Ellos dos

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©Germán Maestri

En esa casa, la última del camino que más allá lleva a la montaña, vivían el viejo y la llamada; el viejo, apegado siempre a su rutina como si eso fuera lo único que lo mantenía con vida, y la llamada, cuyo contenido él conocía pero que todavía no había sucedido. Ni la esposa fiel que había muerto hace diez años, ni las hijas tan mejores que él que ya tenían sus vidas en la ciudad, no: allí solo vivían el viejo y la llamada que todavía no había sucedido.

Cada mañana, justo antes del amanecer, el viejo salía al patio que más allá se confunde con el bosque con una taza de café en la mano y una radio de onda corta. Preparaba el café negro y fuerte, y ajustaba la radio para traer entrañables voces que hablaban el viejo idioma de su otro país. Cada mañana agradecía volver a  ser él por un rato, solo, en un jardín de un pueblo lejano, solo, en otro país, solo y olvidado; pero ser él. Hasta que se acordaba de la llamada.

Había momentos en que casi lograba dejar de creer en ella. Las contadas veces que sus nietos lo visitaban y le correteaban alrededor, o cuando sus hijas lo abrazaban fuerte, él se permitía pensar que quizá nunca sucedería, que nunca sonaría el teléfono con ese mensaje que él tenía grabado a fuego en algún lugar de su mente. Fantaseaba con una vida común y sincera, no la simulada, sino una sin fantasmas del pasado ni cuestionamientos de ningún tipo. Después de todo, se mentía a veces, él no había sido nada más que un patriota.

Pero la llamada, o la posibilidad de la llamada, siempre fue más fuerte, tanto que el teléfono en aquella casa estaba como en una especie de altar en el centro del living. Un teléfono negro y viejo que cuando sonaba era escuchado en todas las habitaciones y hacía temblar hasta los cimientos. Tan certera era la llamada que no había sucedido que el viejo nunca dejó su casa en todos esos años y nunca permitió que nadie más levantara el tubo.

Las tardes eran, sin dudas, la parte más pesada del día; era por lo general cuando el mundo a su alrededor se abría paso y lo invadía. Las noticias mediocres sobre ese país mediocre, o algún vecino inoportuno con temas irrelevantes lo sacaban de quicio y sin embargo en su cara solo podía verse amabilidad y una sonrisa agradable. Porque, después de todo, él no podía ser realmente él en ese país, en ese pueblo, o en ningún lado.

Esa noche, que no iba a ser nada diferente a todas las otras noches, se acostó a leer alguna de sus tantas novelas olvidables con la lista de compras a su lado. Cada tantas páginas recordaba algo que sería necesario y lo anotaba con una excelente caligrafía en la lista. Al otro día pediría las compras a la hija del vecino, como desde hacía tantos años. Esa noche no tuvo pesadillas, solo sueños. No los recordaría nunca, pero los sueños versaban sobre un pasado en el que él era protagonista y en el cual sus ojos brillaban siempre.

Cinco y media de la mañana sonó el teléfono. El viejo atendió sin ganas y con cierto enojo. Escuchó atentamente mientras su cara palidecía y sus músculos se tensaban. A las seis de la mañana había muerto.

 

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Raúl Speroni nació en Paysandú, en 1987. Es ingeniero (UdelaR). Participó de los talleres de Gabriela Onetto.
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