaron como oradora para el ciclo Analistas en la Polis; es el segundo año que esta propuesta está en la calle y algunas de las temáticas han sido la Medicalización de la Infancia, Memoria y Dictadura, De fármacos y falopas, La música en la Ciudad por nombrar algunos encuentros. La intención es la de promover la producción del discurso psicoanalítico en temáticas contemporáneas y relevantes. La invitación que recibí fue para el sexto encuentro: Ley de Salud Mental.

Analistas con años de experiencia, analistas en formación, personas afines al psicoanálisis y quienes se sienten convocados por las temáticas son quienes participan. La propuesta es a que tomemos la palabra con lecturas propias de los tiempos de formación y experiencia en que nos encontremos. Se habla de una práctica, de una experiencia, de una posición en relación al saber, al sujeto, a la palabra.

Así es que cada encuentro, con un tema específicamente amplio en su lectura, se vuelve una especie de manantial entre aquello que se dice y aquello que se escucha, entre aquello que resuena y quienes intervienen posteriormente en el debate. Esa es la invitación, invitar a hablar, oferta que (demanda radical, dice Lacan) un analista da con su presencia en la acción de escuchar, y esta no es sino condición de la palabra.[i]

Ante esa oferta a hablar de la Ley de Salud Mental, que actualmente está en discusión en el senado, me encontré con la pregunta de desde dónde tomar la palabra. Desde mi experiencia como analista en formación, desde mi experiencia en el trabajo en algunas instituciones, desde mi experiencia como parte de un colectivo de trabajo, o desde mi experiencia familiar. ¿Quién no? ¿Quién está tan alejado de la locura como para desconocer los entramados discursivos que una noción tan inespecífica puede abarcar? ¿Qué es en definitiva la locura? ¿La peligrosidad, la falta de razón, la falta de juicio? ¿Es un estado, un permanecer loco, una experiencia?

Aquello que no tiene pregunta puede ser pensado como origen y pretender causas y consecuencias; sobre aquello que sí hay pregunta se hace una historia, un comienzo. Así es que voy a ensayar comienzos.

Podría ser desde una práctica que hice como estudiante de Psicología durante un año; estuve yendo a las Colonias Psiquiátricas tres veces por semana, tuve unas cuantas pesadillas y también algún sueño más alentador.

Podría pensar acerca de las lógicas instituidas del encierro. Las prácticas cotidianas de des-subjetivación hacia las personas que allí residen, de la violencia de la cual son objeto, del aparato ideológico que sostiene la existencia de tales instituciones. Analizar la demanda social hacia una Institución psiquiátrica, comprometida en un modelo de custodia del enfermo y como correlato, su mandato a curarlo con una técnica eficaz. Tampoco curarlo, mejorarlo, que la persona esté más tranquila. Así haga años que nadie lo visite o llame, así ese abandono suene a ollas tiradas al piso de la cocina del pabellón, de tanto desamparo. Que a eso se le llame descompensarse.

El 13 de Mayo se publicó en Brecha un artículo sobre el uso de las Terapias Electroconvulsivas, donde una Psiquiatra ante la pregunta sobre el uso de esa técnica en relación a los Derechos Humanos responde: el foco ahí no es la población, son las prácticas médicas lo que está en cuestionamiento.

Sí, son las prácticas médicas lo que también está en cuestionamiento, y no poder pensar sobre esas prácticas es el fracaso político de una propuesta de Ley; es quedar plegada al discurso sanitarista, antes higienista, y levantar la bandera del saber técnico como un fetiche, sin crítica alguna de su existencia o funcionalidad; es creer en el saber que solo algunos tienen. El saber en el psicoanálisis es totalmente otra cosa, no es el saber del psicoanalista el que funciona en esa relación sino la del sujeto que habla.

De antaño es la discusión sobre la mirada de la psiquiatría en relación a la locura, que va desde la extirpación hasta darle el sentido de un error y como tal se tiene que entender. En 1934 Henry Ey, en su obra Alucinaciones y delirios, plantea sobre la alucinación: se la considera un error que hay que admitir y explicar como tal sin dejarse arrastrar por su espejismo, entendiendo de este modo el fenómeno de la creencia delirante como un fenómeno de déficit. Para Lacan, el fenómeno de la creencia delirante es el de desconocimiento: con lo que este término contiene de antinomia esencial. Porque desconocer supone un reconocimiento, y continua con la pregunta: ¿Y el problema no consiste acaso en saber qué conoce de él sin reconocerse allí?[ii]

Es claro el movimiento hacia el sujeto, el psicoanálisis escucha al delirio y a la alucinación del mismo modo que puede escuchar una formación inconsciente, no como un error a extirpar o callar para volver ajeno al sujeto de aquella experiencia, a veces terrible o terrorífica. La misma, como experiencia, le pertenece al sujeto; experiencia que no puede ser toda dicha como tal, pero es en el intento de decirla donde el sujeto puede advenir.

Podría también haber elegido, para comenzar, el narrar algunas escenas de aquella práctica en el 2010, o más recientes, que horrorizarían a cualquiera. Desarrollar el recuerdo de un hombre aullando desnudo en un rincón en la Etchepare y pensar sobre el indecible vacío, y lo indecible que contiene esa imagen.

