Entusiasmo Sublime (primer capítulo)

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©Ana Strauss

 

1976

 

Rasgado por las barandas metálicas y sus orejas expuestas, a treinta y cuatro metros por sobre el agua desmelenada el viento se fileteaba en silbidos. En la cima del puente ningún perro repechaba ni asomaban edificios de Colón. Descendió el General Artigas con rodillas firmes y pisando con el descaro de joven fuerte e inconsciente. Caminando con música en sus pasos, tarareando de a ratos la melodía de C’est la vie de Emerson, Lake and Palmer cruzó a la Argentina la media tarde del lunes 19 de abril de 1976. Los perros no ladraban cuando llegó a la plaza central de la ciudad entrerriana. Hasta la noche estuvo sentado en un banco observando las plantas rastreras eligiendo una bajo la cual guarecerse para dormir. Tenía unos pesos uruguayos que no se había atrevido a cambiar obtenidos por la venta de sonreídas flores de alambre, hilo y papel crepé en la Semana de la Cerveza de Paysandú. Metidas dentro de floreros hechos con renuevos de palmera trenzados, las había ofrecido al tumulto que deambulaba por la Plaza Artigas sanducera, atestada. No era feliz ni infeliz, sólo estaba solo como Pérez, el morrocoy del pozo de doña Lila, cargando en su espalda una mochila de lona verde y la nuca con el cabello cortado al ras justo el 31 de marzo, horas antes de irse de baja del ejército.

Oculto bajo un arbusto de las estrellas y la desconfianza flamante que patrullaba, amontonó hojas secas para tolerar mejor la humedad y el frío del suelo. En una bolsa de nylon grande metió el sacón M1 robado, abierto con el forro capitoneado hacia arriba, puso la mochila de almohada y, ya adentro, acomodó una frazadita verde oliva, cubriéndose. Se durmió de inmediato con la cabeza recostada al bulto de una galleta dura tomada del comedor de tropa el 26 de agosto del año anterior y guardada en uno de los bolsillos de la mochila. Horas después estaba en la ruta descendiendo a Concepción del Uruguay a bordo de un cachilo con tripulantes uruguayos, un matrimonio de Santa Lucía que andaba de vacaciones de quienes aceptó gustoso bizcochos y mates. Pocas cuadras después de la entrada, amable, pidió para bajarse y al hacerlo un niño de cabello tieso y diarios bajo el brazo le ofreció venderle uno. Lo miró con la atención que esperó cada vez que él mismo ofrecía sus flores al público. Sorprendido, le pareció reconocerlo y le preguntó:
–¿Modesto…? ¿Modesto Leites…?

El niño dio un paso atrás, con ojos de rutina hecha trizas. La recorrida de su mirada se detuvo en las botas Panamá de Iván, de cuero, goma y lona fácil de cortar para quitársela a un herido en el pie y atenuar rápido las infecciones. No le dijo a Modesto que el metal dispuesto entre las suelas para evitar que una trampa vietnamita de bambú envenenado la perforara hiriendo al soldado yanqui, era estatus militar ya que sólo las calzaban los oficiales uruguayos. Se las había robado al Teniente ’Una mesita ratona’.
–Conozco tu familia. Ustedes vivían en Fray Bentos…
–Sí –dijo el niño, aspirando los mocos aflojados por el frío que le hacía castañear las rodillas desnudas– ¿Usté quién es?
–Vos no te acordarás de mí. Ustedes se vinieron hace como dos años de allá. ¿Me decís dónde viven?

