Por culpa de unos dobladillos

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©Adriana Hernández Zárate

Todo comenzó con una prosaica e innoble necesidad de dobladillos para unos pantalones. Sin embargo, hay que decirlo, es una necesidad que dista mucho de ser menor. Se me podrá objetar que bien haríamos los humanos en ocuparnos de cosas más importantes, y no andar por el mundo malgastando el tiempo en tales minucias; que los pantalones existen para abrigar las piernas o protegerlas del sol y a nadie debería inquietarle arrastrar los bajos del pantalón por el suelo. Puede que sea cierto, pero, sincerémonos, quizás haya unos pocos sabios que pasen de todo esto; no obstante, la inmensa mayoría somos víctimas del flagelo de los dobladillos. Porque hay un paso intermedio (y temerario, agregaría), y es el de quienes, aguja en ristre, se dicen a sí mismos que es inaceptable la sola idea de pagarle a alguien por algo que no puede ser tan difícil; así que arremeten la ingente tarea de hacerse ellos mismos los dobladillos. Coraje funesto que ha arrojado al Orco de la basura muchos valiosos pantalones para que fueran pasto de las fieras y de las aves. No, amigo, desengáñese, los dobladillos siempre le han de quedar mal: una pierna más larga que otra, los costurones de hilo blanco en tela oscura, si no el mal cálculo del largo que, una vez cortado, condena a esos preciosos vaqueros a la innoble condición de bermudas de jean desflecándose ininterrumpidamente hasta desaparecer. Además, quienes suelen ocuparse de estos menesteres son mujeres, en sus propias casas, sin un local comercial ni avisos en internet ni vidrieras con letras de neón; no, solo un tímido cartelito que dice modista colgando de la persiana, o una hoja de papel clavada con tachuelas en la puerta y cubierta por un nailon que no cumple totalmente su función impermeable, por lo que alguna gota fugitiva va dejando un hilo de tinta como un caracol, y las letras se alargan y difuminan.

Pues bien, ahí estaba yo con unos pantalones nuevos a los que había que hacerle los dobladillos. Luego de demasiados intentos fallidos de hacer costura por mano propia, me decidí finalmente por contratar los servicios de alguna modista del barrio. Pero no se crea que es tarea fácil. No, al contrario. Las modistas son más difíciles que las bocas de pasta base, pero igual de secretas para los no iniciados. Las modistas emplean un método de merchandising muy hermético; los que llegan a conocer una, guardan bajo siete llaves esa información, y cada tanto se la brindan a alguien, pero de su círculo más cercano.

Así que, con los pantalones debajo del brazo, salí a recorrer el barrio a ver qué suerte corría en mi pesquisa. Tenía un dato. Claro, siempre se tiene un dato, pero suele ser falso, porque es proverbial el carácter nómada de las costureras, que hoy están ahí, enfrente de la ferretería, y, aunque parezca que siempre estuvieron y estarán en ese lugar hasta el final de los tiempos, sólo basta que uno las necesite para que se muden. Ahí voy, pues, caminando una mañana de sol, sonriendo, ¿por qué no?, ante ese claro buen indicio. Todos los pájaros parecen volar desde la derecha, no hay escaleras ni gatos negros a la vista. Cuando llegué al lugar del que me habían dicho que alguien conocía a otro alguien que una vez se hizo unos preciosos dobladillos, el lugar estaba cerrado. Como no pasaba nadie, ni ningún vecino se asomaba a las ventanas (hecho que es tan común como la dificultad de dar con una modista), crucé la calle y entré en una carnicería. Efectivamente, conocían a la mujer, pero ya hacía tiempo que no vivía allí. Si bien esta primera incursión no me llevó a destino, no fue del todo infructuosa, pues conseguí el nombre de la mujer: Carmen. Previsible, es cierto, pero no menos gratificante. Justo cuando estaba por irme del comercio, entró una señora, y el carnicero me gritó que esperara, que seguramente la vecina podía saber algo más. Y así fue. La señora, en uno de esos crescendos en los que uno se va envalentonando y se agudiza la memoria o se la adorna por puro afán de protagonismo, dijo: ¿Quién, Carmen, la de acá enfrente, la muchacha que cose, Carmencita, la de Pereira? A mí se me iba iluminando el rostro, al tiempo que asentía con la cabeza a cada cláusula de la señora e iba acercándome. Sí, la conocía, pero se había mudado (eso ya lo sabíamos), se llamaba Carmen (ídem), casada con Pereira (ibídem), aquel que había sido arquero del club Defensor cuando la primera clasificación a la Copa Libertadores. ¡Qué cuadrazo!, dijo el carnicero. Recién ahora me daba cuenta de que el comercio estaba tapizado por fotos, banderines, caricaturas y otros objetos inclasificables relacionados con ese club de fútbol. Pronto pude prever que la conversación decaería indefectiblemente en una dirección que no me interesaba, pues la única que sí me importaba era la dirección de la tal Carmen. ¿Y, sabe adónde se mudó la señora Carmen?, pregunté con timidez, pero también con decisión, lo suficiente como para interrumpir el diálogo de la vecina y el carnicero sobre el partido del último domingo. La mujer, sin perder el tono amable, pero visiblemente conflictuada, me dijo que no sabía el número de puerta, pero me dio la calle y la esquina. Así que me dispuse a salir de la carnicería lo más rápido posible para no quedar atrapado en aquel diálogo apasionado, pero no tanto como para no escuchar un llamado de último momento, porque alguien recordaba otro dato, o para dar oportunidad a la llegada de algún otro vecino que pudiera aportarlo. Pero no pasó. Enfilé entonces mi búsqueda hacia el dato que tenía.

