La epopeya de las pequeñas muertes (fragmento)

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©Adriana Hernández Zárate

Esta la tengo preparada a medias; algo le voy a ir improvisando también. Sé que te va a gustar. Suena tu teléfono personal temprano a la mañana. Te extraña porque no esperás llamados. El número de la pantalla sugiere dígitos de otro país. Demasiados ceros al inicio, demasiadas cifras. Por un momento se te estremece toda la carne, pensando lo peor, como siempre pensamos todos acá en Applecore. La profanación y tráfico del cadáver de tu mamá hacia Egipto, por ejemplo. La muerte de Albertina, de Valdemar o incluso mi muerte. La de tu papá no la supongo entre las posibles noticias funestas, porque no te importaría demasiado, porque no sabés con certeza si ya ocurrió o no, y porque nadie sabría ubicarte en el caso de que sucediera. O sí, porque con la fama de tus libros, ya todos saben quién sos y ningún periodista o investigador escatimaría de asociar a todos los viejos Pérez muertos con tu presunto padre, con tal de obtener un poco de crédito en la prensa y algo de dinero. El padre de Renato Pérez, el poeta prosaico de Applecore que ha traspasado barreras latinoamericanas y mundiales, ha muerto a sus noventa años. Se estima que el poeta no lo reconoce como progenitor ni quiere oír hablar de él. Ampliaremos. Bueno, no nos perdamos: el teléfono está sonando y aquel número ignoto de muchas cifras te hace estremecer. Atendés de una vez por todas, preparado para lo peor, cuando te avisa una voz, con un español espantoso, que ganaste el Premio Nobel de Literatura. Dejás caer el teléfono de tu mano blanda y estúpida, llorás hasta adelgazar siete kilos y el día del recibimiento te ponés tu mejor traje, y desplegás los papeles que te servirán de discurso.

Hace muchos años, un niño oía con meticuloso interés las historias que le contaba su niñera. Ella le narraba en segunda persona, una apelación directa que convertía al niño en protagonista de cada historia: fue bombero, rey, atleta y muchas otras cosas. Y ese niño era yo. Mientras duró mi infancia, cultivé la imaginación y la paciencia, habilidades que me facilitaron el acercamiento a la lectura. Los versos de William Blake me fascinaron, me hicieron figurarme una poiesis disparatada y obscena en la que se escondiera, empero, toda la belleza del mundo, como en un juego de superposiciones de contrarios que en vez de excluirse se incluyen para lograr la comprensión y el disfrute de esa artimaña porosa que llamamos realidad. La desmesura discursiva del Faulkner de El ruido y la furia me terminó de convencer de la posibilidad dialógica que puede intercalarse, sin una sintaxis rigurosa, dentro de la propia narración externa, como la fusión de narrador y personajes en una sola entidad parlante, conteniendo todas las voces de los tiempos y los pueblos, como una mitología inconmensurable; la extravagancia y riesgo de los versos de Ezra Pound, las identidades múltiples de Álvaro Figueredo y de Fernando Pessoa, el culto versátil e inacabable del soneto de Francisco de Quevedo y de Jorge Meretta, la obra perdida del Archiduque de Applecore. Todo esto es parte esencial de mis influencias, impulsos creativos enormes que me incentivaron a escribir. Y escribí. Escribí hasta que la mano se desangró de vacíos y de frustraciones; escribí hasta que la sonrisa se borró y vomité la comida que mi madre me brindaba con una generosidad sin parangón; escribí hasta que lloré mares de angustia y los sequé de impotencia para volverlos a llorar; escribí la falta de lenguaje y de mundo que hay en el lenguaje y en el mundo, porque la falta y el deseo son una moneda de dos caras girando tan vertiginosamente que solo logramos visualizar la cara más evidente; escribí hasta que el suburbio de mi alma de desfondó y a la vez se desbordó de rostros y enunciados ocultos, mágicos, putrefactos; escribí, en fin, hasta ser yo y perderme en mí. Muchas gracias.

El auditorio se colma de aplausos ensordecedores, vos eructás sin querer y te intentás convencer de que nadie lo oyó, para quedar más tranquilo. Luego volvés a eructar, una, dos, tres veces, y comienza a salir el vómito en una cascada imparable de versos y hamburguesas rancias, de estrofas, de rimas encadenadas y de fideos malolientes y trozos de duraznos machucados. Toda la gente vestida de gala comienza a flotar y a ahogarse en la tumultuosa liquidez, y vos te detenés luego de que todos hubieron muerto atragantados por tu sórdido contenido poético, y quedás solo, parado frente a un micrófono que se mantuvo de pie milagrosamente, frente a una multitud de cadáveres flotantes, y estás tan flaco como el esqueleto de un perro abandonado.

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Fabián Muniz nació en Montevideo, en 1988. Es profesor de Lengua y Literatura y periodista cultural del semanario Brecha. Ha colaborado, entre otros medios, en la Revista de Ensayos Prohibido Pensar, Relaciones, Revista Saga (Facultad de Humanidades y Artes de Rosario, Argentina), así como en los sitios web Proyecto Fósforo y Club de Catadores. Textos suyos han sido incluidos en varias antologías de Uruguay y Argentina. Su novela La epopeya de las pequeñas muertes ganó el Premio Gutenberg 2017, organizado por la Unión Europea y la editorial Fin de Siglo.
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