Las calles pasaron de asfalto a tierra y aparecieron las cunetas sucias, malolientes, las casas bajas y de paredes sin revocar, la cumbia de Los Wawancó propalada por una radio local sintonizada aquí y allá. Los Leites vivían en una casita de latas y techo de paja, con piso de tierra, pozo de agua y baño alejado. Dos piecitas, una para los mayores y la otra para cinco hijos. A Iván no le iba a quedar otra que dormir bajo una de las dos cuchetas caseras porque en el resto del piso entre ambas tiraba un colchón el quinto. Antes se saludaron, les dijo que estaba de pasada a Buenos Aires y que no tenía un mango y Leites buceando en sus recuerdos para encontrar a Iván que nombra a Víctor Hugo, por ejemplo. Compartieron un guiso freído en grasa y cocinado en un fuego de ramitas y cartones sucios por la compañera de Leites, mujer de ojeras profundas, pollera larga y gruesa, pañuelo a la cabeza y silenciosa que parió a Modesto con cerca de cincuenta años sobrevividos, orgullo de su marido. Nombra a la Zorra González, a la July, a doña Zoila Labandera de González. Le contestó Iván que sí, que al día siguiente iría con Ernesto, el segundo de sus hijos, a pedir trabajo en un circo que estaba por bajar a Gualeguaychú. Debajo de la cucheta elevada con algunas de las baldosas que los Leites habían ido expropiando de las veredas para poner en el piso, Iván pudo fumar y disfrazar el olor a pobreza. Fue en una de sus pitadas largas que suplantó la luz irradiada por la brasa del cigarrillo Richmond sin filtro sobre los rombos simétricos de alambre del jergón por el haz de la linterna que una noche siguió la línea ascendente de un tirante de madera del techo y casi al llegar al hueco en la pared, en el extremo del palo por el que había corrido, vio a la rata que se dio vuelta y lo miró desafiante antes de perderse en la panza del cielorraso de bolsa de arpillera pintada a la cal. A sus cuatro años, Iván había aprendido a plantearse preguntas para hacer tintinear la soledad, su estado natural en la mayor parte del día. Se hablaba, se respondía. Encerrado en la pieza contigua al Gato Negro, con la luz que se colaba por una ventana en lo alto de la pared de varios metros, observaba, minucia por minucia, la actividad de los monstruos en los tirantes, entre los ladrillos sin revocar. Conocía la historia de tres telarañas, desde que las arañas habían elegido los rincones donde pudieran ‘verlo’. No se había dispuesto a contar todos los insectos que devoraron pero si las moscas. La del rincón más alejado de aquella luz en lo alto, la escupida por el foco de la casilla de vigilancia del batallón, era la más eficaz, a la que le contó también ‘tré mosca’ y una libélula atrapada en sus hilos que agonizó por horas mientras la araña la iba comiendo. Ni siquiera esperaba darse respuestas, seguía interrogándose, aún en sueños. A veces se le colaba uno en el que su madre, que había estado acostada al otro lado del hombre, permitía que éste se le subiera encima y no parecía que se quejaba de dolor porque la apretara. Por el ventanuco del baño se abría paso también la luz de la luna y cuando Iván veía a su madre masajeándose los senos, orgásmica, subida ahora ella sobre el hombre, recurría a más preguntas. Interrogantes con respuestas en vano que entrarían por un oído y saldrían por otro. Respuestas generadoras de preguntas que no haría. Era recurrente que pensara cuando ella no estaba, en la hora de sus monstruos. Años más tarde, tal vez toda su vida, podría reconstruir en su memoria el sonido de las carcajadas de su madre en la pista de baile del quilombo, la noche que el dueño se apareció con un disco nuevo en el que los Olimareños cantaban “De Cojinillo”. Se colaba por los vidrios cariados de la ventana inalcanzable la risa de su madre que bailaba aquella polca. Oía tapado hasta la cabeza para no ver al hombre en medio de la cama de dos plazas. De este lado Iván y del otro ya no su madre, ida con algún viaje, un tipo, un cliente. Una mañana de esas Iván nació a sí mismo, no a su madre que lo había parido –ya– cinco años atrás, no a su padre, que no lo conocía. El hombre, un militar del Batallón Florida, se sentó en la cama.

–Y bueno –le dijo Paulinho Silveyra– su cumpleaños ya pasó pero le regalo este máuser… –Y le entregó una réplica en madera del fusil, hecha por él cada noche de guardia. Desde ahí tendría memoria, Iván. Desde ese instante en que tosió de placer el aire tragado con aquel suspiro. No nació con aquellas palmadas que le propinó su madre sino con esta caricia al alma, pétalo inesperado. Algún tiempo después, jugando a trepar árboles con el fusil terciado en el hombro para huir de la hipotética estampida del ganado lanar del vecino alto y pelado, la Copito y la Nieve, se tatuaría para siempre el primer miedo en la piel de su memoria. Se paralizó en aquel instante en el que pasó repechando la furia y el suelo de la calle de tosca y pasto aquel hombre casi degollado, con sangre en las cuencas de los hombros, gritando, dejando atrás la trifulca en la cancha de fútbol del barrio La Chancha, mientras era llevado casi en andas por otros dos hombres de gestos preocupados, llorosos, remolcándolo cada vez con más urgencia y menos esfuerzo, menos resistencia, hasta no ser más que un cadáver que flotó entre sus brazos, rumbo a un inútil hospital. Pero venció el congelamiento de sus movimientos y, oculto entre las ramas, apuntó el fusil bajando el cañón de palo de escoba lentamente hasta que la cabeza del clavo de la mira quedó apenas por debajo de la mitad de la nuca ensangrentada del malherido. No sabría nunca si había terminado de apretar el gatillo inmóvil del Máuser vegetal, cuando el hombre trastabilló, estertóreo, y murió. Para no olvidar esas imágenes, esos gritos, su primer olor a miedo porque su madre no le había dado miedo suficiente como para que no hiciera nada que le evitara estar arrodillado en un rincón sobre granos de sal. No lo asustaba, podría sobrevivir, pero el muerto que pasó delante de sus ojos, caminando, sí lo hizo. Nunca, tampoco, se le olvidaría la historia aquella que comenzó cuando le tocó el turno de ser atendido en el almacén y dijo:
–Todo esto de pan borracho.

