Apuntes de la hora violeta

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©Germán Maestri

Cartografía del desastre

Ya no discuto con los liberales que comparten
el ascensor conmigo
ni siquiera viajo en ascensor
y trato de mantenerme callado.
Me pasan cosas avergonzantes
orzuelos insólitos
no encontrar un lápiz
o encontrarme a mí mismo esperando el día del pan irrestricto.

Me asusta
el ruido de los derrumbamientos de las montañas de porquerías
que tengo adentro.
Me pasan cosas por pantallas
me encuentro en cada cuadra con algo muriéndose de cólera
y sigo sin encontrarle la gracia.
La gracia.
Me pasó por encima la gracia.

Desde entoces más bien permanezco, dejo que el lenguaje y el tiempo se quemen en una fogata a mis espaldas.
También sé dormir sin culpa o, para no hablar solo, improviso la cartografía del desastre.
Al rato digo acá, acá y acá, en voz alta.


Ánimos

Yo sí
recuerdo con creces
lo que escribiste en esta hoja de arena
porque las blancas ya te daban asco.
Yo sí que agitaba para saltar.
Hice el aguante.
Hice la caída.
Fui capaz y conveniente
mente y proteína de las luces
que te hicieron decir luces
de faros aéreos
cuando anocheció en esta playa.


Frío de vereda

Por mis pagos las ranas cantan y cantan
algún perro aúlla
y algún disparo de calibre 22 rompe todo.
El viento presiona el techo y mi hijo ama su alimento.
V.M.S

Es en el domingo donde más se siente
la dureza del diente del engranaje
que nos apalanca.
Y en este otoño inmaduro
de noche fresca con basura quemada
cualquier motorcito lejano
es como la broma perdida
del amigo que se mató en la moto.
Con la garganta fumada
en la vereda fría de la vereda
le tiendo la cama al viento
cierro el portón y pienso sin tiritar:
El problema es que fui niño

Devenido en domingo
mendrugo de sombra endurecida
jardín al frente sin pasos.


A las pedradas

La baldosa gira y sube
herida de poesía
centrífuga
y cae de plano contra el plano.
Estalla en quebraduras desde su centro
se expande
chasquido y polvo
plástica estremecida
cosa sin valor
piedras tintineantes
que las manos de los niños ponen a volar.


Nombrarme

Cada vez que digo mi nombre
un canalla patea a un perro dormido
se quema la bombita del baño
alguien dice mal su número de teléfono
me pica la cicatriz
o se hace un agujero de tanto borronear
en la hoja de los deberes.
Bueno sería lo contrario a nombrarse.
Vociferar algo que me desnombre
que me diluya en la nada avasallante.
Desdecirse.
Negarse ante la obsoleta máquina de escribir
de la comisaría del cosmos.
Ser el reverso nulo
de algo
y ahí sí
mentir con grandeza
y poder llorar a baldes sobre los ceniceros.


Iridiscente

El verde
siempre ausente
como vos
como Dios.
Y la noche tempestualizándonos
con sus minúsculas
cada vez más pequeñas
cada vez más oscuras.
Hasta que vuelve
mejor que la palma de tus pies
mejor que aquel beso en mi párpado
la hora violeta.

mm
Gonzalo Cousillas nació en Montevideo, en 1987. Participó del taller Máquinas de escribirnos coordinado por Apegé.
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