Pichón

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©Ana Strauss

Manuela mezclaba pastos, hojas y agua en un rincón del jardín. Me pidió ingredientes y le alcancé la harina que me había sobrado del pan que amasaba. Mezcló hasta formar un engrudo verde. Seguí mirándola por la ventana mientras estiraba la masa.

Ponía el pan en el horno cuando Manuela me llamó con un grito agudo. Salí sin limpiarme las manos.

Manuela empujó al gato y le gritó.

―¿¡Qué hiciste, Miu!?

Miu tenía un pichón entre sus dientes. Lo soltó junto a los pies descalzos de Manu que no entendió la ofrenda. El gato empujó el pajarito hacia nosotras con una de sus patas. El pichón tenía la piel arrugada como un viejo, apenas unas plumas grises y húmedas. Los ojos cerrados. Recordé haber encontrado uno igual en mi infancia, bajo la sombra de un eucaliptus. Aquella vez sostuve el cuerpito con las dos manos y busqué entre las ramas hasta que encontré el nido; demasiado alto.

Di un pisotón junto a la cola de Miu y grité imitando maullidos feroces para espantarlo. Retrocedió sin dejar de mirarme, saltó hacia el muro en silencio y desapareció.

―¿Está muerto mamá?  ¿Lo mató?

―Los gatos son cazadores, Manu.

Fui a buscar una bolsa para levantarlo. La cabeza cayó flácida hacia el costado. Era apenas más grande que mi pulgar. Con la mano libre acaricié a Manuela.

―Vamos a enterrarlo ―me pidió.

Hicimos un pozo en el mismo sitio en el que habíamos enterrado a la tortuga. Tiramos el cuerpito en el hueco y lo tapamos con tierra. Manu quiso marcar el lugar con pequeños cantos rodados. Tuvimos que cepillarnos un largo rato para sacarnos la negrura de las uñas.

Mauri llegó tarde a buscar a Manuela. Apenas se fueron, agarré la cartera y cerré la puerta. Cuando encendí el auto sonó Paco Ibáñez y me pregunté por qué me olvidaba de cambiar de disco. Hacía dos semanas que Óscar lo había puesto. “Cuando yo era pequeño/ siempre estaba triste/ y mi padre muy serio/ y moviendo la cabeza/ me decía: hijo mío/ no sirves para nada/ me decía: hijo mío/ no sirves para nada”. Bajé el volumen hasta silenciarlo. Me distraje mirando la gente que caminaba por la rambla. En el cielo se dibujaban nubes enormes como explosiones, pero calmas de tan blancas. Atrás, un Fiat rojo me hizo señas con las luces. Me moví hacia el carril de la derecha y  enseguida volví a la izquierda. Prefiero ese lado, me gusta sentirme cerca del mar.

Estacioné en Río Branco. La gente caminaba apurada. Saqué el celular. Esquivé baldosas flojas. Marqué cuatro, seis, seis y saqué la cuenta: faltaban cuatro horas para  las seis, doscientos cuarenta minutos. Marqué. No quería que me multaran otra vez. En la oficina tenía varias tareas pendientes. Empecé por las urgentes.

En la tarde, mientras tomaba un té con Camila y Graciela, una polilla negra revoloteó sobre el termo, rozó los papeles del escritorio y chocó contra la pantalla de la computadora.

―¡Una polilla negra! Anuncia muerte ―dijo Camila.

―¿Lo qué? ―preguntó Graciela.

―Las polillas negras anuncian muerte ―insistió Camila―. Me contó mi abuela.

