No me sueltes

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©Guille Sartor

Abrí la puerta pero no entré. No fue una decisión racional; no fue una decisión siquiera: fue instintivo. Miré hacia dentro de la pieza. Estaba un poco oscuro pero lentamente mi vista se fue adaptando. Las paredes eran de un color opaco y yo no tenía la mejor visión. Sin embargo pude ver que en el medio de la pieza había un bulto. Luego pude ver más detalles. Era un maniquí. Estaba en una silla. Su color era el habitual en los maniquíes o en las muñecas de goma. Estaba atado con cuerdas blancas tensadas; dos estaban en forma horizontal de lado a lado; parecían dar una vuelta alrededor del maniquí y terminar enganchadas en unas argollas incrustadas en las paredes laterales; otras dos iban, igual de tensadas, en sentido vertical y parecían, además de sujetarlo, fijar la silla al piso. Debajo de la silla había una argolla más grande que las laterales. Ahí estaban atadas las cuerdas verticales. No llegaba a ver si había otra en el techo, pero supuse que sí. Las cuerdas parecían estar realmente muy ajustadas.

Luego empecé a ver más claramente: no era un maniquí. Pude percibir un mínimo movimiento de sus piernitas. Parecía un niño de juguete.

—No me sueltes —me dijo.

Quedé horrorizado. Miré nuevamente las cuerdas, la silla, su cuerpo atado. Estaba a unos quince metros, justo en el medio de la habitación que cada vez me parecía más grande a medida que mi visión se hacía más clara.

—No me sueltes —repitió. Tenía voz de niña. Su voz me sirvió para empezar a darle imagen femenina a lo que pareció ser, inicialmente, un maniquí. No tenía pelo. No tenía ropa. No alcanzaba a ver mucho porque las cuerdas eran gruesas y cubrían buena parte de su cuerpo.

Pensé en entrar.

—No me sueltes —repetía, y lo hacía en el momento exacto en que yo sentía la necesidad de dar un paso. Me pareció como si percibiera mi intención.

Esa frase me sonaba como una advertencia, pero luego de escucharla varias veces, comenzó a sonar como un ruego.

—No me sueltes.

Aun sin entrar, me estiré para abrir la puerta por completo. Temí que alguien estuviera detrás esperando para atacarme y por eso la extraña insistencia de la niña para que no la soltara; o que tal vez al entrar se accionara algún tipo de instrumento que me causara daño o que, más probablemente, le causara daño a ella.

—No me sueltes —repitió cuando abrí la puerta y di mis primeros pasos dentro de la habitación. No había nadie tras la puerta. No parecía haber ningún instrumento que se accionara para perjudicarme a mí ni a la niña. Solamente estaba ella, la silla y las cuerdas.

—No me sueltes —dijo, pero ahora con voz de ruego que se acentuaba mientras que me acercaba.

Le pregunté qué le pasaba. Se quedó callada.

—¿Qué te pasa? —insistí.

—No me sueltes.

—Bueno, no te suelto ¿Quién te ató?

—No me sueltes.

—¿Por qué no puedo soltarte? —le pregunté. No hubo respuesta.

Todas las demás preguntas que hice tampoco tenían respuestas.

Miré con atención las cuerdas horizontales y las seguí con la mirada hasta llegar a las argollas laterales. La niña se movía, inquieta.

—¡No me sueltes! ¡No me sueltes! —gritaba, desesperada. Luego trataba de calmarse, pero seguía asustada. Era como si temiera soltarse sola con esos movimientos.

Arriba, colgando del techo, había una argolla igual a la que sostenía las cuerdas verticales desde el suelo.

—¡No me sueltes! ¡No me sueltes! —gritaba desesperada cuando mis miradas al sistema de cuerdas se hacían más intensas.

La miré a los ojos y estaban vacíos. Idos. Como si estuviera su cuerpo ahí pero su mente en otro lugar. Las cuerdas verticales fijaban su cabeza hacia adelante. No tenía pelo. La miré con detenimiento a los ojos. De pronto, por encima de su oreja, que también parecía de goma, vi una puerta. Sentí miedo. Era algo que no esperaba. Me había hecho a la idea de soledad en la pieza. Esa puerta cambió algo en mí. La niña pareció percibirlo.

