El sonido de los perros

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©Adriana Hernández Zárate

Escucho cómo mis vecinos ponen el mantel, los vasos, platos y todo sobre la mesa. Se aprontan para la cena y yo sé que les gusta que sea de esa manera. Abro la puerta para que entre el aire de la mañana y puedo ver la sombra de nuestras casas reflejada sobre la vereda; alguna vez deben haber sido una sola, pero ahora son varias, y las fachadas están unidas como nuestros techos: la claraboya quedó de su lado y eso me genera envidia porque también se quedaron con la luz del día. Una reja sobre nuestro tejado marca los límites, y yo sé hasta dónde puedo colgar la ropa. Los perros ya están ladrando sobre el techo y eso nos perturba a todos, principalmente a ellos que se aprontan para dormir. Es difícil tener vecinos con el sueño cambiado.

Recién está saliendo el sol y la horda de animales corre como si hiciese rato que están despiertos. Capaz que sí; capaz que hace rato amanecieron y no precisan del sol. Yo saco la ropa de la lavadora y me dispongo a colgarla. La lavadora está en el baño, al lado de la cocina, detrás del pasillo, detrás de todos los cuartos. Cargo con las prendas empapadas sobre el latón verde hasta que alcanzo las escaleras que se dirigen al altillo, el latón pesa pero yo lo apoyo sobre el hueso de mi cadera para que sea más fácil. Las escaleras para llegar al altillo son altas, y lo suficientemente empinadas como para tener que ingeniármelas para no caer. El altillo es una pieza pequeña, trepo otros escalones para alcanzar la puerta de la azotea. Es una trayectoria larga en donde solo puedo pensar en la cara de los perros, en las lagañas prendidas a sus ojos, en sus hocicos apretados entre los agujeros de la reja, y en la reja empañada por el aire que sale de los agujeros de su nariz. Estos son los momentos en que me cruzo de forma más cercana con ellos; son fieras dándose uno contra el otro, moviendo sus largas colas. Entonces me ven y callan, como si mi sola presencia provocara en sus vidas silencio. Les molesta que esté allí, preferirían que no hubiera nadie, están del otro lado de la reja, pero aun así les molesto. Me miran, observan cómo tomo la ropa de la palangana, cómo sacudo la ropa para que quede menos arrugada y pongo los palillos. No son capaces de ladrarme nunca, ni siquiera cuando puteo porque la toalla roja destiñó, ni siquiera cuando eso. Pienso que tienen un secreto, que hay algo que no puedo saber, por eso prefieren no emitir ningún sonido, por miedo a terminar hablando de lo que nunca deberían haber dicho. Sostengo que sus dueños saben cuando estoy en la azotea, porque sus perros callan.

Es invierno y la ciudad asiste nuevamente a la oscuridad, a las noches largas, al frío. Me dispongo a tomar café, entonces escucho del otro lado de la pared la máquina de depilar encendida y luego el secador de pelo, escucho  toses y me imagino que la mujer de al lado, mi vecina, está tosiendo frente el espejo del botiquín mientras se seca el pelo; imagino que puso su mano sobre la boca a la tercera o cuarta tos y pienso que es una persona de buenos modales. Escucho los pasos de su marido, y deduzco que para ellos ya es la hora de acostarse, son las ocho de la mañana y la noche fue larga. Se siente el sacudir de la cama y las patas que pegan contra el suelo, porque el piso es de madera, y el roce de las frazadas, y los perros que ladran y la heladera que enciende su motor, y yo que subo y bajo la taza de café que golpea suavemente sobre la mesa, y después solo el ladrido de los perros. Es difícil tener vecinos con el sueño cambiado.