Al llegar a la esquina indicada, todo parecía repetirse, ningún vecino, una agencia de quinielas. Misma coyuntura, misma estrategia. También ahí conocían a la señora Carmen, pero no sabían el número de puerta. Pregunte en el taller mecánico de enfrente, me dijeron. Me llevó unos minutos reconocer el dicho taller en un garaje oscuro. Aquello resultó una especie de vaticinio, una advertencia, si se quiere. Pero no quiero adelantarme. Golpeé varias veces las manos y, finalmente, ascendió de las profundidades un Vulcano engrasado que me señaló, sin hablar, una abertura en la otra vereda. Era la entrada sin puertas a un largo corredor que, más allá, doblaba hacia la derecha. Todas las paredes estaban descascaradas, con inscripciones jeroglíficas en donde se podía intuir algún nombre o insulto. El piso estaba plagado de materia fecal, presumiblemente de perro, pero no se podía estar del todo seguro. La luz era escasa, una lamparilla colgaba del techo, pero estaba apagada o rota. Un olor penetrante me asaltó a los pocos metros de entrar; un olor indefinido en el que, no obstante, podían reconocerse las posibles procedencias por separado, pero que, así juntos, eran un nuevo aroma, mezcla de humedad y amoníaco, quizás también azufre. Al llegar al codo del pasillo este doblaba, como decía, a la derecha; cuando se estaba ahí, el olor se hacía más penetrante y se empezaban a escuchar con más nitidez los feroces ladridos. La oscuridad también se hacía más profunda, por lo menos en ese fragmento de pasillo, que sería de unos dos metros y que terminaba en un nuevo codo, pero esta vez a la izquierda. Se percibía ahora mayor claridad, cosa que me animó, aunque no por eso aceleré la marcha, que no dejó de ser muy lenta en todo momento. En este nuevo y tercer fragmento de pasillo, se veía al final tres escalones y una puerta a la izquierda, y una nueva bifurcación hacia la derecha. Como le pasaría a cualquiera que estuviera en esa situación, se me ocurrió que esa puerta debía ser la de la modista, y si no, no estaba dispuesto a seguir más allá. Los ladridos seguían sonando sin interrupción, y, cuando golpeé la puerta, se hicieron más salvajes y furibundos. Es que si uno se paraba enfrente de la puerta, quedaba de espaldas al pasillo que se abría a la derecha, donde observé, presa del terror que había ido en aumento, que, detrás de una reja improvisada, dos perros enormes gruñían y mordían los alambres. La reja se zarandeaba y no podría resistir mucho más. Como los perros no estaban atados, y como, además, nadie salía de la puerta, me dije que ya estaba bien de todo aquello y decidí irme.

Pero no había dado dos pasos cuando escuché el ruido de la cerradura. Por unas milésimas de segundo se abrió un paréntesis temporal extenso durante el que sopesé todas las posibilidades de esta inesperada aventura. Sin embargo, lo único que apareció por la puerta que se abría era el rostro luminoso y regordete de una señora. ¿Sí, qué se le ofrece?, dijo. Me escuché preguntando con timidez: ¿La señora Carmen? , me respondió. Me tranquilicé un poco; un poco, nomás, porque los perros seguían ladrando y mordiendo los alambres. Le dije a la modista que necesitaba encargarle unos dobladillos, así que fui introducido por aquella puerta, que no exageraría en tildar de umbral de la luz, de portal celestial u otra metáfora paradisíaca rimbombante. Ni bien se trasponía un pie, se tenía la sensación de haber llegado a un oasis del alma; la puerta daba a un patio abierto, lleno de plantas y adornos. Para quien había llegado por aquel pasillo tan ominoso, entrar a este lugar era como volver al mundo de los vivos. Tan así fue que, luego de acordar muy rápidamente el arreglo de los pantalones, el plazo y el costo, seguí dándole vueltas a detalles insignificantes. Era obvio que la mujer ya daba por terminado el encuentro, pero yo no quería irme. Lo más extraño es que la mujer no hizo ningún comentario respecto al pasillo o a los perros. No tuve más remedio que despedirme, no sin antes elogiar pausadamente la casa y las plantas. Después me fui, casi corriendo, para llegar a la calle, aliviado, es cierto, pero con cierta pesadumbre de saber que tarde o temprano debería volver a andar aquel pasillo para recuperar mis pantalones, ahora con sus flamantes dobladillos.

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Mariano González nació en Montevideo, en 1972. Publicó Bruselas (2004), Estados de la maceta (2013), Instantáneas nómadas (2013), El bicho abrecaminos y El elefante y la luna, junto a Nicolás Barreiro (2014), Goliat (2015) y Vara 3154 (2016). Desde el 2005 lleva adelante el proyecto personal Astromulo (astromulo.blogspot.com.uy) e integra el proyecto editorial Factor30 (fb: factor treinta editorial). Este texto integra la recopilación de relatos de varios autores Cuentos completos de Roberto Amir (Factor30, 2017).
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