Emi

0
©Germán Maestri

No es que yo la quisiera, aunque, claro, tampoco puedo decir que no la quería; pero había entendido que no podía vivir sin ella. Estaba pegada a mí como una sombra, incluso había mañanas en que era suyo el reflejo que veía en el espejo, entonces yo cerraba los ojos e intentaba no ver, pero sentía en todo mi cuerpo lo que mis párpados me ocultaban. Su presencia invisible me perturbaba aún más, y me llenaba de miedo, porque me hacía perder el control. Por eso la miraba fijo a los ojos y la maldecía o le imploraba que se fuera y ella, complaciente, se pegaba a mi espalda. Podía sentirla, invisible y silenciosa, adherida a mi piel. Ella tenía eso de perro sosegado incapaz de desobedecer y como buen perro se negaba a irse del todo. Se alejaba apenas para volver ni bien le daba la espalda. Me acostumbré a cargarla sobre mis hombros, la llevaba a la cocina a tomar café, sabía que eso la hacía feliz o, por lo menos, le daba una especie de regocijo en su alma atormentada. Dejaba que su pelo me cayera sobre la cara mientras bebíamos a sorbos, lentos, el líquido caliente, y nos perdíamos mirando por la ventana hacia el bosque de abedules. No pensábamos en nada, o por lo menos, en nada de eso que teníamos que pensar. Entonces me sentía completa y deseaba que ella no se fuera nunca. Pero lo bueno jamás dura más que un instante y sabía que había un mundo ahí afuera, agazapado: tenía que trabajar para subsistir, y hacer compras, y pagar facturas, y dar explicaciones, y…, la realidad me empezaba a martillar el estómago; entonces la odiaba y le gritaba que desapareciera de una buena vez. Ella se escondía y esperaba una mínima señal mía, aunque simplemente fueran gestos o expresiones inconscientes que ella tomaba como un llamado, y venía, volvía a acurrucarse a mi espalda. A veces lloraba —ella, no yo: hace mucho que tengo los ojos secos— y a mí me picaba de manera insoportable el pecho y me veía obligada a rascarme con fuerza, hasta lastimarme, no podía tolerar esa sensación de patas de araña caminando sobre el esternón. Todavía tengo las marcas de mis uñas, surcos rojos que me atraviesan el pecho —por eso siempre llevo este pañuelo verde— aunque ya no me pica más nada, hace tiempo.

Un día cometí el error de nombrarla, Emi la llamé, tal vez, anhelaba conferirle algo de aquel al que había querido hasta al cansancio —porque uno a veces se cansa de querer—, tal vez por puro descuido o, al fin, por haber sido lo primero que se me vino a la cabeza en un intento de calmarla. Estaba cansada y no había razón alguna para que yo cargara con esa angustia, además era una noche de tormenta; la lluvia y el viento golpeaban sobre la claraboya y me tenían enferma de los nervios. Imaginaba la furia del cielo quebrando los cristales y desplomándose sobre mi casa. Y ella, ella no paraba de llorar sobre mi cara. Esta vez no era un llanto desgarrador que le viniera de las tripas, del que yo había sido testigo en otras ocasiones, sino calmo e interminable, como si la hubiera atravesado una tristeza ancestral y quisiera arrastrarme a mí con ella; por no quedarse sola o por pura cobardía, empaparme en sus lágrimas saladas hasta convertirme nada más que en agua. Emi la llamé y con solo el acto de nombrarla empezó a existir con una fuerza que nunca antes había tenido, al fin se animaba a reventar esa crisálida que había mantenido su vida en una casi latencia. Debí entender que era el principio del fin, pero ella me distrajo con ese abrazo tibio, de cuerpo entero, cayendo sobre mí, y no tuve tiempo de desdecir mis palabras, de volverla nada. No, fui lenta, muy lenta de reacción.

Ahora, había días en que era ella la que me cargaba sobre sus hombros y la que me daba a beber de su taza de café. Lo peor, que había noches en que ella tomaba mi lugar en la cama de espaldas, ensuciando mis sábanas, llenándolas de ella. Usaba mi camisa roja y mi perfume, y se tomaba mi licor de anís hasta emborracharse. Yo, yo no podía hacer otra cosa que mirar, porque si le decía Emi ella se ponía a existir de una forma tan frenética que me explotaba su vida en la cara o, peor, en mi vientre, porque es que Emi se me había metido dentro. Yo no estaba dispuesta a sus juegos perversos, a convertirme a mí en un monigote, por eso esperé a un día oscuro de invierno, después de varios días de lluvia; sabía que eso la desesperaba, entonces arremetí. Sí, yo sabía que ella era frágil y me enfrenté a ella, le exigí que me dejara en paz con un odio que no sabía vivo en mí. Ese odio que había cultivado junto a todo el dolor que vivía en Emi. Le dije que era una puta llorona, que afrontara de una buena vez que no era más que una sanguijuela, incapaz de vivir sin mí. No, no sos nada le dije, Emi, nada, solo una sombra siniestra de lo que nunca te atreviste a ser. Cobarde, le grité, por fin, con todo mi odio, y al darme la espalda me le tiré encima con la cuchilla de cortar la carne recién afilada. Y la golpeé una y otra vez, enceguecida por el dolor más que por la furia, no muy segura de atinar en mis puñaladas. Sentía su sangre caliente resbalando en mis manos, su sabor dulce y denso en la boca. Cuando ya no tuve fuerzas para sostener la cuchilla me aferré a su cuerpo con mis uñas y mis dientes. Y después… ya no recuerdo más nada.

Desperté en una habitación de hospital, con el sol atravesando tímido las cortinas blancas. No lograba moverme, y solo después de un rato, me di cuenta de que tenía mis brazos atados. No intenté liberarme, entendí que debía afrontar mi situación, al fin y al cabo, a Emi, seguro, le había ido mucho peor, aunque nunca pregunté por ella. Yo sabía lo que había hecho, esa calma, ese vacío que me imponía su partida no me dejaba dudas. Ahora tendría que afrontar mi juicio, yo no quería escapar de nada. Dejé que las enfermeras me alimentaran y curaran mis heridas, y hasta puedo decir que me sentí querida en esas caricias accidentales de guante blanco sobre mi cuerpo entumecido, que me recordaban los días de fiebre en mi infancia, cuando mi madre ponía paños helados sobre mi frente, y yo le pedía a Dios —un Dios que se fue hace años— que la enfermedad no me abandonara jamás. Nadie vino a verme en todo este tiempo, es verdad que tampoco espero a nadie, no espero nada. Hay días que me siento sola e intento imaginarme abedules en el patio vacío de este hospital, ocurre, entonces, que no veo ni un solo árbol de tronco blanco, pero puedo sentir una voz, demasiado conocida, que me susurra Emi al oído.

Lorena Giménez nació en Estocolmo, en 1977. Es licenciada en Lingüística (UdelaR). Participó de los talleres de Gabriela Onetto. Tiene publicaciones de cuentos en libros colectivos de Editorial Irrupciones y su primer libro de relatos Otoño un lunes (Estela editora, 2016).
Compartir

Deja un comentario