Me dispongo a comprar algo para comer, porque nunca me basta con el café. Mi estómago tiembla y siento que es una parte de mí que no cuido demasiado. Todavía es temprano y los almacenes de la vuelta están cerrados. Recorro las manzanas cercanas y encuentro una casa en una esquina con un cartel torcido que dice Panadería. Entro, no sé por qué tengo miedo de morir. Lo siento en el pecho, en el sudor de las manos. Consigo lo que necesito y cargo con las bolsas de nylon blanco a punto de reventar, hasta mi casa. Escucho los ladridos de los perros, y es mi llave en la puerta lo que los atrae; miro hacia arriba y veo que se paran en el límite del techo, como si la posibilidad de caerse no existiera. Les grito cucha, desde abajo, porque tengo miedo de que se caigan, tengo miedo de ver cómo mueren, y les vuelvo a gritar cucha, pero los perros parecen querer matarse, por lo que me apuro y entro a la casa para no verlos más. Dejo las bolsas y me dirijo hacia la pared que da directo al cuarto de mis vecinos, y los insulto, les digo que son unos irresponsables, que tendrían que estar despiertos para ver lo que estos animales hacen. Cuando termino de decir todo escucho los ladridos. Pongo música. Siento que molesto a los de al lado que todavía duermen, que uno de ellos se levanta, abre la canilla y bebe agua. A mí me pasa lo mismo cuando no puedo dormir, bebo agua en la noche para apagar los ruidos, para ver si algo cambia, pero nunca se callan. No sé por qué pero me siento con más autoridad que mis vecinos para molestar, creo que es porque yo duermo en el horario que todos duermen y ellos no.

Necesito volver a salir y solo espero que los perros no vuelvan a posarse sobre el borde del techo, intento hacer el menor ruido con la llave en la puerta para que no me escuchen, y salgo y miro para arriba, y no los veo. Los engañé. Necesito terminar de hacer todas las cosas que tenía pensado hacer hoy. Entro en el local donde se pagan cuentas, me siento frente a la señora que me llama y me dice que pase por acá, me dice también que hace calor, y tiene razón, es increíble cómo el suelo hierve, y es invierno, y la transpiración queda entreverada entre todos los buzos. La señora me pide que le acerque el ventilador y lo encienda y yo solo respondo a su pedido porque no sé de qué otra forma reaccionar, aunque no estoy de acuerdo con eso, siento que puedo llegar a enfermar por culpa del ventilador. El calor es asfixiante, y la señora se pone el ventilador para ella, lo que me parece apropiado, a mí me sudan las manos, y tengo las orejas rojas, es el calor asfixiante del que tiene miedo, miedo porque no sé cuánto dinero tendré que darle a la señora con el ventilador encendido. Estoy deseando que mueva su boca dictaminando la cifra, estoy deseando saber si la plata que traigo me alcanza o no.

Escucho por la calle cómo un hombre dice en voz alta que cuando tenés hambre te pasás por los huevos el acompañamiento espiritual, y en realidad no entiendo lo que quiere decir, pero lo veo, y veo que sostiene la correa de un perro dorado entre las manos, y veo al perro y me mira, como buscando alguna palabra dentro de mí pero no le digo nada, porque no tengo nada que decir.

Los perros de la azotea del vecino me esperan sobre los bordes del techo, me molesta, y ya entro a mi casa con rabia, angustiada por saber que alguna vez veré cómo uno de ellos cae. Golpeo la pared con fuerza, para que mis vecinos despierten, para que sepan que algo está sucediendo. Golpeo la pared y sin querer mato a un mosquito, pensé que ya había terminado con ellos la semana pasada. La ropa en la cuerda ya debe estar seca y salgo a buscarla, siento cómo a los perros les pesa mi pisada sobre las escaleras, cómo ladran con todo lo que tienen adentro cuando estoy abriendo la puerta y cómo callan cuando me ven. Cada vez son más y eso me preocupa. Me acerco a uno de ellos, pongo mi mano sobre su hocico y le murmuro, está todo bien, estoy de su lado, y el perro mueve su cara y la corre. Toco mi ropa y aún sigue húmeda.