Escuché la premonición como una sentencia. El sueño de los panqueques había sido muy vívido: los deseé, su olor dulzón a canela y manzana se volvió sabor nítido. Solo cuando estuve embarazada de Manuela había soñado con tanta intensidad. La polilla se me metió en la cabeza y sus aleteos hicieron que las voces de Camila y Graciela, mientras discutían sobre supersticiones, se volvieran lejanas. Volvió la imagen del pichón entre los dientes de Miu. Moví la cabeza para espantar a la polilla, los panqueques y el pichón.  Recordé el día del cumpleaños de Pablo. Óscar le había regalado una bicicleta sin rueditas, insistía con que a los diez años ya tenía que empezar andar solo. Era anaranjada, tenía luces, espejos y hasta una campanita de las que yo quería tener cuando era chica. Los brazos de Pablo eran dos ramitas sosteniendo el manubrio. Óscar agarraba la bici del asiento y Pablo le pedía que también sostuviera el manubrio. La bici tambaleó. Pablo dio un grito asustado. Óscar sostuvo la bici y logró que no tocara el piso.

―¡No me grites! ―dijo Óscar.

―No te grité. No me sueltes ―pidió Pablo enrojecido, temblando, con los ojos redondos.

―Sí, me gritaste. Hablame bien o nos vamos ―insistió Óscar.

Pablo se aferró al manubrio. Colocó los pies en los pedales, las piernitas dudaban.

―Sosteneme ―dijo mirando a Óscar.

―Mirá para adelante porque te vas a caer.

―Sí, pero no me sueltes.

―Te dije que miraras para adelante.

Pablo giró los pedales y la bici se puso en marcha. Óscar sostenía el asiento y el manubrio, pero la bici se tambaleaba. Varios metros adelante había un banco y Pablo volvió a asustarse.

―Hay un banco.

―Esta re lejos, mirá para adelante, te dije.

―No me grites, así no voy a aprender nada, sos un malhumorado.

―Ahora es mi culpa.

―No sé por qué me regalaste la bicicleta.

―Tenés razón, llevala a la casa de tu madre y que te enseñen allá.

Manuela ya tenía un padre y eso me tranquilizaba. Dudé varios meses cuando pensamos en vivir juntos, las diferencias en el trato de los chiquilines podían ser un problema. Y lo fueron. Me sentí madura cuando pensé que podía quererlo solo como hombre.

Cuando salí de la oficina fui directo a la farmacia.

***

Óscar me esperaba con la cena lista, a él le gustaba cocinar. Pablo jugaba minecraft y Manuela lo miraba. Los saludé a todos y fui al baño. El operativo me era familiar. Manuela se había tomado dos años en aparecer y en ese tiempo fue mucha la tristeza. Me acordé cuando Mauri, siete años atrás, saltó de alegría con el aparatito en la mano y nos abrazamos junto a la estufa a leña. Abrí el envoltorio. Tendría que haberle contado a Óscar. Mientras hacía pichí escuché a Manuela festejar el juego de Pablo. Escuché a Pablo preguntar qué íbamos a cenar, y a Óscar responder: milanesas con puré, ¿no sentís el olorcito, pichón?

Esperé los minutos indicados y miré.

Me pesó el cuerpo.

Esbocé una sonrisa que a mitad de camino se descompuso. El horror y la alegría se cachetearon en mi pecho.

―Óscar ―llamé.

―¿Qué?

―Vení.

―¿Todo bien?

―Sí, vení.

Le di el aparato. A Óscar se le desinfló la cara. Se arrugó como para llorar o gritar. Me miró con incertidumbre. Solo pude decir cosas prácticas igual que cuando murió mi padre y cuando tuve que mudarme sola y cuando se murió mi abuela un día antes del festejo de un año de Manuela. Quería desplomarme, que Óscar me sostuviera, pero no pude. Nos abrazamos tensos.

En el living, los niños reían.

―Ahora es legal ―dije, como si se trata de una gestión.

―¿Cómo pasó?

La ingenuidad de la pregunta me irritó.

―¿Estás segura?

―Sí.

―No es fácil…

―No.

