La cosa

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©Guille Sartor

El asunto en Uruguay es la cosa. Ya a fines de la década del 50 se oía que la cosa iba de mal en peor. La cosa, en la Suiza de América, como le decían al Uruguay, se pudre. La cosa es que nos vamos al carajo, se concluía. La cosa había comenzado a joderse cuando terminaron la Segunda Guerra Mundial y la de Corea. Mientras esa gente peleaba, los uruguayos aprovechamos para venderles cuero, carne y lana. Los soldados en los frentes de batalla se abrigaban y comían gracias a nosotros y sus jefes nos pagaban muy bien y nos entraba dinero a rolete para construir frigoríficos y dar trabajo y no tener que andar pidiendo en la calle o robando. Cuando terminaron las guerras, la gente de esos países, que según nuestros padres no tenían un pelo de sonsos, se dedicaron a criar vacas y ovejas y a plantar verduras y al tiempo también empezaron a fabricar autos, televisores, radios, motos y de todo un poco, entonces, seguro, acá la cosa se jodió. No nos compraron más nada y era común oír decir que no le vendíamos ni a Magoya, que nadie sabe quién es pero al parecer se trata un consumista nato que compra y compra.

La cosa jodida incluía los sueldos que no subían y los precios de las cosas que subían hasta las nubes y para algunos estaban en la estratosfera. Las papas y el querosén y la carne y la leche, todo eso, flotaba en la estratosfera, como los satélites. Para peor los obreros con sus huelgas y los estudiantes que, en vez de estudiar, les dio por salir a la calle a cantar «el gobierno a la basura, viva la Universidad» empeoraban el estado de la cosa. Algunos decían que era culpa de los profesores que eran todos comunistas.

Era cierto. Aunque tuviera razón, los estudiantes jodieron más la cosa al reclamar algo tan extraño como la aprobación de una ley que les permitiera cogobernar. O sea, gobernar la Universidad a medias con los profesores. Finalmente, el cogobierno de la Universidad fue concedido por el Gobierno, según el Gobierno, y conquistado por los estudiantes, según los estudiantes. Pero, fuera como fuera, antes hubo muchos líos en la avenida principal de Montevideo que se llama 18 de Julio. Las manifestaciones fueron reprimidas por los coraceros que eran policías a caballo. Según oímos decir en su mayoría eran paisanos de la frontera con Brasil que no sabían nada de autonomías y cogobiernos.

Pero no había duda que los coraceros eran jinetes baqueanos que, con sable o garrote en mano, hacían gala de una destreza digna de nuestras guerras patrias, aporreando cráneos de estudiantes como si se tratara de crismas de novillos.

Para colmo de males el fútbol uruguayo no desentonaba con el mal estado de la cosa. En 1950, el seleccionado uruguayo de fútbol se proclamó campeón del mundo al derrotar a los brasileños en el estadio de Maracaná. Yo era muy chico, casi bebé, y no me di cuenta de nada y no festejé, pero supe que se festejó mucho porque mis padres no se cansaban de repetirnos cómo fue que le ganamos a los brasileños a tal punto que empecé a creer que yo también había festejado. Lo cierto es que nací con mala suerte porque de 1950 en adelante fue más frecuente la muerte de un obispo que un triunfo de la celeste y el desánimo hacía estragos y hubo quienes opinaban que el Uruguay, tan pequeño y con poco más de dos millones de habitantes, era apenas una fina rebanada de mortadela entre Argentina y Brasil y no tenía razón de ser como país y que en cualquier momento uno de esos países grandes nos tragaba. En otras palabras el Uruguay era algo así como un país al santo botón para algunos y según otros un país al santo pedo y se opinaba que más nos hubiera valido ser parte de Argentina o Brasil. Al futuro, así como venía la cosa, era como la culpa: no lo quería nadie. Ante tanto desastre, los uruguayos, como si de una historia de tango se tratara, se refugiaron en el pasado sin presentir que aún se podía celebrar, porque la cosa se pondría peor aún, pese a que en 1958 ganaron las elecciones, por primera vez, los blancos que asustaron a la gente diciendo que si no ganaban todo seguiría como estaba y la gente los votó. Con los blancos la cosa fue peor, y como consecuencia muchos jóvenes se volvieron revolucionarios y a los blancos eso no les gustó nada porque los muchachos hacían manifestaciones y decían que los ministros y los diputados y los senadores eran una manga de ladrones y había que sacarles la plata y las estancias a los ricos y desparramar todo entre los pobres como había querido Artigas. Por su parte, el Gobierno sacaba los coraceros de casco y sable a cada rato a las calles para meter miedo y dar palo y había bosta de caballo hasta en las veredas de la avenida 18 de Julio. Fue por esas fechas que algunos jóvenes se enojaron y con unos fusiles viejos crearon una guerrilla que se llamó Tupamaros y después de mucho pelear y perder y perder hoy gobiernan el país y, la verdad, que la cosa está mejor. Hasta hubo un viejo tupamaro como presidente y pese a que tiene encima unos seis balazos, que se pasó dieciséis años preso, que no tiene dientes, que su perra tiene tres patas y vive en una casa modesta hay unos locos que quieren que le den un premio Nobel. El viejo dice que para qué quiere un Nobel, si así la cosa acá, medio a los tropezones, marcha bastante bien. Yo pienso igual: que guarden la plata del Nobel para esa gente que no les anda la cosa y pasan hambre y tienen que andar saltando de país en país y los echan de todos lados y mueren ahogados en los mares. Para peor hay guerras por todos lados así que la cosa en el mundo no rueda nada bien.

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Carlos Caillabet nació en Paysandú en 1948. Es periodista y escritor. Ha publicado libros de investigación y tres novelas.
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