La otra tarde encontré restos de comida sobre el escalón de la puerta de entrada de mis vecinos; a mí me pareció que esa comida no estaba para desechar y pensé que sería una trampa para mí o para las palomas, no sabía. Esa misma tarde pude observar la casa de mis vecinos por dentro, la puerta estaba abierta, y pude ver el laberinto, primero un garaje, detrás del garaje la cocina, detrás de la cocina pude alcanzar a ver un cuarto, todo eso que rodea mi habitación. Compartimos paredes y eso me asusta.

A veces pienso que estoy sola en esta casa, pero no, están ellos. Miro la mosca que aletea sobre el aire húmedo, veo cómo va de un lado a otro, como si a diez centímetros chocara con una pared, y luego con otra, y con otra, está atrapada, pobre, quién sabe cuáles son los ruidos que la aturden, para estar así.

Hay algo extraño en nuestras tardes de casas pegadas. Es extraño cómo los de al lado abren la claraboya cuando cae el sol, para absorber solo el último sorbo de luz  y cómo los perros rodean el agujero de la claraboya abierta. Posan sus dos patas, levantan el lomo, y aúllan, aúllan a los que están adentro, le aúllan al sol que se oculta. Ahora que estoy frente a ellos, contra las rejas, miro escondida ese rito de perros al borde de todo, los miro con ojos de perro que quiere pasar por encima de esa reja, los miro y grito, grito y callan, apretando sus lenguas entres los colmillos, dejando que la baba se desparrame por su boca pegada, y caiga silenciosa al suelo. Pienso que ahí dentro está el secreto que no pueden contarme.

El jueves llamé a Claudio para que viniera a dormir conmigo. Es una de las pocas personas que puede venir a dormir acá, él conoce perfectamente los ruidos y los lamentos que se escuchan en esta habitación. Claudio usa siempre su mismo saco color café que le llega a sus tobillos,  zapatos negros, y unos anteojos pequeños que le aprietan el caballete; siempre pensé que debía usar lentes de un talle más grande. Tiene la nariz ancha, una cara fina y larga y manos tiernas.

Hacemos el amor y después dormimos, nos gusta esa rutina que inventamos para nosotros a pesar de lo que sentimos, si nos hubiésemos dejado llevar por las emociones nunca nos hubiéramos abrazado para dormir. Esa noche mientras el viento sacudía las hojas sobre el techo y los perros corrían tras ellas, Claudio me pidió que pusiera mi cuerpo sobre su cara para que pudiera lamerme, y mientras él me lamía yo golpeaba la pared con mi puño, porque me gusta la lengua de Claudio y porque me gusta que los de al lado lo sepan, y el viento sacude y quiebra las ramas de los árboles, y las frazadas se rozan, yo me sacudo sobre la boca de Claudio y el viento y yo gritando y los perros que ladran sobre la azotea. A veces pienso en él cuando no está conmigo, pienso en su cara de hombre triste.

Ahora que estoy sola dentro de la casa y es de noche, puedo escuchar, del otro lado de las paredes, máquinas, taladros y martillos; es la hora en que mis vecinos viven. Me dispongo a espolvorear la polenta en el agua que hierve, echo el polvo y giro con la otra mano la cuchara, el agua queda espesa, la heladera enciende el motor, y el termofón su luz roja, y la polenta hierve, y los perros ladran, y es tanto lo que hierve que explota en globos que nunca llegan a completarse porque revientan antes, y veo entre toda esa pasta amarilla el final del recipiente y pienso en mi piel reventando, en mi estómago supurando, y bajo el fuego hasta apagarlo. Y los perros que siguen ladrando, deben olfatear comida digo en voz alta, y escucho los pasos sobre el piso de madera del otro lado de las paredes, y el sonido de los muebles que se arrastran por el piso, como queriendo perforarlo, y ya casi alcanzamos la medianoche, y la luna se aleja y los perros siguen ladrando, y oigo las toses, y los mosquitos que salen por debajo de mi almohada; entonces prendo el ventilador, no importa que sea invierno; los perros corren, siento sus pisadas, siento que están preparados para hurgar entre mis cosas. Entonces rasco la pared con las uñas hasta que queden blancas. Necesito saber qué hay del otro lado, solo eso necesito,  pero me rindo, porque la pared es dura, como la luna, que es dura también.