Le dije que hacía poco vivíamos juntos, que los niños se estaban adaptando, que no quería empezar de nuevo ―así lo dije, empezar de nuevo―, que trabajaba muchas horas y que iba a tener que postergarme. Pensé que no quería tener un hijo con él, que íbamos a terminar separándonos.

Los niños reclamaron la cena desde el living.

Antes de acostarnos jugamos los cuatro al trivia junior. Óscar se lo había regalado a Pablo para el día del niño con la intención de sacarlo de la computadora. Era la primera vez que Manuela jugaba. Óscar llamó quesitos a los triángulos, a Manuela le pareció mejor nombre doritos, Pablo y  yo elegimos  decirles pizzetas.

Esa noche, cuando apoyé la cabeza en la almohada, pensé en mi madre. Me repetía: mamá, mamá, mamá, mamá, como si al nombrarla me acunara. No le iba a contar. No quería preocuparla, desde chica había desarrollado la costumbre de resolver todo sola. Miren qué bien hace los deberes su hermana, no molesta, les decía a mis dos hermanas menores que me miraban con rabia y no sabían que yo había recibido unos cuantos cachetazos por borrar las primeras cursivas.

Sola estaba a salvo.

Lloré en silencio. Óscar percibió los espasmos y apoyó una mano en mi hombro. Sentí la tibieza y respondí. Los dedos se trenzaron en silencio. Pensé en mi padre, en mi tía y mis abuelos. Los invoqué, como si creyera, para que me acompañaran. A los muertos podía pedirles.

***

Cuando terminé con los platos pasé la esponja por la pileta hasta que brilló. Una mancha negruzca, redonda y gruesa, insistía en un azulejo. Cambié de esponja y apenas logré rasparla. Pasé la uña y luego probé con la punta de un cuchillo. Solo agarré la cartera y salí cuando ya no quedaba nada. Encendí el auto y volví a bajar el volumen por completo.

Estacioné en Río Branco. Saqué el celular. Marqué cuatro, seis, seis y saqué la cuenta. Crucé 18 de julio. Miré a los transeúntes. Ellos no saben nada de mí, pensé; no saben si estoy cansada porque no pude dormir o si ando contenta porque este mes pagué todas las cuentas, no saben si voy a un velorio. Me detuve en el cuerpo encorvado de una muchacha de piel tensa, tatuaje alrededor del ombligo y short. Tampoco yo sabía nada de toda esa gente.

En la oficina no hubo té. Me aboqué a terminar un par de vencimientos cercanos. Un cliente llamó apurándome pero no me incomodó, respondí con amabilidad, como siempre, a pesar del desgano. Esa tarde vinieron las nauseas y decidí pasar por la emergencia a la salida. No podía esperar un día entero para ver al ginecólogo. El tiempo corría como el corazón de un niño. Necesitaba volver a la normalidad, a alguna normalidad.

A las tres llamó Mauri para decirme que tenía una reunión y no podía ir a buscar a Manu a la escuela.

―No podés avisarme a esta hora.

―Perdón, no me di cuenta.

―No puedo salir antes hoy. ¿Hablaste con tu madre?

―Anda fatigada y no la quiero sobrecargar, pensé que podía ir la tuya.

―Llamala vos.

―Bueno.

―¿Y después?

―¿Después qué?

―¿La vas a buscar a lo de mi madre?

―Pensé que ibas vos.

―No pienses, decime.

Al salir de la oficina caminé unas cuadras por 18. Tenía que comprar una camiseta lisa, de manga larga, para la fiesta de inglés de Manuela. ¿Por qué era tan difícil encontrar algo tan sencillo? Todas tenían algún estampado. Después de recorrer varias tiendas encontré dos: una roja y otra celeste. Agarré la roja y en ese mismo momento la volví a colgar. Si a mí me gustaba la roja seguro Manu prefería la celeste, ella era muy clara en sus elecciones.

