La inundación

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©Ana Strauss

Bajé la maleta de arriba del ropero. Cuando vi la capa de polvo que la cubría pensé que no iba a poder seguir. Desde el día anterior tenía la sensación de que aquellos objetos se nos venían arriba como animales furiosos. Me di media vuelta y salí al balcón a fumar. Ahora, en mi casa de Reducto, fumo en mi cuarto y tiro la ceniza al piso, pero en el apartamento no se podía, porque a vos te molestaba.

Las cosas tiradas por todo el apartamento embriagaban, como los vapores de alguna sustancia tóxica. Caja tras caja, carpeta tras carpeta, intentando saber si aquellos documentos eran útiles o no, si estaban muertos o no, si tenían que ver con alguno de nosotros, o simplemente con nosotros (y en este último caso iban a parar a la basura). Empezábamos a transitar aquella montaña en el medio de la sala que se iba agrandando hacia los costados, como si todo se fuera inundando de a poco. Cada objeto que iba a parar a la montaña era como una pequeña derrota y a la vez un alivio, la consumación de un desprendimiento geológico inminente. Ver aquello dolía, pero era lo que tenía que ser.

Pensé en una vecina de mi infancia, en el complejo Euskal-erria, y su síndrome de Diógenes. Se había ido encerrando entre sus objetos hasta que su casa no dio abasto. Un día la encontraron muerta, debajo de la basura que llegaba a la altura de las ventanas. Vivía en el segundo piso y me acuerdo que desde abajo de su ventana podían verse los objetos amontonados. Con mis amigos nos reíamos de la vieja loca. Su incapacidad de desprenderse de las cosas, por más inútiles que fueran, su necesidad de atribuirle un valor imprescindible a cada baratija que adquiría, se había transformado en lo único importante de su vida. Todo objeto tiene un valor incalculable, dije yo después de horas de silencio, y vos me miraste y sonreíste.

Cuando la luz de la tarde empezaba a retroceder y las sombras de los muebles se hacían más débiles, pusimos todo en unas enormes bolsas verdes que compraste esa mañana y bajamos los treinta y cuatro escalones del edificio para tirarlos en la volqueta de la esquina, sin saber a dónde iría a parar aquel buzo rojo que yo te había regalado, los papeles de mi ciudadanía en Brasil, la foto que nos sacamos en aquella playa del sur de Chile. Cuando volvimos a subir al apartamento nos pareció un lugar lleno de espacios vacíos, como lo que quedan después de una inundación.

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Gonzalo Baz nació en Montevideo, en 1985. Es librero y escritor. En 2016 fundó, junto a Daniela Olivar, la editorial artesanal Pez en el hielo. En setiembre de 2017 publicó su primer libro Animales que vuelven.
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