Pacíficos animales

0
©Guille Sartor

Vamos al puerto mi padre y yo, y mi padre dice algo. Señala un enorme barco, y yo sufro su presencia. Sufro la presencia de los enormes barcos con mi padre al lado, inventando sin imaginación cosas sobre barcos. Yo los miro y pienso que parecen pacíficos animales. Después le pregunto si viajó alguna vez en barco. Soy un niño y me ejercito así. Él es adulto y se sorprende igual. Cree algo desproporcionado sobre mi pregunta. Sin bajar la mirada para verme, dice que no y ensaya nuevas frases sobre barcos. Yo miro las grúas del otro lado, asomando en hileras desparejas. No le digo nada del padre de mi amigo. No le cuento del padre de mi amigo que surcó los mares, un día. Ni una palabra sobre las literas y los cuartos de máquinas. Caminamos y él me pregunta si estoy mirando mucha televisión. Yo pienso un poco la respuesta, calibro dosis de verdad y de mentira, y digo enseguida lo que él quiere escuchar. Televisión, no. Y me distraigo buscando e intentando leer los nombres de los barcos. Él repite algo sobre salir y conocer, sobre no estar siempre encerrado. Tu madre, oigo que dice y entonces me suelto y corro un poco. Soy un niño y me ejercito así. Pero es solo un rodeo y vuelvo enseguida, estoy ya con él otra vez, y él me sonríe. Un hombre aparece, entonces. De pie en la cubierta de un barco, mira algo en la distancia. Y enseguida no. Enseguida gira y hunde otra vez su cuerpo en la oscuridad de la escotilla. Le pregunto a mi padre si lo vio, señalo el rastro de calidez que quedó en cubierta, contra el blanco herrumbroso. Mi padre niega, dice que no vio nada. Yo imagino al hombre adentro. Lo veo rodeado de botellas de ron y atlas desplegados. Seguimos caminando y un breve espacio entre dos barcos vuelve a mostrarme las grúas del otro lado, flacas, altas, apenas inclinadas. Y entonces pienso cosas sobre grúas y tengo preguntas sobre grúas. Miro a mi padre y lo veo callado y pensando algo. Pensando como si recordara. Una tarde, en el puerto, un día. Quizá su padre y él. Y él ejercitándose. Me suelto otra vez y me alejo, voy siguiendo un hilo de aceite. Casi agachado persigo el recorrido. Cuando giro para ver a mi padre, lo veo solo y pequeño en la distancia. Entonces siento lástima por él y vuelvo. Vuelvo sin alegría, vuelvo ordenado y en silencio. ¿Te gusta el puerto?, pregunta él, sin esperar mi respuesta, mirando gaviotas y contenedores, sacando y prendiendo un cigarrillo. Yo lo veo fumar y pienso que está preocupado por algo. Trato de acordarme cómo era estar preocupado por algo, pero no puedo, no se me ocurre nada. Así que me quedó allí con él, y acepto su silencio como una condición necesaria. Caminamos durante un largo rato a lo largo del muelle, callados, respirando otra vez ese olor a alquitrán, a pescado podrido, a nafta.

Después, él propone ir a otro lado. Vamos a un zoológico que yo conozco, dice. Un zoológico donde los animales están sueltos. ¿Sueltos cómo? pregunto. Sueltos, dice y vamos hacia el auto. En el camino intento todo el tiempo imaginar un zoológico donde los animales estén sueltos. Quiero hacer más preguntas pero mi padre habla todo el tiempo, señala cosas y las describe como si leyese un diccionario. Le miro el perfil mientras maneja y me alivia verlo otra vez hablador y contento. Ahora estamos de pie, pegados a una cerca que nos separa de un grupo de animales. ¿Qué son?, pregunto. Carpinchos, dice él. No están sueltos, le digo. Casi, dice y se queda pensativo y en silencio. Miramos durante un rato los bultos marrones que se trasladan pacíficos en la distancia. Después hacemos lo mismo frente al predio de las jirafas. Solo es eso. Solo es estar ahí, de pie y esperando. Están demasiado lejos, digo yo. Dales pan, dice mi padre, y yo agarro el pedazo de pan que él me da. Lo tiro al pasto, lo dejo caer con mi fuerza diminuta, sin llamar la atención de las jirafas. Tirales más, dice mi padre. Y yo tiro varios pedazos más. Ellas tienen su comida, le digo después y me quedo mirándolas comer su comida ubicada en altas plataformas. Mi padre me saca el pan de la mano y tira un pedazo. El pedazo queda caído a pocos metros de nosotros. Vamos, le digo y lo tironeo. Pero él sigue tirando más y más pedazos de pan. Hasta que logro sacarlo de ahí y llevarlo a otro predio. Y, siempre, la escena se repite. Animales de espaldas, rumiando en la distancia sus oscuras verdades de animales. Yo digo que es aburrido y él tiene que darme la razón.

Cuando estamos ya en el auto, mi padre hace sonar varias veces el motor, gira varias veces la llave pero el motor no arranca. ¿Estamos muy lejos?, se me ocurre preguntar y él se enfurece, sale del auto golpeando la puerta brutalmente. Yo me quedo ahí sentado, sin saber qué hacer. Era solo una pregunta, pienso. Él prende un cigarrillo y lo fuma recostado sobre la ventanilla de su lado. Lo miro pero es imposible verle el perfil, solo veo su espalda, la camisa que me sé de memoria, que reconocería entre miles. Miro alrededor y recuerdo el puerto, quisiera estar ahí todavía, mirando los barcos, inventando entre los dos cosas sobre barcos. Nada interesante pasa en un zoológico, todo es ver animales caminando de acá para allá. Mi padre abre la puerta y se sienta otra vez. Hace girar la llave, varias veces, hasta que desiste. Está muerto, dice en un murmullo. Yo no digo nada, me quedo quieto y callado. Me ejercito así. Él mira hacia adelante, la enorme extensión de pasto. Sé que está pensando que no deberíamos haber venido hasta acá, los dos solos y con un auto como este. Yo pienso algo optimista para decirle, pero no se me ocurre nada. Voy a empujarlo, dice él, y yo muevo el brazo para abrir la puerta y bajarme. Vos quedate, me dice, y se baja. Mi padre empuja el auto. Con una mano mueve el volante, tratando de acercar el auto a algún lugar con bajada. Pero no hay bajadas en este zoológico, todo acá es chato. Pensé en decírselo, hacérselo notar, pero me contuve. Atravesamos diferentes parcelas y yo supongo que él espera ver aparecer a alguien que lo ayude, un señor como él, no un niño y no un animal. Pero nadie aparece y mi padre continúa arrastrando el auto por el zoológico entero, solo, sin detenerse a descansar, con una espantosa expresión de odio en su cara, mientras atardece y yo imagino el puerto, todas esas grúas como espadas iridiscentes, y el sol bajando, y tocando ya el ferrugiento mar.

mm
Lucía Lorenzo nació en Montevideo, en 1973. Textos suyos han sido incluidos en la antología El descontento y la promesa, nueva/joven narrativa uruguaya (2008), y en la publicación colectiva de los Premios Paco Espínola (2007). Algunos de sus cuentos pueden leerse en sitios y revistas digitales como Revista Narrativas, Palabras Errantes, Suelta, Specimens Mag, Barcelona Review y Vadenuevo.
Compartir

Deja un comentario