Poco después de comerlo, no todo seguiría igual y ya no regresaría de la escapada de los límites que su madre le imponía: bañarse, cenar, llevar la pelela hasta debajo de la cama y acostarse temprano, dormir enseguida, con la ventana cerrada y la puerta de la casa-pieza trancada por ella cuando salía, a eso de las ocho de la noche. Llegó por la casa del Pirincho pero el no estaba como habían convenido. Bajó a esperarlo en el agujero que estaban excavando para hacer el pozo negro del baño, cueva a cielo abierto en la que se metían a aprender a hablar como en un ritual de homo sapiens. Conocía la escalera esculpida con las palas a medida que el pozo descendía y saltó, entre las sombras grises y las oscuras y desde el último escalón tallado en la tierra arcillosa, casi un metro hacia el piso del fondo. Se recostó a la pared, sentado en el suelo, y fue comiendo aquella delicia que no era más que pan humedecido en vino dulce y algún almíbar, con coco rallado por encima, nieve que se iba tornando lila por el vino que embebía la torreja. Lo despertaron los gritos de una vecina y al rato los perros ladrando y las linternas apuntando a su cara. Alguien lo tomó en brazos, levantándolo hasta ponerlo frente a Marisol que lo apretó tiernamente y lo besó en los labios antes de susurrarle ‘te quiero tanto amor mío’. Faltaban pocos días para que cumpliera cinco años y fue llevado alzado por su madre, caminando cortito y rápido, como cualquier petisa enojada, rumbo a la habitación de las ratas que corren en los tirantes, la de algunas madrugadas con sus amantes en la misma cama que ella y él, Iván, técnicamente dormido, o ella posiblemente borracha.

–¿Por qué bajaste? ¿Qué pensaste? ¿Y si se derrumbaba el pozo? ¡Si llegaba a llover y el pozo se iba llenando de agua…! No quiero ni pensar…

No le preguntó por qué se había escapado y ahí sí Iván tuvo miedo, miedo de verla con miedo. Había aprendido a hacerle creer que le hacía caso y no la vio, escondido detrás del cuerpo de Marisol que estaba puesta de lado, con la cabeza apoyada en la mano derecha y el codo en la almohada, la mañana que su madre lo andaba buscando, pero no tuvo miedo. Algo sospechaba, o tal vez el instinto. Las posibilidades de temer se alejaron, se vieron chiquitas luego que su virginidad fue merodeada por Marisol, la chica del cabello siempre teñido de varios colores y con peinados diferentes, que le desprendió uno a uno los botones de la bragueta del pantalón corto de estampado escocés que fue bajando con los dientes, hasta que abrió su boca, sacó su lengua y comenzó a pasarla por las entrepiernas. Algo sucedió en el, algo que no pudo, jamás podría evitar que flotara como globo en el agua. No se le ocurrió gritar. ¿Para qué? ¿Por qué? No era incómodo. Ella sonreía y olía a un perfume distinto al de su madre, ése asqueroso aroma a jabón de tocador que invadía la cama y hasta el patio del quilombo. Ella le gustaba y la veía desnuda. A su madre no, no quería. A Marisol podía acariciarla buscándole con las yemas de los dedos los huesitos salientes de las vértebras de su espalda mientras escuchaba que decía:
–Me pareció haber visto a mi maridito hace un rato pero no sé dónde está… –y le hizo guiños con el ojo derecho y abriendo indicativo el izquierdo, apuntándose hacia detrás de su hombro.

–¡Cualquier cosa te aviso! –le gritó al final, con la puerta de la habitación ya cerrada por la madre de Iván. Lo ayudó a vestirse rápido, dándole un beso grande-grande y algún juguete –siempre tenía juguetes para regalarle–. No necesitó pedirle silencio cómplice. Por casi un año más fue mandadero de las mujeres de la noche. Marisol era la favorita y como nunca había pasado nada que le llamara la atención, ni un solo comentario de su parte, su madre confiaba que aquella mujer lo cuidaría hasta cuando dejaron el kilómetro 14 de Camino Maldonado, sus cuarteles, el milicaje, el quilombo El Gato Negro, el bajo, el barrio La Chancha. La despedida fue el día de su cumpleaños, en diciembre del sesenta y dos. Con sus seis años flamantes llegaron a Mercedes un mes después y ese verano de noches despiertas lo pasó a media cuadra de los quilombos. Cuidado por una mujer que olía a güisqui y dormía roncando, Iván espió y vio que calle Zapicán, toda esa cuadra entre Roosevelt y Florida, era un carnaval siniestro. Mamados peleando, milicos de mirada severa y palo en mano, palo en las piernas, palo en las cabezas. Las carcajadas de las putas, borrachas de angustias y alcohol. Las veredas con charcos espumosos. La carretilla del Toto y el Toto atrás, como corriendo sin poder alcanzar su exoesqueleto, cargando roperitos, cómodas con grandes espejos biselados, mesitas de luz, bolsas con ropa y palanganas escondidas; las mudanzas de las mujeres de la noche, de quilombo a quilombo, a veces saliendo de ellos, yendo a algún conventillo siguiendo los pasos de una nueva esperanza de abandonar, a veces regresando… El deja vu le vino en el olor al jabón de tocador con el que se bañaban las mujeres, penetrante, que también usaban para lavar el sexo a los clientes, pompa transparente que las rodeaba, aureola aromática que las identificaba, las delataba, las estigmatizaba. Iván se negaba a aceptar besos de las mañanas de los jueves, día de revisación médica en el hospital, cuando acompañaba a su madre. No quería acercárseles. Un día salió a la vereda a investigar los tarros de basura. Desde la ventana de la habitación en la que dormía veía cómo las mujeres que se tardaban en sacar la basura, la tiraban en los mismos tarros de lata que un momento atrás habían estado dentro del quilombo, para que nadie viera qué descartaba cada quien. Todas sabían, el intuía, que la basura ‘hablaba’. Obligado a estar encerrado por las noches, con algunos meses de clases en la escuela, Iván aprendió a leer vorazmente. Sobre la mesa, un profesor que se veía en su casa con su madre porque no quería exponerse en el bar, le había dejado la novela ‘Asesinato en el Expreso de Oriente’. Poco antes, enterado el docente por su madre que le gustaba registrar la basura buscando algo para leer, le llevó la novela de Agatha Christie y le leyó lo de la carta quemada hallada por Hércule Poirot que le dio pautas para explicar algunos comportamientos de los pasajeros del tren y comenzar a arrojar luz en su investigación.
–¿Tenés alma de detective, eh? –le había dicho el profesor en un tono de hacerse ‘amigo’ (Todos querían hacerse ‘amigos’) y le regaló el libro cuyas líneas e imágenes dibujadas en cada capítulo desfilaron varias veces ante sus ojos en pocos días. Pero sí, buscaba todo indicio que le saciara esa curiosidad irrefrenable de imaginar, proyectar, mirar y comprender, lo principal, la vida de los demás. Los tipos, como decían las ‘locas’, les mandaban regalos, les compraban flores con tarjetas, les escribían apasionadas cartas de amor, hasta con advertencias de intenciones suicidas. Una mañana encontró un filón de postales de Navidad y Fin de año, con dedicatorias alusivas. Algunas por años permanecerían en su poder como la que tenía a un sonriente Papá Noel saludando de brazos levantados, empastado con brillantina, en la que en el reverso se leía:
–‘Pal Soraya. Que tengás unas lindas fiestas y que si querés nos vemo. Pocho’.