Subo, quiero escuchar a los perros de cerca, ver qué hacen, cómo mueven la cola cuando llega la medianoche, ver cómo la luna se aleja y no le importa dejarnos sin luz acá abajo. Subo y los perros se sacuden sobre el agujero de la claraboya, del otro lado de la reja. Hace frío, siento qué mis huesos tiemblan, me duele el cuerpo, y veo cómo los perros se organizan para que sus ladridos suenen alternados, para que el frío no toque sus gargantas. Hoy también espero a Claudio, pero él es lento, cada paso que da deja una marca en el suelo, en las paredes, ese líquido agrio que nace de los poros de su piel y que siempre mancha el resto de la vida. Es lento, y llega siempre después de las doce, porque dice que a esa hora recién calma el sol y el aire se respira fresco. Yo ya sé que hoy será una noche de esas en las que no duermo, sé que Claudio llegará mucho después de lo que a mí me gustaría que llegara. Él ya debería estar acá, tendría que haber llegado antes de que yo subiera a la azotea. Pero no. Los ladridos sobre el agujero de la claraboya continúan, se mezclan con el frío, y hacen que mis huesos se quiebren de dolor. Me arrastro por el piso, para poder seguir observando, la idea de alcanzar el agujero y ver hacia dentro de la casa de mis vecinos me persigue. Un perro alcanza a mirarme, y sigue ladrando, me sorprendo porque sigue emitiendo sonidos, pienso que no le importa que yo esté ahí, debe ser por la noche, por eso no calla cuando me ve. Claudio no llega y ya es la una, hay cosas a las que hay que acostumbrarse. Me arrastro por el suelo hasta llegar a la reja, trepo en silencio para que los perros no me vean, pero sus miradas me cruzan y les soy indiferente, eso me entristece; sigo, camino en cuatro patas, porque una persona erguida en el techo del vecino puede ser sospechosa, los perros me atraviesan, se pechan conmigo, no me reconocen. El más alto de la manada se para frente a mí y me ladra, lo miro, y me sigue ladrando, intenta comunicarse conmigo, pero no entiende que yo no soy como ellos. Me empuja con su hocico hacia el agujero, siento el miedo asfixiándome y grito arrepentida de estar ahí, pero el perro me sigue empujando, quiere obligarme a ser parte del secreto, de sus noches oscuras; es demasiado tarde, pienso. Cruza un gato y lo miro con odio como lo hacemos todos acá arriba. Camino en cuatro patas, extraño los ruidos de mi cuarto. Las rodillas me arden. La avalancha de perros me empuja hacia el agujero de la claraboya. Escucho el timbre, las palmas de Claudio sonando. Llegó. El timbre vuelve a sonar, dos veces, tres. Me gusta que haya venido, aunque ya es demasiado tarde. Coloco mis manos al borde de la claraboya de mi vecino y, antes de bajar la cabeza, miro el cielo oscuro y quiero aullar, gritar algunas palabras, miro hacia abajo, y veo una mancha negra, oscura como la noche y ya no distingo entre el cielo y la casa de mis vecinos. Claudio vuelve a tocar el timbre, está esperando encontrarme, zambullirse en mis sabanas. Quiero levantarme, correr hacia él, lanzarme dentro de  sus brazos, decirle que lo quiero. ¡Ya va!, intento gritarle, pero las palabras no me salen. Alcanzo el borde del techo, algo de lo negro se impregnó en mis ojos en forma de mancha, camino como si estuviese encandilada, y logro ver a Claudio allí abajo, golpeando la puerta, gritando mi nombre, es tan lindo. Pongo mis  manos sobre el límite del techo. Creo que ya no tengo miedo a caerme.

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María Eugenia Trías nació en Canelones, en 1990. Poemas suyos fueron publicados por el concurso de poesía Pablo Neruda y el cuento Mi amiga Sandra con la editorial Pez en el hielo. Participó en los talleres de escritura de Fabian Severo y Apege.
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