***

La emergencia estaba llena. Saqué el número noventa y ocho cuando llamaron al sesenta y uno. Pensé en irme. Lo mío no era una emergencia. Llamé a Óscar y le avisé que iba a demorar. Necesitaba empezar para terminar lo antes posible. Abrí un libro y recorrí las páginas sin leer. Las líneas se estiraban como elásticos donde rebotaban mis pensamientos. Buscaba palabras para decirle al médico. Repasaba opciones. Me dolía el pecho hasta la punta de los dedos.

Después de dos horas me atendió un hombre grande, de manos morenas y gruesas. Era un oso de sonrisa amplia. Le expliqué como pude.

―¿Cómo se cuidan?

―Preservativos ―dije y en mi cabeza apareció Óscar acabando, mis manos aferrándose a su espalda traspirada, la nuca, el olor.

―Si el test le dio positivo, seguro es positivo. Esos aparatitos no fallan, pero ya que está acá le voy a mandar un examen de orina.

Pensé en preguntarle cuáles eran los pasos a seguir mientras lo miraba en silencio.

―Le conviene irse, si espera el resultado del examen va a tener que esperar dos horas más.

El oso me estiró la mano enorme, no me felicitó ni me dio el pésame.

Al otro día Óscar me acompañó a la consulta. Se mantuvo a mi lado en la sala de espera. Contarle a Olivera no me pesaba tanto. Ahí viene la rubia Manuela, había dicho cuando apareció la cabecita de Manu, segundos antes de que la viera rodeada de luz y la apoyaran en mi pecho. Y las palabras de bienvenida me salieran solas, una tras otra, como si siempre hubiese sabido qué decir en ese momento. Mauri lloraba y nos abrazaba. Olivera me escuchó con respeto.

Salí con un abanico de recetas y formularios. Tenía que sacar hora para la ecografía y el examen de sangre antes de ir a la reunión con el comité evaluador, eso iba a llevar una semana al menos.

El examen de sangre fue como muchos otros. La ecografía no. Esperé rodeada de embarazadas. Una niñita rubia correteaba por la sala mientras su papá la llamaba, su mamá sonreía con ternura y se agarraba la panza redondísima. En la televisión había un programa de chismes. Me contenía para no hacer repiquetear mis pies contra el piso. Óscar leía a mi lado. Cuando entré le dije a la ecógrafa que no quería ver ni escuchar. Me miró con una amabilidad tranquilizadora. Me acosté y abrí las piernas. Las pantallas estaban encendidas. Giré la cabeza.

Toda esa semana trabajé sin descanso.

***

El comité estaba integrado por una psicóloga, una asistente social y un médico. Ellas me saludaron y me ofrecieron un asiento al otro lado del escritorio. Se sentaron con lápiz y hoja. El médico nunca se movió de su sitio frente a la computadora. El interrogatorio comenzó con cuestiones generales sobre mi salud y se volvió progresivamente íntimo. Tuve que contarles sobre Manu, narré mi nueva vida en familia con Óscar y Pablo, les dije de mi trabajo, mi necesidad de estabilidad en ese momento. Reiteraron preguntas como si quisieran descubrirme mintiendo. El hombre registró todo. Al final de la entrevista volvieron a preguntar.

―¿Está segura?

―Sí.

Anotaron.

―Nos vemos la semana próxima ―dijeron casi a coro y estiraron una mano cada uno.

―¿Cómo? ―pregunté mientras miraba las tres manos que buscaban despedirse y yo no sabía qué hacer con las mías.

Era obligatorio dejar pasar una semana más. Una semana de reflexión para asegurar la decisión. Una semana extra de espera. Una semana más de náuseas, de repetirme mamá, mamá, mamá en las noches, de pedirles a los muertos que me acompañaran.

Óscar me esperaba afuera. Como no lo había invitado a entrar conmigo pensó que no quería que él pasara y se enojó. Yo creí que si quería entrar tenía que haberlo dicho. Peleamos todo el camino de regreso. Llegamos a casa y preparé un té en silencio.