Iván seguía buscando preguntas que debía contestarse a sí mismo en la dulce soledad como la de una Calesita cerrada en la noche, visitado y manipulado por sus pensamientos. Sin embargo su perspicacia era menor que su ingenuidad. De manera autodidacta iba obteniendo datos de cómo era esa porción de mundo que le había tocado habitar pero sentía que debía confirmar una y otra vez cada experiencia. Debía estar convencido para estar seguro. No podía cometer errores o ligaría un ataque a sus orejas, sus cachetes o sus nalgas. Se moldeaba como ‘el inteligente rebelde’ motivo de las quejas que su madre modulaba hasta la admiración.

Esa noche en Concepción del Uruguay roncó hasta el día siguiente cuando preguntó, con el amanecer y junto al fueguito de ramas de poda del ornato público.
–¿Dónde está el circo?
–A cuatro cuadras de acá –contestó Leites– Ernesto lo va a acompañar, m’hijo. Él también va a pedir trabajo.

Horas después estaba sumado a un grupo con tres peones más apilando sillas metálicas plegables, quitando segmentos de módulos de madera que delimitaban la pista central, enrollando la lona circular del piso, desatando sogas, arrancando estacas… Al mediodía le alcanzaron un plato de locro caliente y un pan y se sentó sobre un balde dado vuelta a comer y observar. El elefante era adulto joven según escuchó mientras veía comer ración a los caballos que en el espectáculo trotarían a los saltitos con petulancia inducida, imaginó. Ya había visto elefantes en el Zoo Villa Dolores de Montevideo. En los hombros lo había cargado Paulinho que quitaba el papel a los caramelos que les tiraba a los monos. Paulinho había sido como un papá mejor que los otros. Cerca estaban los burros viejos utilizados por un trío de payasos enanos que vio entrenando y discutiendo con Escabio, el de la nariz roja más grande, que estaba de vivo y se mamaba en serio para representar bien el personaje así que se lo pasaba tirado de panza sobre el burro que caminaba en círculos y se detenía para que Escabio eructara nada más.

–Por más que eso al público le resulte gracioso tenés que hacer algo más… –le dijo uno, el más viejo y cansado.

Los payasos enanos vivían y comían aparte del resto de los artistas. Se las arreglaban para dar alegría a los niños que los veían como a niños y no como enanos y así alegrarse. Antes del espectáculo humorístico donde la corta estatura era el disparador, los burros como con resignación a la fatalidad comían verduras marchitas. La misma imagen del burro que vio algunas veces que pasó cerca de la casa de Yirato, cuando jugaban Con Los Mismos Colores y Bristol. El burro ese que de a ratos caminando cansinamente, otras al trote, cinchando el carro y a Yirato y el rebenque, hacía repiquetear los cascos en los adoquines de calle Paysandú, en Mercedes. Iván los veía pasar desde la puerta de la Escuela 11 y algún año después desde la entrada al Liceo Campos, enfrente, o por la ventana del Club Esparta en tardes de hora libre y ping pong. Al final de calle Florida estaba el puentecito con arcos de piedras coloradas, barandas de hierro forjado y callejuela ya de tierra granza que daba paso a las multitudes que los domingos se allegaban al Parque Bristol. Ahí al lado vivía Yirato, a quien le gustaba ese arroyito de gente entubándose en la entrada y observaba, codicioso, buscando conocidos que aminoraran el paso para devolverle el saludo, caricia a la que respondía con ronroneo pícaro. Tomás Ulises Rodríguez Ocampo, sobreviviente, educativamente insolvente, borracho manso, amante del aplauso, ‘por defecación’, como había sentenciado el Aboyau, era artista de carnaval. Fuera del alcance de la jarana de dios Momo, durante el resto del año en algún lugar del río Negro donde tenía un cebadero alimentado con trigo barrido en las barracas tiraba el espinel con quince anzuelos, o sino hombreaba alguna bolsa, a veces cargaba basura o un mueble en su carro, o vendía verduras, o le salía a las trillas en algunas estancias vecinas. Hasta acarreaba agua del río y se la vendía a los vecinos. Fue en el último día de marzo del ’72 que a Yirato lo visitó Bandera Lima, guerrillero del norte, tupamaro de reputación de duro con modales campechanos. Para Yirato no era más que un bayano de Artigas de paso por Mercedes. Tomaron unos vinos en el rancho del carrero, oyendo el murmurar del agua de la cañada Roubin vadeando el puentecito y el cotorreo de los loros en los eucaliptos de la cancha de Bristol. Hablaron un idioma de palabras, gestos y decisiones que los hizo entenderse sin preguntas.
–El bayano –un rato después le dijo el carrero al negro Cascarilla, un amigo en el vino y las desdichas de ser pobres y brutos– me arquiló la chalana pa’ dir a pescar. Mirá, me dio sesenta y cinco peso y una madajuana de cinco litro ‘e vino.

