Quemándome

1
©Jimena Ríos

I open my eyes
and look at the floor
and now

I don´t see you anymore

Burning from the inside  Bauhaus

Mi aliento empañaba el vidrio. La cabeza apoyada como para no mirar demasiado hacia ninguno de los lados, como para intentar librarme de una incomodidad frecuente, una línea sinuosa, una respiración tensa, la angustia o el hartazgo. No había escape. La luz se descomponía en las gotas del lado de afuera. Adentro una voz metálica remachaba en los oídos algo más que un par de frases conocidas. Una voz deshecha, un dolor taladrante, unos paquetes de algo que nadie toma en sus manos y un olor a podrido que me iba a revolver el estómago por el resto del viaje. Hubiera preferido la ceguera antes que ver las caras del resto mientras me voy hacia el fondo. Hubiera preferido no tener que fumarme mi cara alunada reflejada en la puerta. Siempre que hay un par de bultos tirados en la calle hay una razón fundada, una cuota repartida, una justificación ambigua frente a esa imagen recurrente, la impasibilidad o la inercia o la pena o el silencioso consuelo de todos los que pasamos a esa hora a su lado con los auriculares al mango, fingiendo una llamada o un mensaje impertinente que no nos deja concentrar en nuestro apuro. Me bajo y espero otro. Me refugio en el celular. No puedo sacarme de la cabeza ese tumor enorme que hiede y se hincha y se retuerce aunque nos hagamos los giles, aunque en el fondo ninguno de los aquí presentes sostenga convencido que algo de eso que está ahí también es nuestro. Y es que el bullicio y los autos y el aire turbio y el sol partiendo las baldosas y esos cartones mojados con sus trapos y sus perros que comparten el calor y los de una muchacha que la cinchan de la correa y se les arriman y les ladran y nos hacen sentir vergüenza a todos por el asco que no somos capaces de disimular y ella los rezonga con un resto de dignidad o cola de paja, como pidiendo un mínimo de respeto a los animales por ese ciudadano que está echado ahí sin joder a nadie, ese que vaya a saber uno por qué elige dormir sin sus championes, llevando su vida como puede o como quiere ―si total, están así porque quieren, nadie los obliga―, y se van rápido como en fuga, y los otros nos quedamos callados, mirando apenas, cuidando no ser vistos, mordiendo la bronca, mirando y bajando la cabeza, mirando de nuevo y pensando en cuidar más que nunca nuestro mísero sueldo sagrado, mirando alejados con náuseas y con pena y rezando en silencio por ellos y por nosotros, por los que la pasan mal y por nosotros, para que nunca nos pase, para que Dios o el patrón de tu novia o los ahorros de tu abuela nos salven de afear así, con absoluto desparpajo, las veredas de la ciudad.

Me alejo unos metros. Bajo el cordón. Miro entre la maraña de coches alguno que me sirva, que no esté muy lleno, que no lleve a ningún vendedor. Me oculto en un tramo de sombra y tomo un poco de aire. El olor a meo mezclado con la humedad de la calle parecen querer cubrirlo todo. Qué les pasará por la cabeza, pensaba. Quién sabe qué estaría soñando alguno de esos tipos, yaciendo en la puerta de algún comercio clausurado sobre Avenida Italia, mientras recibía el bombazo de agua de esta mañana bajo los cartones, acomodando las bolsas y los trapos sobre alguno de esos colchones donados o rescatados enchumbados de pulgas y buenas intenciones. Qué estaría pensando de cada una de esas miradas que se diluían desde las ventanas de cada ómnibus, de esas puertas que tragaban y escupían seres automatizados, de todos esos charcos y baldosas que salpican algo más que agua podrida, algo más profundo que ninguno sabría muy bien cómo definir. En quién sabe qué escena perdida de la infancia se habría detenido ese cristiano en el mismo momento en que se le planta enfrente una de esas madres con niños y bolsos a cuestas, amamantando y haciéndole señas a un bondi. Alguna de esas madres de piel grasosa y rollos a la vista que seguramente supo llevar en brazos a ese mismo sujeto algunos años antes, semidesnudo en pañales, en la época en que todavía guardaba un dejo de ingenuidad que le iluminaba los ojos, cuando lo arropaba con lo único que tuviera y lo acunaba de la forma en que alguna vez soñó la hubieran acunado a ella, antes que se le cayera alguno de los dientes que no le consumió el calcio o el embarazo anterior y ella le sonreía sin concesiones. Es que en realidad pienso y no entiendo cómo sobrevive esta gente, cómo hacen para dormir todos juntos en la misma pieza, cómo soportan estar entre los bichos y los gurises que se les enferman y se les mueren, si es que no saben o no entienden o nunca nadie les enseñó algunas cuestiones básicas referidas a la higiene y lo necesario de llevar a los niños a la escuela para que puedan estudiar y superarse y ayudarlos a ellos también a salir de ese hueco en donde se reproducen entre la mugre. Es que no sé cómo no se dan cuenta, cómo nadie se da cuenta. No logro entender cómo a veces no se quieren ni un poquito siquiera estas gurisas y se juntan con el primero que se les cruza y quedan preñadas de ese mismo rastrillo que seguro terminará en breve de latero o durmiendo en la calle si es que no cae en cana antes o no lo baja de un cuetazo un vecino de esos que a los que les gusta sacar el chumbo en una noche cualquiera cuando siente que le están entrando por el fondo o simplemente lo confunda con ese otro de gorrito que hace un tiempo lo había amenazado en la feria del barrio por quién sabe qué cosa y termina ahí, muerto por las dudas, sin llegar a entender absolutamente nada. Hay algo que me quema y no lo entiendo. No me entra en la cabeza.

 

mm
Damián Musacchio nació en Montevideo en la segunda mitad del año 79. Participó del taller de escritura Máquinas de escribirnos coordinado por Apegé durante los años 2014, 2015 y 2016. Es estudiante de la licenciatura en Letras en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y actualmente está escribiendo una novela.
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1 COMENTARIO

  1. La descripcion del sentimiento que nos provoca esa postal es tan acertada y personal que nos deja pensando en que tipo de bicho somos.(nosotros, los que dormimos calentitos digo…).

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