No hay nada más antierótico que el amor incondicional

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©Adriana Hernández Zárate

Algún día todos los vendavales van a tener otro nombre, cuando abra la ventana de mi cuarto y no sea el cementerio de mi perra el que reavive los relieves de la tarde; algún día el polvo va a tener la marca de tus dedos encima, aclarando la espesa tristeza troglodita de mi fallutaje.

Algún día me vas a encontrar tomando vino sola en la calle y voy a tener puestas las mismas medias que ahora, gritando cosas a las iglesias y anhelando haber sido criada con un Dios, cuando el Plidex finalmente deje de surtir efecto y todas las noches se hagan mantos interminables de desesperación amorfa; el acolchado con la marca de tus piernas pesará sobre las mías y la salinidad de tu beso no va a ser más que saliva condensada.

(En mis fantasías existía un apartamento y un sillón rodeado de ventanas y plantas. Teníamos un gato y a mi primo Nacho tomando vermut entre los almohadones.)

Todas las tardes van a ser vistas a través de un caleidoscopio arrugado, patrón infame de cada una de las metáforas usadas por tu ex novia; espero no ser jamás la única que te acune contra el pecho, espero no tener que cargar con la responsabilidad de ser a quien quieras.


 

Tratar de dormir con el ventilador prendido
y una
con las piernas abiertas
no pudiendo almacenar la pulcritud extrema de la soledad.
Me dije 1000 veces esto es lo que vos buscaste
panicosa,
asomándote por la ventana desnuda
cancelando citas bloqueando contactos
esto es lo que vos buscaste
dormir sola
desesperada por aprobaciones vacuas esto es lo que vos buscaste
Franco dijo
buscar pareja es buscar un aliado
pero yo solo combatí
para morirme
y que la culpa no fuera solo mía.


 

Que vuelvas
Que vuelvas
Que vuelvas
Que mil veces vuelvas
Que seas otro
Que aparezcas disfrazado de lo que quise
Lo que creí querer
Que vuelvas
Que seas de nuevo ilusión
Que seas de nuevo misterio
Que no te conozca
Que aprenda a conocerte de nuevo
Que dejes en la entrada los zapatos tu pasado tu necesidad de compañia que vuelvas
Que no seas ninguno
Que no duela la pérdida que termine siendo solo yo
Enfrentada a mí misma
No diciendo
Que sea otra que sea otra que sea otra
Que vuelva
Que sea solo yo
Desprovista de la ropa
De esta pollera
Que vuelvas
Que no seas nadie
Que te construyas todo a partir de mí

 


 

necesitás que me olvide, que te olvide, que me disuelva en la orilla de lo que fueron tus piernas, necesitás que tenga espacio, espacio entre las manos para dejarte resbalar y agarrarte de nuevo, espacio en mis días para que me uses como valija vieja, para escaparte un rato de la pena que es seguir estando con vida; necesitás, necesitás que me aleje, mascullando la letra de las canciones que dediqué a tu nombre, que me maquille de virgen y de puta, que me vista con la ropa marcada con tu semen; necesitás estar encerrado, para no romper nada, para no romper esto, para no romper mi espina y mis hombros, y la palabra suelta que tiene siempre impertinencia de adolescente; capaz cada tanto refrescás los muslos, las cicatrices, capaz cada tanto dejás que raye la locura y te adentrás en lo que supo ser nuestro lecho, para oler los restos de una pena demasiado antigua para poder acunar entre tus brazos; necesitás que te olvide, que haga con tus cenizas lo mismo que hice con mis pechos, que rasguñe el regusto que quedó de tu lengua en mi lengua, que me arranque la lengua, que me saque la lengua, que la pase por otros cuerpos, por otras bocas, que no vuelva a aparecer nunca más tu cara en las papilas; necesitás las horas para volverte enfermo, para volverte clínico, para tener que olvidar de a poco la caricia de pelambres féminos, famélicos, trancados entre los dientes, en las grietas de las piernas muertas; necesitás, necesitás de mí, todo, y cada tanto queda mi silueta marcada en el colchón de una plaza, pero nunca necesitás de mí lo que tengo, nunca necesitás de mí nada que no sea pura necesidad, nada que no sea sexo, que no sea compañía extraña, que no sea caricia a media noche, no me necesitás a mí entera, decidiendo convertirme en fernet a las cinco y media, en vómito con regusto a rosas, en muñecas sosteniendo tu cabeza llorosa yo nunca fui nadie, mi intimidad no es más que un juego, una piel extranjera disfrazada de confianza, y dejarme –¡como me estás dejando!— trabajando yo sola la soledad, la angustia, trabajando yo sola la sábana antigua, trabajando yo sola el labrado del ataúd de mi orgullo, desprendido de todo lo que puede ser mi alma, de todo lo que puede ser realmente este arrullo que te canto, de todas las perlas que van saliendo de mi boca, haciendo como si no me hubieses escuchado hablar de mi padre, de mi madre, de mis hermanos, como si no tuvieras escondido en el sótano el recuerdo de mi vida y de las muertes, necesitás que no sea nada, que sea solo mujer, que sea siempre solo mujer, con tu nombre trancado entre las paletas como orégano, como chanza, como repetición infinita de neurosis compulsiva, y desligarte de todo lo que fue jamás mi persona hasta que yo también lo haga.

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Isabel Retamoso nació en Montevideo, en 1995. Participó de la antología virtual de poetas ultra jóvenes En el camino de los perros. Colabora con el semanario Brecha y se pueden encontrar algunos de sus poemas publicados en el libro Slam FM editado por Estuario.
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