Bandera remó hacia Sendic y dos más, el gallego Germán y Lito, acampados y escondidos aguas arriba, en la margen derecha del río Negro. Habían decidido atacar al teniente Gustavo Criado en su propia casa y dispararle en una pierna. Matarlo no porque este operativo sería de advertencia a las Fuerzas Armadas: el Movimiento de Liberación Nacional llegaría a cualquier militar acusado de torturador. El responsable de la acción quiso evitar exponer a Sendic, pieza valiosa en la estructura de la organización que, desde siempre pero especialmente en esa hora, lo debía preservar. Pero éste insistió y luego de discutir el asunto, torció las negativas iniciales: si era necesario ir una segunda vez, ahí estaría. La información que manejaba el líder tupamaro era que Violeta Setelevich, su primera esposa, había sido torturada por Criado con técnicas sicológicas aprendidas en la Escuela de las Américas, en Panamá. Bigotes se enteró de la presencia de Sendic en Mercedes y quiso verlo para ofrecerle su ayuda. Lo que fuera a hacer, debía hacerlo rápido. Bandera Lima, invitado por Yirato estaba en la sede de Con Los Mismos Colores, el cuadro del barrio, gente del bajo, trabajadores, fiolos, timberos hermanados por la consigna de la camiseta ‘medio luto’ de jugar bellamente al fútbol, exaltando el toque de pelota al que habían bautizado ‘Ta-Te-Ti’. Se le acercó Bigotes presentado por el Aboyau, compartieron charla y vino y luego marcharon por entre los ranchos para llegar a la orilla del Hum. Silenciosos, los remos se clavaron en el agua y empujaron la embarcación. Ya en el campamento simulado Sendic se paró a saludarlo ni bien lo vio. Reconoció esos bigotes que lo acompañaron solidariamente la vez de su paso por Mercedes con la primera marcha cañera que llegó a la ciudad una década atrás. Luego de compartir unos mates el fundador de la Unión de Trabajadores del Azúcar de Artigas fue informado de cuánto detalle tuviera respuesta el escobero que quedó en encontrarse con ellos en unas horas más. A la madrugada siguiente el Gallego empujó la chalana aguas abajo y trepó. Bigotes remó con la experticia del cazador y la acercó al muelle de los 33. Los tres se fueron a esperar que el Teniente Criado saliera de su casa hacia el Batallón de Infantería Nro.5 pero éste no apareció. Apostados Bandera Lima y Germán en una esquina de la cuadra y en la otra Lito, coincidieron en la decisión de volver a la embarcación cuidada y alistada por Bigotes para partir de inmediato. Regresarían a la noche y para entonces los detalles debían variar y contar con un hombre que ayudara en la retirada de Sendic. Bigotes pensó en alguien de confianza, dispuesto a correr riesgos y con agallas para evacuar rápidamente al jefe tupamaro. Le dio vueltas al asunto, reflexionó en voz alta en el taller con Radio Agraciada puesta a todo volumen, delante de Iván que se guardaba su disposición a dar apoyo porque sabía que el viejo anarquista no aceptaría su ofrecimiento. Para no delatarse se evadía mirando en derredor girando la cabeza lentamente, recordando que unos pocos años atrás supo de qué habían sido antes de ser paredes del taller las latas que conservaban, herrumbradas, inscripciones moldeadas en bajorrelieve: ‘EEUU Standard Oil’ y una cruz esvástica.

