Eliana

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©Germán Maestri

Me enteré que Eli me había cagado con Pablo unos meses después del suceso. Al parecer, una noche, los dos muy en pedo, no resolvieron mejor opción que tomarse la última birra en la barbacoa de la casa de Pablo, la de Atlántida. Al parecer, garcharon con ganas. No fue esa cosa tímida, la que apenas habilita el error; fue algo parecido a quitarse una deuda pendiente. Cogieron esa vuelta y, probablemente, dos o tres más; cogieron en esas reuniones a las que yo faltaba por querer terminar la tesis en plazo. Después enterraron al muerto, con la intención de que nadie lo reclame.

Me enteré a través de Julia. Ella y Nicolás habían sido siempre los grandes alcahuetes de Pablo, los que no paraban de encontrar motivos para idolatrarlo. Con seguridad, matarse a mi novia en desmedro de una amistad de años era una buena vara para medir su ego; con seguridad, exigir silencio a sus admiradores era un lindo acto de fidelidad, de confianza. Pero lo de la confianza salió un poco mal.

Todos, los cinco, guardábamos un secreto: yo también. Porque ni Pablo ni Eliana sabían que yo sabía; ni siquiera lo sospechaban.

Cada vez que nos juntábamos, sobre todo en aquella casa de Atlántida, se palpaba un clima opresivo, de encierro, y debo confesar que un poco me gustaba. Disfrutaba mucho evaluarlos, medir cada uno de sus comportamientos, esos que dejan entrever que esconden algo pero que aún creen en la absoluta complicidad. Los miraba mirarse, los miraba llevar sus ojos al piso cuando algo avivaba el recuerdo; los miraba evitar cualquier situación que los hiciera estar solos. Me parecía que lo de ellos era una especie de rechazo que se asemejaba a la seducción, que se asemejaba al deseo. Porque ser dueño de un secreto tiene un sabor poco identificable, que te hace engreído e inseguro a la vez: es lo más cercano a estar enamorado.

Con el paso del tiempo el enojo se me transformó en pena, porque empecé a entender que Eli me envidaba, que Eli, al mirarse ella misma a través de mis ojos, descubría lo confortable que era andar por la vida con la inocencia de los que no se guardan nada; pobre, ella no tiene esa personalidad que se permite disfrutar del engaño. Y entonces, como con las bajantes, donde el agua turbia se va y deja al descubierto toda la mugre, supe que mi falsa ingenuidad sería mi método de venganza: supe que mi silencio sería su estigma.

Me encargué de ser atento y servicial. No había noche que ella llegara a casa sin que la cena estuviera en la mesa. Le contaba sobre mis rutinas con gran entusiasmo y luego me volvía silencio, para que ella contara las suyas. Y Eliana se debatía entre no querer hablar y tener que hacerlo, para no herirme. Después, yo estiraba la sobremesa con palabras pomposas, con deseos, con proyecciones de a dos: le hablaba de mudarnos a un apartamento más grande, le pedía hijos, le exigía reserva absoluta sobre unos secretos familiares que algún día inventé sin criterio… Y todo lo remataba en la cama, con mi mejor repertorio, el que se dedicaba exclusivamente a su satisfacción. Eli no podía decir que no, aunque pretendiera escapar. Eli no podía decir que no, nunca, a nada, porque su redención era un vaso pinchado, porque ella siempre iba a estar en deuda conmigo.

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Felipe Palomeque nació en Montevideo, en 1985. Editó Uñas (1er premio de narrativa joven 2013 de Casa de escritores del Uruguay), Un viaje para toda la vida (Ediciones B, 2014) y La tercera persona (Estela editora, 2015). Participó de los talleres de Gabriela Onetto.
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