Otro comienzo podría ser tomar la palabra en nombre de los que han atravesado la experiencia de internaciones y denunciar injusticias, citar a Artaud en su Carta a los Directores de Asilos de Locos, cuando dice: ¡Y qué encarcelamiento! Se sabe ―nunca se sabrá lo suficiente― que son los asilos, lejos de ser asilos, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles…[iii]

O elegir a aquel que dice su locura incomodando, gritando desaforadamente, en un ómnibus repleto, que él trabaja en el IVA y que nos están robando a todos; podría también hablar de la locura en la calle.

O bien, tomar la palabra de una enfermera que defiende la existencia del Hospital por aquellos pacientes que lo único que tienen es a esa institución y a ella, que la llaman mamá. Que les organizan fiestas de la primavera y les ponen cintitas. ¿Cuánto hay allí de goce? Qué es un niño es una pregunta tan conveniente como qué es un loco, para una institución, para la sociedad o para una familia.

Cualquiera fuera ese comienzo podría afirmar la necesidad de una Ley que garantice primero la dignidad de las personas que se encuentran en esas condiciones de existencia.

Pero no alcanza para acercarme a donde quiero llegar. Haber empezado por contar versiones posibles de lo que puede ser un comienzo es un comienzo, proponiendo su límite en razón de que puedo tomar la palabra porque existe un espacio, un vacío donde poder decir. El punto en el que estoy detenida cada vez, reforzando en cada versión, es cómo contar.

Cómo inscribir una posible intervención del psicoanálisis en relación a una discusión sobre una Ley que aún no es, pero de algún modo viene siendo. Viene siendo entre los colectivos que se organizan para que no sea la Ley que el MSP propuso, entre otras cosas porque la misma no intenta salir del paradigma de salud donde hay trastornos severos y persistentes y no sujetos con posibilidad de tomar la palabra.

Freud en 1918 lamentaba que las condiciones de existencia del Psicoanálisis se restringían a los estratos superiores y pudientes de la sociedad. En Nuevos caminos de la terapia Psicoanalítica supone un futuro en el que se crearán entonces sanatorios o lugares de consulta a los que se asignarán médicos de formación psicoanalítica (…) estos tratamientos serán gratuitos. Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes. Y las circunstancias del presente acaso difieran todavía más ese momento; así, es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales institutos. De todos modos, alguna vez ocurrirá. Cuando suceda, se nos planteará la tarea de adecuar nuestra técnica a las nuevas condiciones.[iv]

No es el Psicoanálisis lo que para el Estado ni para esta ley tiene la urgencia de que sea gratuito u obligatorio; ¿cómo sería la entrada en análisis si fuera desde la obligatoriedad burocrática? Parece bastante infame pensarlo en esos términos, pero sí Freud se adelanta en algo, y por eso habría que detenerse en la obligatoriedad terapéutica. El sujeto de la ciencia está dicho, construido por disciplinas dentro de las cuales la vertiente psi colabora por lo general. La línea de la adaptación, la rehabilitación, la reinserción son puro fetichismo de la tecnología si es la instrumentalización abstracta del saber tecnológico dejando el cuerpo al cuidado de expertos y de la técnica, renunciando así al lenguaje.[v]

¿Cómo inaugurar terapéuticas públicas y políticas en lugar de políticas públicas reguladoras de la pobreza, en el marco de una ley en discusión y en tiempos donde el saber es un valor al que algunos pocos acceden?

Desmanicomialización.

La Reforma Psiquiátrica de Brasil en la dimensión socio-cultural, como Paulo Amarante propone, es la transformación del lugar social de la locura. Desmanicomialización es reconocer que no sé nada del otro, que no se trata solamente de una reforma técnica sino también (y sobre todo) de abrir una discusión; para no renunciar al lenguaje, para, justamente, producir espacios donde tomar la palabra.

Expuesto en Analistas en la Polis, junio 2016.

[i] Lacan, J. Escritos.
[ii] Ibid.
[iii] Artaud, A. Carta a los directores de asilos de locos
[iv] Freud, S. Obras Completas
[v] Núñez, S. Prohibido pensar. Cuidar/Curar

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Ma. Paula Correa Albertoni nació en Montevideo, en 1984. Egresada de Facultad de Psicología. Practica el Psicoanálisis. Ha presentado trabajos inéditos en jornadas de la Escuela Freudiana de Montevideo: Moverse es crear otro lugar (2013), Poesía y verdad en la neurosis (2014), Para hablar con voz (2015), ¿Qué "hace" un analista allí? (2016); en la Lacanoamericana y en XV Jornada Corpolinguagem/VII Encontro Outrarte: La insistencia de la letra (2015); y en Analistas en la Polis el presente texto: ¿Qué es un loco? (2016). Participó del taller Máquina de Escribirnos, coordinado por Álvaro Pérez García (Apegé). Desde el 2015 participo de la Asamblea Instituyente por salud mental, desmanicomialización y vida digna, organización convocante para la conformación de la Comisión Nacional Por una Ley de Salud Mental (CNLSM) en el 2016.
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