–Ah! Esas latas… –exclamó el escobero, sin gritar, sorprendiéndolo por encontrar conversación con sólo mirar las paredes.
–Eran tachos que traían querosén o nafta. Las barcazas iban y venían entre Montevideo y Mercedes y había trabajo para el pobrerío. Entre muchas cosas descargaban combustible y llevaban trigo, cueros, lana, carbón de leña… En el muelle Comercio trabajaba mucha gente; en los galpones de la costa se acopiaban granos en bolsas de arpillera que había que subirlas y bajarlas hombreándolas. Hombres sin pereza que burreaban todo el día y no lograban salir de la pobreza eran los que llevaban esas latas para levantar sus ranchos. Quien compraba un tacho de combustible tenía que devolver el anterior, vacío, que luego se entregaba entre trabajadores que los necesitaran y a gente muy pobre con ganas de hacerse el rancho o agrandarlo. Se abrían, se cortaban así –señalando una elegida al azar- en rectángulo, y se clavaban a un esqueleto de palos y tablas de abajo hacia arriba para que el agua de lluvia no entre… Algunos hasta el techo lo hacían así. Después, si conseguían chapas de zinc o paja, las tapaban y tenían un techo mejorado.
Iván quedó esperando que continuara. En la radio hablaba Nenete, que decía lo que quería y ‘estaba bien’, decía Bigotes; ejercía la ‘libertad de expresarse’. Lo escuchaban y de a ratos a Iván le sonaban graciosas las palabras y la gesticulación de Bigotes en desacuerdo con Nenete. Cuando el locutor andaba poco inspirado y no propiciaba rabietas del escobero el botija deseaba, para salir del paso, que el operador-locutor-periodista-propietario ‘enganchara’ de una buena vez con una radio montevideana en horario de informativo.
–¿Y eso que tienen escrito? –repreguntó Iván– ¿No es que los americanos lucharon contra los nazis? Mire que yo veo ‘Combate’ en lo del ‘Caldera’…
–Eran importadas de Estados Unidos. Y la cruz nazi la usaron los yanquis antes que Hitler. Ellos descubrieron primero que son ‘superiores’ a todos. Jaja! –le respondió, agregando– Y ahora habrá que dejarlas para que los milicos no sospechen…
El olor de la paja de escoba volvió a perfumar la nariz de Iván que levantó la mirada para contemplar con adoración pagana la bicicleta de Bigotes que colgaba de la parte más alta de la pared del galpón con techo de un agua, apretando contra las chapas un afiche con el nombre y la imagen del príncipe Kropotkin. Había aprendido de memoria lo que tenía escrito a mano por él y dictado por Bigotes en un claro de la imagen:
–‘En medio de este mar de angustia cuya marea crece en torno a ti, en medio de esa gente que muere de hambre, de esos cuerpos amontonados en las minas y esos cadáveres mutilados yaciendo a montones en las barricadas… Tú no puedes permanecer neutral; vendrás y tomarás el partido de los oprimidos, porque sabes que lo bello y lo sublime -como tú mismo- está del lado de aquellos que luchan por la luz, por la humanidad, por la justicia’.
Años llevaba aquel pedazo de papel colgado allí, invisible para los muy pocos visitantes del galpón de las escobas de Peralta. Iván trepó a mirar el afiche…
–¿Me podrá bajar a Kropotkin, m’hijo? Guárdelo, ¿si? –le encargó Bigotes minutos antes de salir al encuentro de los guerrilleros. Estaba solo en el Taller cuando desenganchó la bicicleta y la bajó junto con el afiche que dobló, envolvió con una bolsa de nylon y guardó en un bolsillo de la camisa. Infló las ruedas de la bicicleta y salió. Parado en los pedales, avanzó meciéndose torpe al principio y unas cuadras después ya con cadencia imitada a ‘Caracol’, el ciclista del barrio que dejaba el alma por su club el Bequeló. Avanzó por las calles más oscuras, se metió por callejuelas y pasajes del barrio Palo Alto, rumbo a la rambla. En la costa y bajo una pitanga el gallego Germán y Lito quedaron prontos para partir de inmediato luego que Sendic y Bandera Lima regresaran. Fueron llevados por Bigotes río abajo en la chalana de Yirato. Se había sumado Cascarilla que en el campamento lo habían mantenido lejos del vino, a puro mate y galleta, porque era conocido en la ciudad e iría adelante en el operativo. Cuando la endeble embarcación fue amarrada nuevamente en el muelle de los 33, enfrente, meciéndose en una de las hamacas de la plaza de juegos El Rosedal los estaba observando Iván que había llegado en la Phillips negra.
–Ahí está el vehículo para su retirada, compañero… –le indicó Bigotes a Sendic mientras buscó con la mirada y una sonrisa en el estómago a Iván en los alrededores– El contacto lo va a estar esperando media cuadra más abajo de la casa de Criado, vaya tranquilo.

