Focalización cero

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©Germán Maestri

Se veía ridícula en su abrigo marrón, demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. Ella nunca había sido elegante, aunque era capaz de reconocer y admirar la elegancia como una forma de la belleza. Miraba de reojo su reflejo en cada espejo o vidriera que le ofrecía la ciudad solo para confirmar su juicio: ridícula, siempre incómoda. A veces el tránsito la mareaba, le resultaba violento. No podía seguir con sus ojos otro movimiento que no fuera el de sus pies, levantando la vista intermitentemente para observar el espectáculo citadino poco estimulante. No era la grotesca construcción de los nuevos edificios, ni la manera en que los carteles publicitarios atestaban el espacio público; ni siquiera la obscena división al norte y al sur que provocaba la Avenida 18 de Julio: era la constatación de que todo eso a nadie le importaba.

Suspiró profundo y apartó su pensamiento de lo material inmediato, de los carteles de neón, de la baldosa floja.

Percibió ese instante como aquel momento del día en que todo carece de sentido. A veces un niño persiguiendo un globo o las jóvenes riendo por la calle, despreocupadas, con su pelo suelto al viento, le brindaban cierto sosiego, la hacían aferrarse a la vida. O en su casa, la taza de café caliente, la vista hacia las azoteas con la ropa colgada y flameando al viento; alguna melodía sonando en su cabeza y un cigarrillo entre sus dedos. Era verdad, todo eso era verdad y tenía sentido, pero bastaba con sentirlo para saber que ese sentimiento se desvanecería. Y luego el espasmo y así todo, cada vez.

Siguió caminando. Sintió la ausencia, el testimonio de todos sus sentidos, una puntada en el espinazo. Pero no era solo ausencia, era la perturbación magnética que le producía su piel tan blanca forrando cada uno de sus huesos, la forma en que en el transcurso de los últimos años había acaparado su atención, su pensamiento, su cuerpo entero.

Cuando dobló la esquina recordó que alguien una vez dijo: En ningún lugar el viento sopla tan fuerte como en 18 y Arenal Grande. Se le arrugó un poco el corazón. Pensó en lo mucho que hacía que no veía a su madre. Y eso que vivían a pocas cuadras una de la otra. Un camino recto unía ambos hogares. Y ahí estaba su madre —no lo sabía, puesto que no la veía, pero seguramente allí estaba— recostada en su cama, mirando en la televisión esos programas de la peor calaña, con la tristeza impregnada en cada intersticio de su piel, y oliendo delicioso, seguro tan flaca que hasta los anillos se le caerían de los dedos. Luego de sus tres separaciones usaba la alianza de sus padres en su dedo anular como una manera de mantener cierto estatus, o quizá simplemente por costumbre.

Desde muy chica ella sintió pena por su madre y la sospecha de que en cualquier momento se podía suicidar. Una vez la siguió. Tenía siete años y la certeza de que su madre no era feliz. Luego se dio cuenta de que nunca tendría el valor para llevar a cabo ninguna acción tan radical y se quedó tranquila. Al evocarla siempre llegaba a la misma conclusión: era el prototipo de la mujer insegura, detestaba la forma en que sus afirmaciones siempre terminaban en una pregunta, no era inteligente, amaba y era extremadamente generosa con sus hijos; quizá la manera de compensar la indiferencia total que le producía el resto del mundo.

No pudo evitar redireccionar sus pasos hacia aquella esquina, esa intersección de asfalto en donde siempre pierde el aliento. Llegó al lugar. Fue en aquel pool de la calle Brandzen donde él le hizo darse cuenta, por primera vez, de lo cómoda y protegida que era su vida. Ella no sabía nada de sexo, ni de política, ni de problemas sociales, pero no le era indiferente la miseria del mundo. Él, por el contrario, haciendo gala de su lógica impermeable, se conformaba con entenderlo todo y hacer caso omiso a los sentimientos de los demás. Y es que no era que no la quisiera, es que nunca pudo hablarle de amor. Ella fingió un interés especial solo para estar a la altura de semejante presencia, con los dientes un poco manchados de vino y las comisuras secas. Penetró en su cuerpo de todas las maneras, desde las más literales a las más metafóricas y siempre desde la distancia, como un cuchillo que despedazaba sus órganos y luego se limpiaba y guardaba y ya no servía de evidencia. La agujereó con la verdad, mil agujeros por donde se filtraría el mundo de una vez y para siempre, porque en un punto tenía razón: ella era una burguesa. Nunca había pasado hambre, nunca había tenido que parir un hijo para luego tener que abandonarlo, jamás toleró un golpe en la cara. Nunca tuvo que enterrar a un ser querido y ni siquiera había tenido un accidente. Y sin embargo, esa tristeza. Había conocido ciudades bellísimas, había aprendido a lidiar con lo mediocre, había probado
manjares exquisitos. Pero ¿qué era esa tristeza?, esa incompatibilidad definitiva con el mundo. Aprendió a materializarla, a darle forma para civilizar el dolor, para vengarse de la realidad, pero no había dejado de sentirla. Todo parecía inútil: regresar, decir adiós, discutir u optar por el silencio, porque todo la conducía al mismo sitio donde siempre estaba sola y la vida no era más que una línea tangente a la curva de su nombre. Un todo inútil e insólito, como aquella tarde en la que sus padres unieron su carne para darle forma a ese ser que ella era.

Apartó la vista del lugar. El sol rebotaba en su perfil recto sin pedir permiso. Recordó que la radio había anunciado veinte grados de temperatura y una humedad de un 62%. No se había pronosticado precipitaciones. Cruzó la calle en silencio: es que a veces las palabras son solo energía enrollada en la garganta.

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MarÍa Moreira nació en Montevideo, en 1989. Es licenciada en Ciencia Política y estudia licenciatura en Letras en la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Participó del taller “Máquinas de escribirnos” coordinado por Apegé.
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