—No me sueltes.

La miré. Mantuvo la vista fija, pero con el rabillo del ojo vi que movió su piernita izquierda, como por un impulso nervioso.

Pasé por entre las cuerdas horizontales, por la derecha de la niña. Sentí como si fuera un boxeador entrando al cuadrilátero. Cuando me salí de su campo visual, la niña se desesperó y creo que casi se cae gritando que no la soltara. Yo no pensaba ya en soltarla. Quería ver quién estaba detrás de esa puerta. Quién era responsable de todo esto.

 

Llegué a la puerta y la abrí. Superé el miedo más rápido esta vez y eso fue luego una constante de allí en adelante: había dos niños, o niñas, de aspecto similar entre sí y a la anterior, atados de la misma manera, en sillas, uno al lado del otro, en el centro de la habitación. Miraban en mi dirección.

—No me sueltes —dijeron al unísono.

Detrás también había una puerta. Tampoco había nadie más en la habitación. Pasé, después de un momento de duda, por entre las cuerdas. Abrí la puerta.

 

En la pieza siguiente había tres niñas en la misma situación. También decían lo mismo, al unísono. Esta vez pasé sin demasiada demora, luego de ubicar la puerta que esperaba ver al fondo, que me dio paso hacia otra habitación en la que había cuatro niñas. En la siguiente, había cinco. Siempre, al verme abrir la puerta, me decían lo mismo, al unísono y con la misma desesperación: no me sueltes.

Seguí yendo de pieza en pieza hasta encontrarme una con ocho niños atados. Casi cubrían el ancho de la habitación. Todos eran iguales, sentados en sillas iguales. Pasé como pude entre las cuerdas, casi rozando la pared lateral derecha y las argollas. Al unísono todos dijeron no me sueltes, salvo por una de las voces que me pareció dijo no te sueltes. Pasé las cuerdas y me detuve ante la puerta. Esa variación en la frase diferente me hizo parar. No estaba seguro si lo había escuchado bien. Tal vez debí intentar algún movimiento para ver si lo decían de nuevo y podía sacarme la duda, pero sentí miedo. Abrí la puerta siguiente y pasé sin mirar. Sentí una especie de liberación. El miedo desapareció.

 

En la siguiente habitación no había nadie; estaba completamente vacía. No había cuerdas, ni argollas ni sillas. Quedé paralizado.

 

La puerta delante de mí se abre. Sigo paralizado. No veo quién entra porque la luz me quema la vista; me siento incapaz de moverme. La inmovilidad me desespera. Es un hombre. Me pregunta por qué estoy atado. Le digo que no estoy atado. Sin embargo, no me puedo mover.

—¿Por qué no querés que te suelte? —me pregunta.

Yo le digo que no estoy atado. Que estoy paralizado, que no sé qué me pasa. Le explico extensamente lo que vi, lo que hay en las habitaciones anteriores, las niñas, las cuerdas, las argollas.

—¿Pero quién te ató? ¿Por qué no querés que te suelte? —me dice. Se acerca.

 

Mis palabras parecen no tener efecto. No importa lo que le diga. Se me acerca y me mira con detenimiento. Le sigo hablando pero me ignora. Poco tiempo después de mirar hacia el techo, se queda mirando algo detrás de mí y me asusto. Siento un impulso eléctrico que me hace mover la pierna involuntariamente. Luego pasa por mi costado, haciendo incomprensiblemente el gesto de un boxeador entrando a un cuadrilátero. Le grito con desesperación que me ayude, que no se vaya.

—Bueno, no te suelto —dice, con fastidio.

Siento el sonido de la puerta por la que entré, detrás de mí.

Grité de nuevo. Maldije las palabras. Luego, el silencio.

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Darío Caraballo nació en Montevideo, en 1984. Co-Conduce en Radioactiva Fm. Publicó Stalin era una muñeca inflable (2017), Vein no se mató (Prefirió esperar el tren) (2016), Medio Cuerpo en el Barro (2014). También publicó de forma independiente el libro Ábacos. Es columnista del blog Narcotrafico de Órganos, participó de Revista La Karpa y del libro Esto no es una antología. Antología de jóvenes narradores uruguayos
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