El otro lado

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©Germán Maestri

Soñé que leía un cuento de Roberto Bolaño, el segundo de un libro de ciento cincuenta páginas, más o menos, y para más señas, de tapa celeste, en el que narraba su experiencia con un fotógrafo de nombre Luis Bentos. Estaban en Chile en los años 70. Iban a una zona afectada por una inundación o un terremoto, o las dos cosas a la vez. Bolaño hablaba del carácter de Bentos, del trabajo de periodista, y de lo difícil que había sido ese trabajo en especial. Después comentaba una teoría de la izquierda de la época, en la que se traslucía el pensamiento cristiano que para alcanzar las metas había que hacer un camino de sacrificios. Más tarde, todavía soñando, yo le contaba el cuento a mi padre, y después a mis compañeros del taller de escritura.

Me desperté a las tres o cuatro de la mañana y anoté el nombre de Luis Bentos, que era lo menos importante, y me quedé pensando en el sueño, en que no están de este lado, ni Bolaño ni mi padre, y que podía escribir un cuento sobre eso, de cómo yo en el sueño accedía a una biblioteca en la que había un libro que Bolaño escribió después de muerto y que mi padre no había leído. Se me ocurrió que era una transa extraña que un vivo le pasara el cuento de un ausente a otro. Me quedé despierto, o medio despierto, mucho rato, pensando en la materia de los sueños. Siempre me pareció una expresión más bien cursi, pero anoche tuve la sensación real de que existe algo que no podemos llamar de mejor manera.

Pensé que con mi sueño estaba haciendo una performance de intertextualidad como para hacerle gusto a Bolaño, y seguí por ese rumbo pero con la desesperanza de saber que el lenguaje no puede transmitir eso que está del otro lado. Ya cuando dentro del sueño contaba a mi padre y a mis amigos el cuento que había leído en el sueño anterior, las palabras cambiaban la esencia de lo soñado, es decir, borraban el sentimiento profundo, la vivencia de eso por lo que había pasado, que en este caso era nada más que la lectura de un cuento, pero no dejaba de ser una vivencia, y al contarlo no tenía más remedio que cambiar las palabras, porque si hubiera querido recordarlas, habría perdido el resto. Es como un naufragio, uno salta del sueño y se lleva algo del barco, el nombre Luis Bentos, por ejemplo, que no significa nada.

Sobre la materia del sueño, minutos más tarde, medio dormido, tuve la noción de que era como una tela muy fina que a medida que uno la intentaba coser, para formar un relato, lo que conseguía era deshacerla. La tela (sobre el mapa de Chile), se llenaba de desgarros y agujeros y se perdía, todo por el intento de traducirla. Me levanté y fui al baño. Me acordé de unas cartas de Aldous Huxley, en las que contaba que en una de sus experiencias con ácido había descubierto lo que llamaba las antípodas de la mente, en las que había, entre otras maravillas, árboles con piedras preciosas incrustadas. El hombre postulaba que, si tenemos una fascinación por las piedras preciosas, quizás fuera porque en las antípodas de la mente existen territorios como ese y las piedras preciosas de este mundo nos recuerdan a aquellas. Es decir que una vez visitado ese lado a Huxley le quedaba tal vivencia que no descartaba la posibilidad de su existencia, y no como reflejo de esta realidad, sino como un lugar estrictamente real. En ese momento, en la puerta del baño, con el ambiente del sueño y recordando el libro de Huxley, comprendí de manera clara que lo que llamamos realidad puede ser también una ilusión, y no como un juego mental, sino como una condición inevitable. Suena trillado: a veces no hay forma de decir lo que nos parece más revelador sin sonar trillado. Ahora, despierto y bajo el efecto del café, todo eso vuelve a ser un juego mental, pero en la madrugada, todavía antes de volver a dormir recordé una escena de True Detective: una vieja bruja les había dicho a los detectives algo como: regocíjense, porque la muerte no es el fin, sino el principio, y Cohle, hablando de eso con su compañero, dijo estremecido: ojalá esté equivocada.

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Martín Lasalt nació en Montevideo, en 1977. Cuenta con algunos premios y menciones en concursos nacionales de literatura y colaboró con obras de ficción para revistas universitarias. Participó del taller de escritura creativa de Rosario Peyrou y Carlos María Domínguez. Obtuvo el premio Narradores de la Banda Oriental, Morosoli, 2015, por la novela La entrada al Paraíso. También publicó la novela Pichis (Fin de Siglo, 2016), con la que obtuvo el premio Bartolomé Hidalgo Revelación 2016, y su último libro La subversión de la lluvia (Fin de Siglo, 2017).
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