―Hay que esperar una semana más.

―¿Qué?

―Que hay que esperar una semana entera y recién ahí me dan las pastillas.

―¿Por qué?

―Porque lo dice la ley.

Tomé un trago largo de té.

―Tranquila, todo va a estar bien ―dijo Óscar apoyando la mano en mi hombro.

―¿Cómo sabés?

―Va a pasar rápido.

―No, no va a pasar rápido. Una semana, ¿entendés?, una semana entera. No quiero, no quiero, no quiero.

Óscar agachó la cabeza.

Hubiese preferido que él también se desesperara. Que puteara contra la maldita precaución de la semana de reflexión, que dijera que las generalizaciones siempre son una mierda, que cada caso es un mundo y cosas así.

***

En la segunda semana las nauseas se instalaron, el mal humor y el asco enraizaron en mi cuerpo.

Me volví intolerante.

En varias ocasiones me imaginé parada, de perfil, vomitando Oscarcitos. Caían desde mi boca en cascada como hombres de Magritte, pero sin paraguas. Todos con ropas grises. La imagen se repetía como un gif.

Las conversaciones subieron de tono en una escalada de reproches, defensas y ataques. Porque vos, porque vos, porque vos, porque vos. Solo podíamos vernos los horrores mutuos como si se tratara de la totalidad.

A veces esperaba que Óscar me abrazara, pero yo no podía abrazarlo.

En la oficina casi no hablaba. Trabajaba, trabajaba, trabajaba.

Varias noches el cansancio y las nauseas me tumbaron.

***

Decidimos estar solos ese fin de semana. Tranquilos. Pablo con su madre y Manuela con su padre. A la mañana me puse las pastillas en la boca y me senté en la computadora a corregir cuentas. El día de mi primera menstruación ordené todo el cuarto mientras mi madre fue a comprar adherentes. Tendí mi cama y la de mis hermanas, pasé un trapo por la cómoda. Acomodé los cuadernos del liceo. Era domingo. Me acuerdo con claridad porque había venido a almorzar la abuela Gregoria, que empezó a mirarme distinto y me dijo que ya era mujer, que me iba a doler, que la sangre molesta. Después de ponerme el primer adherente, parecido a un pañal, me senté frente a la tele. Era temprano y miré Cine baby hasta que terminó. Me imaginé chorros de sangre recorriendo mis piernas si me paraba. Me quedé sentada mirando Vértigo, un programa que detestaba.

Cerca de medio día Óscar me preguntó si quería almorzar. Resolvimos hacer algo sencillo, unos fideos. Puse a calentar agua y volví a la computadora. Recién cuando terminé fui hacia la olla. La espuma del hervor dibujaba una bailarina de pollera amplia. La vi transformarse en una niña con una gran capelina. Luego se volvió nube, círculos que se alargaban. Óscar me abrazó por la espalda y sentí que lo quería mucho. Me gustaba que él me sorprendiera. Me acordé de la primera vez que cocinamos juntos. Cortaba perejil cuando Óscar enlazó sus brazos en mi cintura y apoyó la cabeza en mi hombro. El aroma del perejil nos envolvió. Le conté mi recuerdo, para él era igual de nítido. Puse los fideos y nos alejamos del calor de la olla. Elegimos el sillón. Me acurruqué, dolorida, en la falda de Óscar. Cerré los ojos y corrieron lágrimas.

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Virginia Mórtola nació en Montevideo, en 1975. Egresada de la facultad de psicología de la Universidad de la República. Desde hace unos años coordina talleres de escritura para niños y adolescentes en distintos espacios de Canelones y Montevideo. Es máster en Libros y Literatura infantil por la Universidad Autónoma de Barcelona y docente de Literatura infantil en la Universidad Católica. Actualmente coordina el taller de escritura para niños Bosque de Palabras.
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