Tres poemas

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©Germán Maestri

Dios

a Diego de Ávila

1.
Dios era esa cosa de silencio.
La voz sin movimiento
que abría la noche cada noche pavorosa
ardiendo como un metal
hasta las 3 de la mañana.
Era esa cosa de oscuridad que aceptamos como nuestra,
que apretamos temblando de piedad.

2.
Cuando sonaba era la luz tímida
que inicia el incendio.
Cuando abríamos la boca
era la medida de incienso que nos quemaba el contorno de la O.
Cuando teníamos ganas
era el cansancio,
tener el libro
esperándonos en casa.

3.
Dios era la espera
era el tedio y el dinero que se carga en cuentas y no vemos
porque es números titilantes
en la pantalla azul.
Era las letras que empiezan a decir,
era el remolino atroz de hojas cuando murmura, hace chispas.
Era la mirada sobre la cosa
y era la forma en que la cosa va armándose sola.

4.
Era la casa
la ventana
el aparador con frágiles copas
el cajón de los cubiertos
las sábanas en la cuerda
el lustramuebles

la mesita
el cepillo
la pata de la cama
era el ovillo de medias y papeles
el vapor de la tetera
el calor, de mañana.

5.
Sabíamos decir ese nombre porque nos lo habían repetido.
También estaba el miedo de pronunciar todas las vocales
pero al revés
y estaba el miedo
de que un día se mostrara entero
y fuera una parte.


La casa

Era una casa vieja
de jardines amplios y un garage,
sobre la lomadita agapantos. Una casa de veraneo
sobre la calle de la mercería,
que se llamaba Vanitas Vanitatum
y tenía las persianas siempre bajas.
Era la edad en que crece el sapo en la garganta
y podemos decir por fin el apellido entero. Era la hora de la siesta:
bajaban las bicicletas y saltaba el barro a los costados—había llovido
y derrapaban las tardes.
La casa abría humedades para jugar con los pies,
esconderse en el baño en ruinas y ver:
era la edad en que las cosas se van poniendo duras.

Era una casa vieja
pero en esa noche había quedado todo encendido
en la marcha del regreso del campo
que sonaba su discreta música de sueño
con la boca abierta
murmurando oraciones antes de que la callara
el viento o la lluvia de la tarde,

blanca de cenizas.


Nodios

a Mateo Vidal

Soy mi dolor, el brazo acalambrado, la migraña
soy el esplendor de mi mano cuando recorre una espalda,
la corrupción secreta de la bacteria.
Soy la llama que se enciende sola,
el chisporroteo en el confesionario, la paciencia de lo que queda,
soy el recuerdo (algún instante de un día lejano,
los pies ansiosos, el pliegue suave de una página).
Soy la vacuna y el virus.
Soy ese que mira y ve todo
por la ventana opaca,
que desgrana pasos sobre su infinita complacencia.

El diseño sigue así, reconociendo patrones:
se llena de esta experiencia, de la memoria cruda
y la pone a recorrer un camino de líneas o puntos o arabescos
como humo o agua o piedras sobre la cabeza
y dispara:
Está parado, mirando, como en sueños la noche que espera al día, el síntoma de su
vergüenza. Alguien comió la culpa y la puso en sus manos para adorarla. Alguien le dijo que
esa cosa blancuzca era plata líquida. Alguien le dijo que podría tener cosas cuando la pusiera
en la ranura. Que podría oler esos papeles y sentir algo parecido a la náusea conmovedora de
la oración. Que si él daba esos papeles le podían ofrecer una rodaja de algo. Una vieja
perfección con nombres y caras amontonadas, rectangulares, coloridas.

Deja el monitor hablar,
lo escucha: es la Madre
y dice cosas importantes, de antiguos soldados muertos, de ciudades en llamas, de lagos de sangre.
Ese ojo que se hacía a sí mismo
entre los cristales
se diluye ahora
en tiempos sin hombre que se estiran,
que reemplazan Ese-Mi-Nombre
y ponen la palabra:

Nadie lo ve, grumo de mujer o planta o la misma barra que separa casos, que pule
detalles, que secciona el archivo. No le dijeron cómo era que se llamaba eso y él creció
señalándoselo, abstrayendo el resto, siguiendo el cursor para ver la imagen tras el escritorio
del Padre, tras la ventana que no era otra cosa que espejo. Que el sonido que hacen cuando
caen era un pitido, nada más, que se percibía como números golpeándose contra la baldosa
fría. Era el día en que todo entra en cuarentena y se muestra tal cual es: un cable enredado.

Pero el niño podía ser dios o podía ser bestia
porque tenía el pelo atado
a la pata huidiza del caballo, del bicho que todo lo Puede, porque todo lo Infecta.

*
Todavía es posible verlo en su ardor virginal,
en la discreta habitación de Lo inefable:
lenguas azules de fuego plástico
que mueven la primitiva rueda que no se detiene.

mm
Francisco Álvez Francese nació en Montevideo, en 1992. Estudió Letras en la Facultad de Humanidades (UdelaR) y es colaborador regular de la sección cultural de la diaria, del portal Escaramuza y de la revista online Sotobosque, donde lleva una columna sobre poesía. Es profesor de redacción en la Facultad de Comunicación y Diseño de la Universidad ORT. Su blog es franciscoalvezfrancese.com
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