Los guerrilleros repecharon por Ituzaingó, buscando las sombras contra la pared con pasos cada vez más rápidos siguiendo a Cascarilla, abandonado a su suerte lumpen por la borrachera de Yirato. Iván acercó al muelle sus quince años sonrientes, templados los nervios por tantas novelas de Ágatha Christie, revistas de historietas y palizas imprevisibles de su madre. Bigotes estaba regocijado por la decisión. Cuando doblaron por Florida ya el muchacho estaba apostado más abajo, en la esquina de Florida y Oribe, con las manos entumecidas de frío sin soltar el manillar. En la hamaca de la plaza había estado meciéndose y recordando cómo fue que comenzó a ir al galpón de las escobas. Sin padre, sin abuelo, sin (casi) hermano, la imagen masculina que él necesitaba encontrar la halló en Bigotes, el escobero de la esquina que resultó de ser un ‘viejoloco’ a un anarquista que contaba con el respeto de Américo, propietario del permiso final a Iván para poder ir al taller de las escobas. Era muy creativo, Bigotes ‘se da maña pa’ todo’, así que acudió a que lo ayudara a interpretar y llevar a cabo los planos de pandorgas, las cometas de los montevideanos, los barriletes argentinos llegados en la revista Lúpin generando un mundo donde Mosca Kid, Resorte, Bicho y Gordi y el propio Lúpin le abrieron la puerta para ir a jugar con fuego junto al príncipe Kropotkin. De esa manera, en entretenidas jornadas de apronte de un inmenso ‘farol’ de casi dos metros de largo y alas de más de medio metro de ancho, Iván comenzó a escucharle hablar de ‘La Conquista del Pan’. Ya le había dado algunas pautas para que ubicara a obreros y estudiantes de un lado y burgueses del otro, habiéndole explicado qué son los burgueses. Bien simplificadito. Y le hincó el diente al asunto mientras cortaba flecos y roncadores para pegárselos a los tiros y a los lados de las alas:
–Los burgueses no son nenes de pecho, Iván. Defienden este sistema porque les da comodidades. Están bien los tipos y sus preocupaciones son de no perder nada, pase lo que pase. Entonces como alguien tiene que pagar los gastos de más, estamos nosotros los muchos, indefensos, como pagadores de la comodidad de unos pocos.
Un ejemplo universal y poético es este al que se refiere el Kropo cuando dice –y manotea el librito ya preparado con una espiga de sorgo escobero señalando dónde abrir, y lee:
–’Los Rafael y los Murillo –fueron grandes pintores– pintaban en una época en que la búsqueda de un ideal nuevo aún se acomodaba con viejas tradiciones religiosas. Pintaban para decorar grandes iglesias, que también representaban la obra piadosa de muchas generaciones. La basílica, con su aspecto misterioso y su grandeza; que la ligaba con vida misma de la ciudad, podía inspirar al pintor. Trabajaba para un monumento popular; dirigíase a una muchedumbre –a mucha gente–, y a cambio recibía de ella la inspiración. Y le hablaba en el mismo sentido que la nave –que es la parte que tiene el techo más alto de las iglesias–, los pilares, las vidrieras pintadas, las estatuas y las puertas esculpidas. Hoy, el honor más grande a que aspira un pintor es a ver su lienzo con un marco de madera dorada colgado en un museo –una especie de prendería… –Bigotes lo mira y le dice –Prendería viene a ser una casa de venta de cosas usadas, por lo general una casa de empeños–. Sigo… donde se verá, como se ve en el Museo del Prado, la Ascensión, de Murillo, junto a Mendigo, de Velázquez, y Los perros, de Felipe II. ¡Pobre Velázquez y pobre Murillo! ¡Pobres estatuas griegas que vivían en las acrópolis de sus ciudades, y que se ahogan hoy bajo los paños rojos Louvre!’
El Louvre –Iván está atento– es un museo de Europa, en París. Muy importante por lo que ha conseguido expropiar de todo el mundo para que lo vean unos pocos. Y bueno, a la expropiación revolucionaria, herramienta muy importante en el anarquismo, Iván, el maestro la ejemplifica así:
–‘Cuéntase que en 1848, al verse amenazado Rothschild en su fortuna por la revolución, inventó la siguiente farsa:
–“Admitamos que mi fortuna se haya adquirido a costa de los demás. Dividida entre tantos millones de europeos, tocarían dos pesetas a cada persona. Pues bien; me comprometo a devolver a cada cual sus dos pesetas si me las pide”.
Dicho esto, y debidamente publicado, nuestro millonario se paseaba tranquilo por las calles de Francfort. Tres o cuatro transeúntes le pidieron sus dos pesetas, se las entregó con sardónica sonrisa, y quedó hecha la jugarreta. La familia del millonario aún está en posesión de sus tesoros.
Poco más o menos así razonan las cabezas sólidas de la burguesía cuando nos dicen:
–“¡Ah, la expropiación! Comprendido. Quitan ustedes a todos los gabanes, los ponen en un montón, y cada cual se acerca a coger uno, salvo el zurrarse la badana por quién coge el mejor”.
Lo que necesitamos no es poner en un montón los gabanes para distribuirlos después, y eso que los que tiritan de frío aún encontrarían en ello alguna ventaja. Tampoco tenemos que repartirnos las dos pesetas de Rothschild. Lo que necesitamos es organizarnos de tal forma, que cada ser humano, al venir al mundo, pudiera estar seguro de aprender un trabajo productivo, en primer término acostumbrarse a él, y después poder ocuparse de ese trabajo sin pedir permiso al propietario y al patrono y sin pagar a los acaparadores de la tierra y de las máquinas la parte del león sobre todo lo que produzca.
En cuanto a las riquezas de todas clases, detentadas por los Rothschild o los Vanderbilt, nos servirían para organizar mejor nuestra producción en común’.
Iván ve, oye leer a Bigotes que, en realidad casi no lee sino que avanza confirmando la letra, el espacio, la palabra que está al llegar.
–¡Ah, Peralta! ¡Qué anarco estás hoy! –exclamó Bigotes. Las carcajadas fueron unísonas en el taller de las escobas. El ‘farol’ estuvo listo pero ya la noche garuaba estrellas y sería al día siguiente que remontaría a mostrar su cuerpo y alas ‘negro sable’ y sus flecos y roncadores, a regañadientes de Bigotes que se arrepintió de haberle dado la opción a Iván, ‘rojos gules’, colores heráldicos definidos por el propio escobero.

Mientras Iván sonríe con los recuerdos, a poco más de las diez de la noche y media cuadra más arriba Cascarilla oprime el botón del timbre y puede verse reflejado en el bronce bruñido. Se aparta y le da lugar al líder cañero. Abre un hombre con un arma en la mano. Sendic pregunta:
–¿Usté es el Teniente Criado?
El oficial, un joven de 27 años, por acto reflejo contestó con un insulto y no dudó en disparar su arma a menos de dos metros. Erró. Sendic abrió fuego con una pistola calibre 45. Criado cayó de espaldas herido en el abdomen. El guerrillero se dio vuelta y el Teniente, que había intentado incorporarse, volvió a disparar, incrustándose el proyectil unos centímetros por encima del timbre de la casa de los Bonino, enfrente, justo después que Bandera Lima y Cascarilla se largaron a huir hacia el centro de la ciudad. En sentido contrario corrió Sendic descendiendo por la calle de adoquines mientras que el militar, sabiéndose malherido y sintiendo que se desvanecía, le pidió a su esposa que llamara a un sacerdote.
–(¡Por acá, don…!) –le avisó Iván a Sendic, susurrando– (Venga que en esta llegamos enseguida, suba…)
Con la bicicleta andando se montó de un salto en el cuadro e Iván pedaleó por Oribe, cuesta abajo, con las manos ateridas de pavor frío y por el frío del manillar pero con el cuerpo caliente abrigado por el gabán que estrenaba, regalo que en nombre de APAL le entregara la profesora Olga Pica. El líder tupamaro, guardando la pistola, le preguntó:
–¿Y usté quién es, botija?
–Llámeme Kropotkin, don… –resopló Iván, sin lograr imaginarse una sonrisa en el guerrillero.

Ensimismado, había trabajado sin pausa hasta la tardecita y cuando todos se iban le avisaron que el capataz quería verlo. Luego de concluir que el látigo que colgaba en una de las paredes interiores de la casa rodante era para su trabajo de domador de leones, arregló para quedarse en la carpa de los peones, trabajar en la desarmada, la mudanza y la armada en Gualeguaychú. Ernesto no se apareció al día siguiente y no vio más a los Leites. Le ofrecieron comida a pagar con el cobro semanal y aceptó. Desayunos y meriendas, 2.500 pesos; almuerzos y cenas, 5.000 pesos cada una. Por semana le significaría 105.000 pesos y había arreglado para seguir en el circo haciendo otros menesteres como darle de comer a los animales y limpiar los excrementos, ayudar al mago a esconder la paloma y el conejo, acomodar espectadores, por 100.000 pesos a la semana. Debería privarse de una comida o un par de comidas livianas. Cuando llegó el lunes ya había hablado con los demás peones y todos le habían dicho que ganaban muy poco. Se ofreció a ir a hablar con el dueño del circo y lo apoyaron a regañadientes, fatalistas. Al salir de la reunión llevaba escondidos y para no declarar 300.000 pesos en el bolsillo (pidió adelanto de una semana que quedó en 150.000) y la negativa del jefe de aumentar salarios a los demás, aunque si las cosas mejoraban…

–Lo de siempre…

Esa noche no hubo función y cuando estaba pronto el asado que pagó para los peones, los payasos y los cuatro enanos, pidió la palabra y dijo:

–La plata de este asado es un adelanto con aumento que me hizo el dueño para que les dijera que para ustedes no había nada. La cocinera que me perdone pero me voy sin pagarle.
El enano que jamás se mostraba sin pintura en la cara se le acercó, le dio un pisotón y cuando se agachó a agarrarse el pie, lo abrazó llorando en la risa, diciéndole:

–¡Ése charrúa!

Con el jolgorio que se quedaron haciendo los comensales Iván no tuvo que extremar las precauciones para no ser descubierto en la huida de la deuda a la cocinera y al dueño del circo. Buenos Aires estaba a poco más de 200 kilómetros y comenzó a caminar hasta que treinta kilómetros más abajo se detuvo una Ford F 100 roja y el hombre al volante al verlo de cabeza casi rapada, calzando borceguíes militares, enfundado en un camperón militar y mochila verde oliva lo tomó por un conscripto del Servicio Militar Obligatorio argentino y se ofreció a llevarlo.

­–Subí, dale. ¿Dónde estás haciendo la colimba?
No debía desperdiciar la confusión y se acomodó en el asiento antes de decirle:
–No estamos autorizados a dar información. Disculpe.

–Entiendo. Es cierto. Está bravo.

La argucia le valió comer bien en los dos ferrys en los que cruzaron el Paraná, todo pagado por el amable hombre que en la despedida le dijo:

–Buena suerte y… ¡Viva la patria!

Al bulto de la galleta dura lo rozaba como su madre a un amuleto llevado en la cartera.

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Juan Estévez nació en Soriano, en 1956. Es periodista de crónicas y reportajes, guionista de historietas premiadas en la revista Blung!, integrante de la dupla que se llevó una de las cuatro menciones del concurso de tiras humorísticas del semanario Brecha en 1992, fotógrafo ganador del Concurso 150 años de la Fotografía en Soriano y fundador y editor de la revista de humor de Mercedes El Umbligo. Publicó tres libros en su ciudad, dos de relatos y una recopilación de reportajes. Su novela Entusiasmo sublime (Estuario, 2016) fue ganadora del Premio Nacional de Literatura/ MEC en 2016 en la categoría Narrativa inédita.
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